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Humberto González Briceño: El crudo error

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Se dijo —con cierta suficiencia técnica— que el petróleo venezolano no servía. Que era demasiado pesado, denso, espeso. Que su procesamiento era costoso, su transporte lento, su rentabilidad discutible. Se repitió tanto esa letanía que terminó calando incluso entre algunos venezolanos, convencidos de que estaban sentados sobre un recurso que ya no interesaba a nadie. El chavismo, siempre atento a las coartadas de su inacción, encontró en ese diagnóstico un consuelo: si el petróleo no valía, entonces el desastre de PDVSA no importaba tanto.

Pero el tiempo, implacable como siempre, ha hecho añicos esa falsa certeza. Porque, en efecto, el petróleo no es todo igual. No basta extraerlo y venderlo: hay que refinarlo. Y allí es donde comienza el verdadero valor estratégico del crudo venezolano.

La revolución del shale —el petróleo de esquisto que impulsó a Estados Unidos a convertirse en el mayor productor mundial— generó un curioso desequilibrio: mientras más producían, más ligero era ese crudo. Tan claro, tan fluido, que parecía una bebida energética. Sin embargo, la red de refinerías estadounidenses, especialmente las ubicadas en la costa del Golfo de México, fue diseñada décadas atrás para procesar algo muy distinto: petróleo pesado, viscoso, denso. Es decir, exactamente el tipo de crudo que Venezuela produce en abundancia.

Ese desajuste entre oferta interna y capacidad de refinación ha obligado a Estados Unidos a importar grandes volúmenes de petróleo pesado. Hoy, más del 70% del crudo importado por ese país pertenece a esa categoría. ¿Y de dónde viene ese petróleo? Principalmente de dos fuentes: Canadá y, cuando no hay sanciones o crisis diplomáticas, Venezuela.

Así que la narrativa del “crudo inservible” era, además de inexacta, geopolíticamente torpe. Lo que durante años se presentó como una limitación, hoy se revela como una ventaja comparativa de primer orden. Y no solo para abastecer refinerías obsoletas que no pueden reconvertirse fácilmente, sino también porque el petróleo pesado tiene una vida útil más estable para ciertos procesos petroquímicos e industriales. El crudo venezolano —esa mezcla densa que brota de la Faja del Orinoco como si el subsuelo sudara alquitrán— sigue siendo clave en el equilibrio energético de América del Norte.

El chavismo logró lo impensable: arruinar la mayor industria del país sin que eso le costara el poder. Descapitalizó a PDVSA, persiguió a sus técnicos, entregó operaciones a militares sin pericia, y convirtió los contratos energéticos en instrumentos de lealtad ideológica. En lugar de usar el petróleo como palanca de desarrollo y diplomacia estratégica, lo emplearon como moneda de extorsión y supervivencia. Resultado: un país sentado sobre las mayores reservas del mundo, mendigando combustible.

Y sin embargo, el petróleo sigue allí. Silencioso, subterráneo, esperando. Hoy, más de uno en Washington, Pekín o Nueva Delhi ve en ese crudo una oportunidad. No por simpatía con Venezuela, sino por necesidad geoeconómica. Porque, en tiempos de fractura global —con Rusia sancionada, Medio Oriente inestable y la transición energética aún verde—, acceder a petróleo pesado sin sobresaltos ideológicos es una ganga.

Por eso, tanto los que hoy desgobiernan como quienes aspiran a gobernar tras el chavismo están obligados a reconsiderar seriamente el valor geopolítico del petróleo venezolano. No se trata solo de levantar sanciones o renegociar licencias. Se trata de pensar el crudo como parte de una estrategia de reinserción internacional. De entender que las reservas del Orinoco son una ficha en el gran tablero energético del siglo XXI. Y que quien tenga la llave de ese petróleo tendrá algo más que divisas: tendrá influencia.

El chavismo tuvo la posibilidad —y los recursos— de convertir a Venezuela en una potencia energética real. Prefirió la propaganda. Perdió su oportunidad. Queda por ver si quienes vengan después sabrán hacer algo distinto. Algo menos ideológico y más inteligente. Porque si algo enseña esta historia, es que el verdadero error no fue tener petróleo pesado, sino haberlo dejado en manos livianas.

Maestría en Negociación y Conflicto California State University – @humbertotweets – +1 (407) 221-4603

 

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