La defensa de la democracia exige coherencia entre el pensamiento y la acción. Desde la denuncia ética de Gabriel Boric hasta la resistencia encarnada de Sairam Rivas y el llamado a la unidad de Andrés Caleca, emerge una misma lección: la paz no es posible bajo dictadura, y resistir es la forma más alta de actuar por ella.
1. Presidente de Chile: Denuncia y exhorta
El presidente chileno Gabriel Boric, durante su intervención en la Cámara de Comercio de Roma, lanzó una advertencia que traspasa fronteras: “Las dictaduras y los líderes autoritarios cruzan fronteras para imponer el miedo, cuando creen que lo pueden hacer impunemente”. Al citar el asesinato del exmilitar venezolano Ronald Ojeda en Chile, presuntamente perpetrado por agentes del régimen de Nicolás Maduro, Boric subrayó la urgencia de defender la democracia sin dobles estándares. Recordó que la protección de los derechos humanos es un avance civilizatorio que no pertenece a ningún sector político, evocando la figura de Bernardo Leighton, quien resistió la dictadura de Pinochet.
Evocar a Leighton no fue un gesto retórico, sino una reivindicación de quienes defendieron la libertad en medio de la persecución y el exilio. Su nombre simboliza la resistencia ante el poder autoritario, la dignidad frente a la amenaza. En el caso venezolano, donde el régimen ha extendido su violencia más allá del territorio nacional, la alusión de Boric recuerda que la defensa de la dignidad humana no admite relativismos. Si un gobierno tortura, persigue o asesina dentro y fuera de sus fronteras, esa agresión no puede quedar impune ni ser minimizada por simpatías ideológicas. Su advertencia es, ante todo, ética: los derechos humanos exigen coherencia y solidaridad activa frente al autoritarismo, venga de donde venga.
2. La paz en Venezuela: Solo es posible sin dictadura
En Venezuela, algunos académicos, dirigentes y comunicadores han emprendido una campaña por la “paz”. Pero afirmar democracia y paz sin enfrentar la raíz de la violencia constituye una contradicción elemental.
La paz en el ámbito público no es la ausencia de guerra ni la suspensión de los conflictos, sino un orden político y moral que permite la coexistencia de las diferencias bajo condiciones de justicia, reconocimiento y palabra compartida. Siguiendo a Aristóteles, la paz no es un fin en sí misma, sino la condición del bien común: el estado en que la polis puede realizar su telos, la vida buena. No hay paz cuando la comunidad está sometida a la tiranía del silencio o al dominio del interés privado; hay paz cuando el logos —la palabra razonada— ordena la vida colectiva.
Habermas advierte que un sistema político pierde legitimidad cuando su autoridad se separa de los principios democráticos que dice encarnar. Quienes invocan la paz sin desafiar al régimen terminan legitimándolo; y quienes aspiran a transformarlo no pueden, sin contradicción, adoptar su lenguaje. Proclamar paz y democracia frente a una dictadura es imposible: los fines declarados y las condiciones necesarias se excluyen mutuamente.
Esa incoherencia encierra tres errores: uno teórico, al borrar la distinción entre democracia y dictadura; uno moral, al confundir la justicia con la neutralidad frente al abuso; y uno práctico, al convertir la paz en un instrumento de inmovilidad. No hay paz donde el Estado gobierna por el terror ni futuro mientras la justicia esté secuestrada por la impunidad.
La construcción de la paz, en cambio, sí debe debatirse abiertamente: cómo organizar las instituciones para que existan procedimientos justos, cómo integrar un gobierno legítimo, cómo permitir la participación política de quienes no están implicados en delitos. Estas preguntas perfilan el horizonte de una sociedad democrática post dictadura. La lógica de que solo unos pocos decidan es tratar a la sociedad civil como menor de edad. Reconstruir el país implica fortalecer el debate público mediante congresos, seminarios y foros, superando la improvisación y la delegación ciega. La fe en la dirigencia no puede suplantar el ejercicio ciudadano de pensar y decidir.
