Mar de Fondo.
Hay razones reales, profundas y objetivas para creer que el final del régimen de Nicolás Maduro está más cerca que nunca.
No se trata de ilusiones ni de consignas vacías.
Es la lectura de los hechos, del pulso de un país que, aun golpeado, sigue de pie.
La economía se desmorona.
El bolívar se ha convertido en un símbolo de miseria y la inflación carcome los pocos ingresos de los trabajadores.
El régimen perdió el control del aparato productivo, del ela salud, de la educacion, del sistema eléctrico, del transporte y hasta de sus propias fuerzas internas.
Los números son su peor enemigo.
El poder ya no seduce ni asusta.
Cada día más funcionarios desertan en silencio, empresarios se distancian, aliados internacionales lo abandonan.
En los cuarteles se respira descontento, en las calles se escucha rabia contenida, y en las comunidades se enciende la esperanza.
El mundo también ha cambiado.
La presión internacional es sostenida, la atención de Washington y de las democracias del continente están enfocadas en Venezuela, y las sanciones, más allá del discurso oficial, han limitado la capacidad de maniobra del chavismo.
En contraste, la oposición democrática —con María Corina Machado como símbolo de coraje y claridad— ha consolidado un liderazgo moral que trasciende las fronteras.
La sociedad civil, la diáspora y la comunidad internacional convergen en una misma certeza: el cambio es inevitable.
Ser optimistas no es ingenuidad.
Es una obligación frente a quienes sufren, un acto de resistencia espiritual y política.
Porque el sol siempre amanece… y ya comienza a clarear sobre Venezuela.

