1.- La herida que no cicatriza
Los países se desgarran, no mueren. Se abren en una herida que nunca cierra, una hendidura que separa a los vivos del mundo que alguna vez los reconoció. Venezuela ha sido desgarrada. Lo inquietante no es solo la violencia; es que ese desgarramiento ya no se siente como tragedia, sino como costumbre.
A veces pienso que ya no deseamos ser soberanos. No lo digo desde la distancia de un observador: lo digo con dolor de huesos, desde la intemperie de quien pertenece a un país que parece haber renunciado a creer en su poder de decidir. La libertad —músculo, verbo, certeza— se ha vuelto un eco débil. La soberanía hoy suena a reliquia administrativa: se pronuncia sin convicción.
2.- La ilusión de la intervención externa
He visto frágiles esperanzas depositadas en Trump, como si la historia fuera un tablero donde otro movería las piezas que nosotros renunciamos a tocar. Otros rompen vestiduras denunciando esa espera mesiánica, sin proponer un horizonte propio de lucha. Ambas posturas producen el mismo efecto: inacción.
En ese silencio, el país se desangra. Gritar contra Trump es una manera de no mirarse al espejo: el grito revela la inconsciencia de quien ignora su propia servidumbre. La soberanía venezolana fue usurpada hace tiempo, no por un ejército visible, sino por la sumisión pactada con potencias que entraron sin disparar un tiro y por un poder interno que falsificó su propio mandato.
3.- Paz y reconciliación: anestesia moral
Se ha impuesto una consigna: paz y reconciliación. Se repite en foros, púlpitos, discursos que buscan clausurar el conflicto. Pero ¿cómo puede haber paz en el desgarramiento? ¿Qué reconciliación cabe cuando el espacio común ha sido demolido, la palabra pública solo se pronuncia bajo permiso y el miedo se ha hecho respiración cotidiana? Esa “paz” es anestesia moral: aceptar el daño bajo el sosiego.
El régimen ha comprendido que la mayor victoria no es dominar cuerpos, sino disolver el deseo colectivo. No hace falta llenar cárceles: basta que cada quien se encierre en su silencio, pierda tiempo criticando a la otredad o participando en gestos inútiles de diálogo con el opresor, mientras la verdadera acción colectiva se evapora. El poder convierte obediencia en prudencia y resignación en deber cívico.
4.- La adaptación como tragedia
Lo más doloroso no es el miedo, sino la adaptación. Hemos hecho del exilio una estadística, del hambre una disciplina. La soberanía que debía arder en el pecho se volvió expediente técnico y nostalgia archivada. Me veo en ello y siento asco de mí mismo; esa autocrítica me obliga a hablar con más precisión.
Hannah Arendt lo formuló con claridad punzante: “Lo que prepara a los hombres para el dominio totalitario en el mundo no totalitario es el hecho de que la soledad se ha hecho una experiencia cotidiana” (Los orígenes del totalitarismo, p. 478). Arendt explica que el totalitarismo se forja como un proceso de coagulación lenta en sociedades que parecen normales, donde la soledad y el aislamiento se vuelven cotidianos. La comunidad y el diálogo —condiciones esenciales de la acción política y del juicio— se erosionan. Ese páramo moral es el desgarramiento: cuando los hombres dejan de reconocerse, el poder absoluto encuentra terreno fértil para instalar el aislamiento como norma.
5.- El poder sobre el vacío
El régimen puede decretar despojos que casi ya no afectan a nadie. Cuando anuncia que revocará la nacionalidad a los “traidores”, legisla sobre el vacío. Nadie puede arrebatar lo que ya ha sido vaciado. El poder se convierte en gesto hueco, teatro burocrático; castiga para demostrar que aún existe. Gobernar sobre ruinas es la ironía del despotismo.
El desgarramiento no empezó con un decreto: es la suma de gestos que rompieron el lazo común —censura, persecución, cárcel, muerte, hambre planificada, humillación cotidiana controlada—. Lo político fue sustituido por el miedo; el nosotros, por la supervivencia individual. Cuando la comunidad política se disuelve, el ciudadano se transforma en paria.
El Cardenal Baltazar Porras fue impedido de movilizarse y la feligresía siguió en su liturgia anestésica. Me interpelo: ¿qué significa ser cristiano para quienes nos identificamos con ese adjetivo? ¿Cómo se refleja nuestra fe en la vida pública, en la manera de confrontar la injusticia? La reflexión no es solo sobre la otredad, sino sobre mi propia posición y sobre cómo mi fe se enfrenta a la Venezuela desgarrada.
La liturgia sigue —villancicos, gaitas, celebraciones, “todos están de fiesta”— en los enclaves donde el confort se volvió forma de aislamiento y la ruina del país se volvió invisible. La gran mayoría, en medio de la miseria, sobreviven y aceptan adaptarse a esa forma de existir. Actuamos como si todo fuera normal, y en ese gesto silencioso se revela la descoyuntura moral que produce el despotismo. El exilio dejó de ser excepción; se convirtió en forma general de existencia. Algunos viven la diáspora del cuerpo, otros la del alma. Todos compartimos la pérdida del mundo común: ya no llevamos un país portátil sino un hogar portátil de apátridas.
6.- El deseo de libertad como resistencia
Confieso: vuelco mi mirada en las redes —escribo, analizo, publico— porque creo que la reflexión tiene deber. Pero no lo confundo con acción política; es catarsis digital, porque en ellas no hay diálogo. Arendt nos recuerda que la acción existe cuando la palabra se convierte en acto concertado, cuando una pluralidad se levanta con propósito común. El aislamiento forzado y el desarraigo, que experimento y que viven millones dentro y fuera de Venezuela, me llevan, como parte de mi oficio, a reflexionar y, al mismo tiempo, a percibir con urgencia la necesidad de una acción colectiva.
Desde el 28 y 29 de julio de 2024, fecha de la última operación coordinada con impacto visible, vivimos bajo presión internacional sin un movimiento común que la traduzca en acción. La fragmentación del deseo colectivo y la ausencia de coordinación diluyen la potencia de la soberanía: lo que siento en esta coyuntura es nuestra incapacidad de convertir la indignación en acto conjunto.
7.- La urgencia de la dirección colectiva
No soy líder político ni pretendo serlo; esa competencia exige oficio, disciplina y entrenamiento que corresponden a otros. Pero sí me corresponde —y me urge— instar a quienes asumen la conducción de la resistencia a concretar planes claros: convocatorias, estrategias, objetivos, calendarios. No pido protagonismos; pido dirección. Si no hay quien organice, la dispersión será nuestra forma cómoda de rendición.
Estoy harto de la inactividad, de la discusión estéril sobre liderazgo y de la moralina reconciliadora. No les pido que digan contra quién piensan; les pido que propongan cómo actuar colectivamente y los seguiré. Las redes sociales pueden ser un arma para resistir: coordinar campañas de deslegitimación internacional, amplificar testimonios verificables, ejercer presión sobre representaciones diplomáticas, impulsar boicots simbólicos, compartir mapas de acciones replicables, publicar artículos concertados, difundir mensajes sincronizados, producir videos colectivos, organizar congresos y foros virtuales.
El país, aun desgarrado, sigue siendo posible. Allí donde el poder quiso sembrar silencio, podemos alzar la palabra; donde impuso desarraigo, reconstruir memoria. La acción colectiva —incluso digital— es el germen de un nuevo nosotros. En ese impulso renace la verdadera soberanía: la que se conquista juntos, no para sobrevivir, sino para volver a empezar.
Profesor universitario

