Pantone ha dicho que el color de 2026 será el blanco, que es el color de las nubes y el de la ropa de monja que Rosalía (sí, otra vez ella; ¿les riñen a ustedes por llevar años dando la turra con Sabina o con Springsteen?) lleva en la portada de un disco alucinante que, pasado por un prisma, arroja todos los colores. Dice la crítica de moda del New York Times, Vanessa Friedman: “Dado el reciente discurso político, cuando escucho blanco, me vienen a la mente asociaciones poco saludables, que dudo que Pantone haya tenido en cuenta”.
Con qué elegancia evita la palabra supremacismo y, por tanto, la ira de los que ya presumen a la luz del día de ponerse caperuzas blancas en plena noche. Efectivamente, el blanco es némesis del negro y no se puede decir que la empresa que ha sido propietaria de Pantone, Danaher, no lo sepa bien. Justo antes de la segunda venida de Trump a la presidencia, contaba con un programa de diversidad e inclusión de esos que MAGA abomina, llamado Black and Friends con el que celebraba, a través del pantonario, la infinita riqueza cromática de la piel humana. Esta megacorporación es propietaria de otras muchas compañías. Una de ellas se llama Genedata y se dedica a cruzar datos genéticos con ayuda de la inteligencia artificial para ofrecérselos a la industria farmacéutica, ese ejército cuyos soldados se visten con bata inmaculada.
Blanco es el color del que se le puso el aire a Oppenheimer cuando ensayó una bomba de 20 kilotones, como prueba de la que después echaría sobre gente cuya tez, decían ellos, era amarilla. Eran las cinco y media de la madrugada, y un hombre, jugando a ser Dios adelantó el amanecer de ese día y también el de una nueva era, en la que aún vivimos. La bomba se llamaba Trinity, que en español significa padre, hijo y Espíritu Santo, es decir, Trinidad, un ser único en tres personas distintas, una de ellas, una paloma blanca, ejemplo milenario de inclusión y diversidad. Quizá es hora de buscarle otro color a la paz.

