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Rafael Fauquié: Sinrazón ideológica

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La mayor libertad de un ser humano es poder enfrentar la realidad desde sí mismo. Pensar por nosotros mismos, escoger y decidir por nosotros mismos, creer por nosotros mismos es nuestro derecho y nuestra responsabilidad. Supeditar, sacrificar o declinar ese derecho y esa responsabilidad a la obediencia de doctrinas y postulados impuestos, a ideologías que cieguen nuestros ojos ante lo evidente no es sino la absurda contradicción de esa libertad.

En su extraordinario trabajo El hombre rebelde Camus definió la rebeldía como la más natural de las actitudes. Ser un rebelde: no aceptar eso que nuestro sentido común se niega a acatar aunque muchos o casi todos a nuestro alrededor decidan creerlo y obedecerlo. Para Camus ser rebelde significa, ante todo, ser libres en nuestras decisiones; libres en esas elecciones que postulan que la vida es demasiado corta, demasiado rica y demasiado compleja para vivirla de acuerdo a insoslayables obediencias. Una de las propuestas de El hombre rebelde señala que cada ser humano está obligado a elegir su “rebeldía”. Eso sí, ésta deberá estar siempre relacionada con la idea de un límite; lindero ético entendido, de un lado, como algo que separa y define; y, del otro, como la seña de un final tras el cual aguarda lo impensable o lo indebido.

El sentido de toda rebeldía será siempre la ética. Mucho más que una teoría de las obligaciones y los deberes, la ética es la voluntad de ser y de hacer en contra de cuanto pudiera moralmente contradecirnos o desvanecernos. El rebelde -dice Camus- exige la libertad para sí mismo; pero es un libertad que lo alimenta tanto como lo obliga a ser consciente de su solidaridad con quienes comparte espacio y tiempo. Su rebeldía lo fuerza a actuar en nombre de un valor, de un sentido, de una meta necesariamente humanos.

Definido de existencialista, Camus fue, sobre todo, un intelectual empeñado en descubrir respuestas humanas de acuerdo a eso que él llamaba una “ética de la acción”. En un fragmento de su última novela, El primer hombre, publicada póstumamente muchos años después de su muerte, dice: “Nacer como hombre para después nacer otra vez en un nacimiento más duro, el que consiste en nacer para los otros…” Es incontroversial el sentido de este mensaje: somos como el primer hombre; somos todos, de hecho, un primer hombre cuando comenzamos a entender dónde comienza nuestro mundo y dónde comienza el mundo de todos. Y esa comprensión, esa decisión de vivir para lo que somos y lo que somos junto a los otros, es la más humana, la más digna y contundente contradicción de toda coerción ideológica.

El pensamiento que nos permite entender, que nos lleva a racionalizar eso que vemos, eso que sucede ante nuestros ojos, es nuestra fuerza, el lugar de nuestra humanidad. Negar lo evidente porque una doctrina nos ciega y nos lleva a aprobar y ensalzar lo condenable, lo absolutamente repudiable no es sino el absurdo sacrificio de la inteligencia en el altar de la sinrazón ideológica.

 

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