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Hilde Sánchez Morales: Miedos e incertidumbres en un mundo desbocado

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Como se ha desarrollado en otro artículo en este mismo foro, hace dos semanas el CIS publicó el Estudio sobre miedos e incertidumbres [1] que, en los tiempos que transitamos, no puede ser de mayor actualidad y del que daremos cuenta posteriormente, por su relevancia e interés sociológico. La Real Academia define el miedo, en la primera de sus acepciones, como “Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario”. Es, por tanto, una emoción básica y universal que asedia cuando apreciamos una amenaza, riesgo o peligro y que permite que reaccionemos activando mecanismos físicos y/o mentales para preservarnos (evadiéndonos, defendiéndonos o paralizándonos).

Los filósofos clásicos se ocuparon de tan universal desazón, lo asociaban a la búsqueda de la sabiduría. Mientras para Sócrates proviene de la ignorancia y sólo a través de la sabiduría cabe eludirlo; para Platón se muestra cuando nuestra parte racional no controla la irracional; para Aristóteles es una pasión natural que debe ser dominada para alcanzar la virtud; para el epicureísmo es un freno para culminar la ataraxia (paz interior) y para los estoicos surge cuando deseamos o esquivamos cosas que se nos escapan al control (indispensable al efecto mirarnos en el interior y ceñirnos a la razón).

Son destacables, al respecto, las aportaciones de pensadores de nuestros días como Zygmunt Bauman y Byung-Chul Han. Para el primero, surcamos en sociedades líquidas en donde hay una falta de certezas (en el trabajo, en las relaciones, en las identidades…), primando la incertidumbre, la inestabilidad y la percepción de futuros inciertos. En un contexto así, buscamos salidas momentáneas (“el aquí y el ahora”) que pueden ocasionar más y más ansiedad (“movernos en el filo de la navaja”). Byung-Chul califica a la sociedad actual como “sociedad del rendimiento”, proviniendo el miedo no del exterior a nosotros, sino de la frustración por no satisfacer nuestras expectativas (“autoexigencia total”) que, desde mi punto de vista, están determinadas por el contexto vital.

El miedo, por tanto, es congénito al ser humano. En los bebés forma parte de su desarrollo, no está elaborado racionalmente, sino que es pura biología, una reacción instintiva y automática con la finalidad de protegerse ante las “amenazas” del día a día (miedo a los desconocidos, a la separación de las figuras de referencia, a circunstancias desconocidas…) como un mero mecanismo de supervivencia (se expresa habitualmente a través del lloro). De tal suerte que según vamos cumpliendo años pasa de ser instintivo y físico (infancia), a ser social y psicológico (en la adolescencia y adultez), a existencial cuando se aproxima el fin.

En las sociedades complejas de nuestros días está latente: coligado con las incertidumbres (psicológicas, sociales y existenciales); asociado a la existencia de amenazas globales (no dependientes de actuaciones individuales y, en buena medida, alejadas de nuestra cotidianeidad); coherente con las informaciones sesgadas y negativas que nos llegan a través de los medios de comunicación y las redes sociales (en tiempo real); y es consecuencia de inseguridades personales que atesoran miedo relacional (la sociedad del “like”) por abrigar en los ciudadanos la sensación de haber perdido las riendas de sus vidas en un mundo hiperconectado.

En definitiva, el miedo en nuestro siglo, en los países más desarrollados (en los más depauperados es el morir de hambre y no vislumbrar a la mañana siguiente la luz del sol), tiene una dimensión más psicológica que física, es global, individual, no es tangible y está presente silenciosamente. Lo anterior explica la mayor incidencia, entrada la tercera década del siglo XXI, del incremento de los problemas mentales entre la población, particularmente, entre las nuevas generaciones (cambio histórico).

Veámoslo con datos del precitado estudio del CIS, ¿prima entre la población el optimismo o el pesimismo? El 76,9% de los encuestados se consideran “más bien optimistas”, el 14,5% “más bien pesimistas” y el 7,1% se ven a sí mismos como personas ni optimistas, ni pesimistas. En orden a lo anterior el 59,2% afirma estar “muy satisfecho” con el momento histórico en el que vive, frente al 21,4% que dice estar “poco o nada satisfecho”, puesto que mayoritariamente juzgan hemos progresado más que en cualquier otra etapa histórica (71,7%). Si bien el 44,6% juzga que en el futuro se vivirá peor que ahora (sumando las respuestas “peor” y “mucho peor”).

Al hilo de esta visión, la muerte (principal temor del ser humano) aventuran les llegará a edades tardías: el 33,1% de los españoles diagnostica que vivirá entre los 80 y 89 años (ajustándose a la edad media actual, que supera los 84 años), el 29,7% entre los 90 y 100 años y el 1,3% entre los 110 años o más.

Particularmente, son más optimistas las mujeres (77,5%), los que tienen una edad entre los 35 y 44 años (85%), los que viven en municipios con más de 400.000 habitantes (85,9%), los que disponen de estudios superiores (83,1%), los que se auto posicionan en la clase alta/media alta (90,4%) y media-media (85,3%) y los indiferentes y no creyentes (85,1%). Sin embargo, cuando fueron demandados sobre la situación actual en el mundo y en España el pesimismo primó (68% y 67,7%, respectivamente)

Conforme a este “optimismo vital de cercanía”, el 73,9% declara no tener “sentimientos de miedo o temor” en términos generales, un representativo 23% revela tenerlos y un escueto 2,9% afirma que “alguna vez”. El miedo a “las guerras y a los conflictos actuales” es lo que suscita mayor inquietud, seguido de la salud física (72,6%), la salud mental (69,9%), los “familiares” (69,3%) y la “delincuencia/inseguridad ciudadana (63,7%). No es baladí que el 66,2% de los encuestados descubra que, en alguna ocasión, ha pensado que nuestro país se vería involucrado en una guerra en los próximos años, específicamente contra Rusia (57%), Marruecos (42,2%) o Estados Unidos (30,4%).

Entre el optimismo y el pesimismo nos conducimos en un entorno de continuas mudanzas, que genera inseguridades y desasosiegos en un ser humano, que en su esencia más íntima es el mismo del que los grandes pensadores clásicos reflexionaban, dejándonos para nuestro haber frases como la de Pascal:

Qué es el hombre dentro de la naturaleza? Nada con respecto al infinito. Todo con respecto a la nada. Un intermedio entre la nada y el todo.

[1] Véase, Estudio sobre miedos e incertidumbres avance de resultados tabulación por variables sociodemográficas.

 

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