3. Andrés Caleca: Un llamado a la unidad, organización y acción colectiva
En su intervención del 16 de octubre en el programa “Otro nivel” con Mingo, Andrés Caleca hizo un llamado urgente a la unidad de la dirigencia política venezolana. Recordó que, pese al asedio internacional, el régimen de Maduro sigue actuando con impunidad dentro del país. Citó ejemplos del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, cuando incluso en democracia la unidad y la presión fueron necesarias para ejercer disidencia efectiva. Su exhortación es clara: hay que superar el miedo y organizar la lucha que permita una transición hacia la libertad.
Caleca no se limita a reclamar unidad: propone organización estructurada y acción colectiva. Plantea que la discusión táctica y estratégica de la presión interna debe ocupar el centro del debate opositor: cómo articular movilizaciones sociales, sindicales, estudiantiles y comunitarias; cómo sostener una presión constante; cómo sincronizar esfuerzos desde abajo hacia arriba. No basta con proclamar el cambio: hay que construir las bases organizativas capaces de hacerlo posible.
Aunque Caleca no pertenece al equipo de María Corina Machado, su planteamiento complementa la estrategia de quien lidera legítimamente a la oposición. Su voz se alza frente a quienes promueven una reconciliación sin condiciones, recordando que no puede haber paz verdadera sin cambio de régimen. Citó como ejemplo de coraje político a las madres y esposas de los presos políticos y destacó la figura de Sairam Rivas como emblema de esa resistencia.
4. Sairam Rivas:Memoria juvenil, resistencia en carne propia
El 14 de octubre de 2025, el Instituto de Mujeres, Paz y Seguridad de la Universidad de Georgetown otorgó el Premio Hillary Rodham Clinton 2025 a Sairam Rivas, junto a Daneli Hernández, Geraldine Afiuni y Rosa Virginia González. El galardón reconoce a mujeres que defienden la democracia y los derechos humanos en contextos de represión. La ceremonia, presidida por Hillary Clinton, honró a Rivas en representación de las detenidas, madres y esposas de presos políticos. Un reconocimiento merecido a su defensa incansable de la libertad.
Sairam Rivas encarna a una generación que se negó al silencio y pagó con cárcel y persecución su lealtad a la libertad. Representa la memoria de más de 300 jóvenes asesinados, en protestas, desde 2014. Su activismo comenzó en la Universidad Central de Venezuela como presidenta del centro de estudiantes de Trabajo Social, enfrentando abiertamente al chavismo. En 2014 organizó un campamento estudiantil en la Plaza Alfredo Sadel, lo que condujo a su detención en El Helicoide. Sometida a hostigamiento, no cedió. En 2024, tras la detención de su pareja, Jesús Armas, reforzó su papel simbólico y movilizador, defendiendo la memoria de quienes no están y la libertad de quienes siguen presos.
Militante desde joven en Bandera Roja, organización de izquierda opuesta al chavismo y aliada de la estrategia democrática de Machado desde 2014, Sairam es hoy una de sus líderes más consistentes. Su ejemplo une la lucha por la justicia con la reconstrucción moral de una nación que resiste.
5. El deber de actuar
La tragedia venezolana no se resolverá con diplomacia tibia ni con pactos que anestesian la indignación. Solo la organización y la acción colectiva, nacidas del encuentro entre quienes aún creen en la palabra, pueden quebrar el miedo. Hannah Arendt escribió que la política auténtica surge cuando los seres humanos actúan juntos y descubren su poder común: el poder de comenzar algo nuevo. Ese es el desafío: transformar la desesperanza en movimiento, la humillación en causa, el dolor en tarea.
Boric alzó la voz; Caleca convocó a la unidad; Sairam encarna la memoria viva de los que murieron, pero también el modo de organizarse y resistir. Tres gestos, una misma lección: resistir es actuar, y actuar juntos es el primer acto de liberación de la patria.

