Fue solo un accidente ganó la Palma de Oro de Cannes y es candidata para llevarse el Oscar en la categoría internacional.
Fue solo un accidente conmueve hondamente por la significación y el compromiso político del filme, al contar la historia de unas víctimas de tortura que se encuentran con uno de sus victimarios y deciden darle una cucharada de su propia medicina.
Pero el argumento se complica, lo mismo que la trama, profundizando en los dilemas éticos del guion. La premisa es potente y efectiva, trabajada con el minimalismo y la austeridad neorrealista que caracteriza al autor, pero con su notable impronta de humor negro kafkiano, recordando al Polanski de La muerte y la doncella, donde se establece otra tensa relación de cautividad entre exprisioneros con uno de sus captores, en un imaginario país de Suramérica que pasó por una dictadura, como las del Cono Sur.
A Jafar Panahi pude conocerlo en el cine gracias a un increíble gestor cultural de Venezuela, Armando Graffe, que hace poco nos dejó lamentablemente en el terreno físico, aun cuando su influencia nos marcó como persona, curador y distribuidor.
Tras uno de sus viajes a Cannes, Armando me regaló una copia de Crimson Gold, una de las primeras joyas prohibidas de Panahi, que combinaba su estilo crudo para narrar una ficción, sobre los conflictos del país iraní.
Desde entonces, Panahi ascendió al trono de los titanes de la escuela disidente de Teherán, tras los pasos del maestro Abbas Kiarostami, salvando las distancias, pues las obras de ambos se parecen pero son muy distintas. Abbas era genio de la abstracción poética y contenida. Panahi toma algo de aquello, pero le inyecta un nervio de impacto teatral y documental que sobrecoge.
Fue solo un accidente trabaja en un terreno de puesta en escena, que refrenda los años de injusta prisión domiciliaria que sufrió el realizador por ejercer la libre expresión.
Hoy vuelve a sufrir los embates del régimen iraní, al imponerle una pena de un año de prisión, a pesar de no estar en su país.
Rompiendo el cerco de la censura, logró hacer Taxi to Teheran y This is not a film, que inspiraron a medio mundo.
Mi modesto documental, Esto no es un apagón, viene de allí, de la semilla que germinó Panahi, para empoderarnos y autorizarnos para rodar con lo que tengamos a la mano, con el fin de dejar constancia.
Recomiendo ver Fue solo un accidente para tomar recaudos de su historia, su mensaje, su ejecución y su diseño sonoro, de otro nivel.
Atención con el final y lo que sugiere con su audio, dejando al espectador en conflicto, sin edulcoramientos, evolucionado de cualquier tono moralista y amarillista.
Todo lo que sucede fuera de campo, afecta la percepción del protagonista, un hombre traumado por el estado de tortura que padeció, al igual que el resto de los personajes que intentan identificar a su verdugo.
En una secuencia se cita directamente a Esperando a Godot, como un guiño a la dramaturgia autoconsciente y crítica de Samuel Beckett.
La presencia de una van, donde llevan la carga maldita, permite transitar los caminos del género de la road movie, cuyos códigos manejó el realizador en la estupenda Taxi To Teheran, cuando el propio Panahi pilotaba un carro, haciéndose pasar como taxista para salir de su prisión domiciliaria y conversar con clientes de ocasión, en un juego de espejos entre la realidad y la ficción.
La fuerza del cine del autor descansa sobre unos motores que alcanzan una afinación nunca antes vista en la memorable Fue solo un accidente, un título que sirve para entender el dolor de los demás con empatía, pero también con la firmeza del que exige justicia.

