El regreso del director de Blue Valentine, Derek Cianfrance, a su mejor versión en una de las comedias dramáticas del año. Se titula Un buen ladrón. Sátira del hiperconsumo como distopía suburbana.
¿Acumular y tener tantas cosas para qué? ¿Hurtarlas para comprar el éxito a qué precio? Son las preguntas inteligentes que se formula el guion, mientras el entramado audiovisual cumple el propósito de deleitarnos con personalidad, con identidad autoral. También gran cinta de Navidad con un reparto tan notable como su dirección. Recomiendo en salas de cine.
Channing Tatum en su elemento, al interpretar a un veterano que robó varios McDonalds, así como vivió escondido en una juguetería.
Reflexión acerca de la soledad, el fracaso y el encontrar la felicidad fuera de la vida material. Me encantó.
Malena Ferrer dice que es como una narración de Charles Dickens, dedicada a los perdedores y a sensibilizar los corazones de las personas duras, en tiempos donde hace falta empatía.
Está basada en hechos reales.
Cuenta una historia sobre la búsqueda del sueño americano que deviene en una pesadilla. Parece una típica película de atracos logrados y fallidos.
Pero desde ahí construye un encanto singular que solo sabe dotar el realizador melancólico de Blue Valentine, que se afirma como enamorado del sentido trágico del romanticismo con seres marginados y white trash, rodeados por un casting de aliento Coen.
Su lectura indie del neorrealismo italiano y americano, recuperando el estilo de los años setenta, ochenta y noventa. De hecho, destaca un guiño/homenaje al clásico Risky Business de Tom Cruise.
Un antihéroe que quiere ser Robin Hood, que lo enseñaron a impartir justicia y hacer las cosas bien, pero que regresó sin gloria y recursos para terminar ahogado en una crisis.
Nos recuerda el desencanto épico de Taxi Driver con su veterano de guerra que también aspiró a las grandezas que le vendieron, al costo de naufragar por ellas.
Una metáfora más que vigente, si consideramos que Venezuela se cita un par de veces como destino de refugio o exilio para el protagonista.
Tiene una sección poscréditos con imágenes de archivo que te brindan contexto sobre el caso, al tiempo que te sorprenden y humanizan.
La estrella de Derek Cianfrance vuelve a brillar en Hollywood, tras irse apagando, conforme llegaron sus posteriores desencantos, luego del impacto de Blue Valentine, la que para algunos críticos ácidos es su mejor película de terror en Halloween.
Al cineasta se le fue acabando la creatividad, o quizás no pudo lidiar con el éxito y la fama, siendo ejemplo de una industria que quema rápido a sus jóvenes talentos, primero enalteciéndolos como nuevos genios, bajo el síndrome de Welles, para después olvidarlos y considerarlos veneno para la taquilla, en un ciclo que se repite desde antes de la nueva ola americana.
El realizador metabolizó reveses y fue resiliente, esperando su segundo aire, que empezó a gestar en el rodaje de Sound of Metal, basado en una historia suya, por la cual obtiene la nominación al Oscar en el 2021.
Fiel a su obra de marginados e incomprendidos, de arquetípicos outsiders, el baterista de aquella pieza sufre problemas de audición y queda desamparado, para superar su adversidad en un plano distinto.
Un buen ladrón puede prolongar la misma esencia discursiva que ha tocado el director, al jugársela por un ex combatiente del medio oriente, que intentó tener una doble vida, robando a ricas corporaciones de comida rápida y juguetes, con el fin de conseguir todo lo que el sueño americano le prometió: la libertad, la esposa, las hijas, el convertible, el dinero en efectivo, el amor de la comunidad.
Pero todo era mentira, una simulación, una impostura.
La película simboliza la madurez de Derek Cianfrance, su lugar periférico en la meca, sus pequeños golpes que lo mantienen activo en el ecosistema de los estudios. A su vez, Un buen ladrón permite empatizar con el malhechor, sin juzgarlo moralmente, comprendiendo el origen y las consecuencias de sus actos. Por eso se trata de una película fuera de lote en 2025.

