Para todas las víctimas del chavismo en Venezuela.
Es 10 de diciembre. Estoy en Oslo. Esperando saber si vendrá María Corina Machado, la líder opositora del régimen de Nicolás Maduro, quien fue presa de las artimañas de Caracas para desacreditarla como candidata a la presidencia de Venezuela, quien ha sido víctima de acoso, persecución política, amenazas de muerte, de cárcel y amenazas contra su familia, por parte del dictador que hoy está sentado en la silla presidencial.
Sin embargo, María Corina ha sabido resistir contra viento y marea capoteando el temporal. Estoy aquí, esperando para ser testigo de lo que pase en la ceremonia del Nobel de la Paz que está prevista a la 1:00 de la tarde tiempo local. Todo y nada puede pasar.
Conocí a María Corina Machado, premio Nobel de la Paz 2025, en Ginebra, Suiza, con ocasión de un evento celebrado en el marco del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas. Corría el año de 2015. En dicha sesión participó el ahora dictador Nicolás Maduro. María Corina era una simple activista que alzaba la voz por cientos de manifestantes —la mayoría jóvenes—, asesinados en las marchas en las que protestaban contra la opresión del régimen, la falta de medicamentos y la escasez de alimentos básicos en los supermercados.
Según informes de la Misión de Investigación de la ONU sobre Venezuela, Maduro dio órdenes de disparar a matar a los manifestantes. Las pruebas así lo indican porque los que protestaban mostraban heridas de bala en la cabeza y en el pecho. Los miembros del ejército se vistieron de civiles e iban en motocicletas. Desde ahí asesinaron a cientos de jóvenes, muchos de ellos menores de edad. Fue un escándalo cuando la Misión de la ONU publicó dicho documento y otros que revelaban que había “motivos suficientes para afirmar que Maduro y sus aliados habían cometido crímenes de lesa humanidad”.
En ese tiempo yo era presidenta de la Acanu, Asociación de Corresponsales Extranjeros en Naciones Unidas. Organicé varios encuentros entre la prensa y jóvenes que estuvieron en las manifestaciones y fueron testigos de la masacre. En ese 2015 coincidieron en el emblemático Palacio de las Naciones María Corina y su verdugo, Nicolás Maduro, quien tuvo la desfachatez de presentarse al Consejo de Derechos Humanos y hacer su intervención presumiendo los beneficios de la llamada “revolución bolivariana”. Al pronunciar su discurso hubo una salida multitudinaria del Consejo. Los diplomáticos se pusieron de pie, abandonaron la sala y lo dejaron hablando solo. Maduro estaba furioso.
Al salir de la Sala XX, sede del Consejo de Derechos Humanos, un grupo de periodistas nos reunimos y lanzamos las preguntas al dictador que es alto y corpulento. Yo llego, con mucha honra, al 1:53 de estatura. Lo que se dice “petite”. Pues así y todo le pregunté a Maduro qué hacía en ese recinto si había investigaciones confiables que lo señalaban como perpetrador de crímenes de lesa humanidad. El hombre buscó hacia abajo para detectar quién había osado hacerle esa pregunta. Se paró frente a mí y con toda su humanidad me empujó y siguió de largo.
Intentamos hablar con Delcy Rodríguez y visiblemente molesta contestó algunas de las preguntas. No recuerdo lo que dijo. Así de intrascendentes sonaron sus palabras.
En los encuentros con la prensa de la Acanu, la dirección de la ONU Ginebra tuvo que poner seguridad especial a la entrada de la Sala de Prensa II, en donde se llevaron a cabo varios encuentros con la disidencia. Desde que escuché los testimonios de esos chicos nerviosos y valientes, me dediqué a investigar sobre los abusos y terribles violaciones de derechos humanos cometidas por el régimen contra todo el que tuviera algún indicio de estar en contra de Maduro. En una de las intervenciones del gobierno de Caracas me crucé en el pasillo de la Sala de las Asambleas con el entonces ministro de Exteriores de cuyo nombre no quiero acordarme. Me gritó, así a grito pelado (como decimos en México), que mi texto publicado en Notimex era un artículo malévolo. “Su artículo es malévolo”, repitió ante los ojos de plato que pusieron los diplomáticos que presenciaron la escena. Seguí caminando con cierto temblor en las piernas y le dije: “La verdad no es malévola”. Caminé despacio por el pasillo hasta que crucé la puerta y corrí a mi oficina a escribir.
Lo demás ya es historia. La Misión de Constatación de Hechos en Venezuela continuó documentando los abusos en el país latinoamericano , yo escribí sobre cada uno incluyendo el informe en el que se pedía referir el caso a la Corte Penal Internacional debido a la situación en el país en el que el régimen cometió desde abusos de autoridad hasta detenciones arbitrarias, tortura, ejecuciones extrajudiciales, persecución de opositores, acoso a sus familiares y un sinfín de violaciones de derechos humanos, convirtiéndose así en violador del derecho internacional y convenciones de las que el Estado es parte.
Entre los 8 millones de venezolanos que se vieron forzados a dejar su país pasaron por Ginebra, entre otros, Leopoldo López, Lilian Tintori, Antonio Ledezma, Miguel Henrique Otero, director de El Nacional, el único diario independiente que sigue vivo en su versión digital, hasta llegar a la presencia del presidente legítimo de Venezuela, Edmundo González, a quien tuve el honor de entrevistar luego de su participación en la Cumbre de Derechos Humanos.
Así llegamos hasta hoy, día de la entrega del Nobel a la Paz en la fría ciudad de Oslo, Noruega, a María Corina Machado, quien ha tenido que vivir escondida tras las amenazas del régimen cuasi hitleriano.
Todos estamos a la expectativa de quién recibirá el icónico Nobel de la Paz. Si será ella, alguno de sus familiares o Edmundo González. Quien reciba el premio leerá el discurso de la valiente e incansable líder opositora. Esa será su victoria. Lo único que puedo decir desde aquí es: ¡Brava María Corina! ¡Brava!
@gsotomayorgva

