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Rafael Fauquié: Homogéneamente singulares

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Rodeados por cifras, anónimas estadísticas y demasiados rostros multitudinarios y confusos, los seres humanos convertimos la imagen de lo individualmente singular en un conjuro contra la desidentificación; una forma de preservarnos ante lo desesperantemente homogéneo. Ser diferentes y ser originales, destacar gracias a logros y acciones propias, ser percibidos como individualidades próximas a sus propósitos y convicciones, lograr superar las imposibilidades que a todos parecieran rodearnos: ideales alusivos a un mismo anhelo de diferenciadora separatidad.

Todo esto tiene mucho que ver con ese tan popular y extendido fenómeno de nuestro tiempo que es la “literatura de la autoayuda” (que, de hecho, y obviamente, no es literatura). A fin de cuentas, ¿qué es la “autoayuda” sino una manera de encontrar en nosotros mismos respuestas que otros anuncian haber descubierto en ellos? Se trata de hallar en la propia individualidad una perspectiva necesaria o esa certera solución que otros preconizan; espejismo de las respuestas creíbles y simplonas ofrecidas a través de recetarios y fórmulas; caricatural versión de la libertad o de la autonomía humanas pervertidas en incontables manuales comercializados y disponibles para crédulos lectores dispuestos a pagar por una sabiduría cómodamente colocada ante sus ojos. Es, en fin, la contradicción entre lo que se desea obtener y la manera de lograrlo: la búsqueda de la plenitud individual corrompida en la masificada imitación de tantísimos robotizados consumidores.

En nuestros días, una creciente multitud de individuos desorientados se acercan a esos libros moralizantes para apaciguar sus desorientaciones. La literatura de la autoayuda se convierte en la natural respuesta para muchos individualismos solitarios y vulnerables necesitados de creer en verdades que otros puedan ofrecer. Otra variante del fenómeno: la creciente proliferación de textos esotéricos encargados de comunicar parábolas atemporales de las que extraer reconfortantes enseñanzas. El fenómeno se extiende y rentabiliza: algunos escritores especialmente prolíficos se convierten en los más leídos de toda la historia de la Humanidad gracias a sus relato edulcorantes y didácticos destinados a lectores ansiosos de superarse a sí mismos. El fenómeno de la curiosidad ante experiencias ajenas no posee límites y se multiplica en todas sus variantes. Lo observarmos en la desmedida atención de un numerosísimo público convertido en apasionado voyeur frente a pantallas de televisión encargadas de mostrar todos los sucesos imaginables vueltos espectáculo. Es el delirante y enfermizo comercio de los reality shows que presentan “en vivo” cuanto improvisados o involuntarios actores viven y hacen; o, y quizá sobre todo, sufren y padecen. Acaso mucho más que a los logros del prójimo, resulta interesante para el espectador acercarse a sus errores y caídas. Es el perverso aliciente de la cercanía artificial y comercializada: conocer -y regocijarse de- las desventuras que otros pudieran padecer; aprovechar, en una suerte de orientación o terapia por defecto, una mezquina diversión al fisgonear en vidas ajenas.

 

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