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Crisanto Gregorio León: El lamento de un inocente

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No se ha tenido noticia de que un hombre justo e inocente haya pedido piedad del cielo sin que la justicia de la tierra proceda en consecuencia. Dr. Crisanto Gregorio León.

El titular de esta columna encapsula la angustia que subyace en la base de la jurisprudencia: la traición a la verdad. El principio que encabeza este texto postula un axioma forjado en la profunda fe en la dignidad humana y en la perfectibilidad de los sistemas que intentamos construir: que el clamor más puro, el de un hombre justo e inocente implorando amparo, debe encontrar siempre su reflejo y respuesta en la maquinaria de la justicia terrenal. Es, en esencia, la esperanza de que el sistema de derecho no es una estructura fría y distante, sino una entidad intrínsecamente ligada al imperativo moral.

Este pensamiento es, además, un diseño destinado a la gente de espíritu noble y fluido, pues aquel que pervive en la maldad no obedecería el impulso moral o la orden superior de Dios para acatar la piedad que solicita el inocente.

Precisamente por ello, la Ley Divina exige una precisión absoluta, pues, como se establece en las Escrituras: “Antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley.” (Mateo 5:18).

¿Es esta, sin embargo, una realidad, o tan solo una quimera? La pregunta no busca desmantelar la ley, sino honrarla. Busca confrontar a quienes ostentan la alta responsabilidad de administrar la justicia —jueces, fiscales, abogados— con el peso de ese “hombre justo e inocente” que, aun clamando al cielo, depende finalmente del discernimiento humano.

Si la piedad solicitada se dirige a una instancia superior, la respuesta esperada en la Tierra debería ser la de la rectitud procedimental y la diligencia moral. Cuando la justicia terrenal se paraliza o, peor aún, se equivoca ante la evidencia de la inocencia, la falla es catastrófica. No solo se quebranta una norma, sino que se destruye la fe en el único refugio que la sociedad ha diseñado contra el arbitrio y la injusticia.

El gran desafío del operador judicial radica en trascender la lectura literal del expediente para ponerse en los zapatos del otro. No se trata de sentimentales concesiones, sino de la más alta exigencia ética: la de juzgar la vida del otro con la circunspección y el cuidado que exigiríamos para la propia.

La tiranía del tiempo y la traición

Existe, no obstante, una cruda realidad que alimenta esta brecha entre el ideal y la práctica: la sobrecarga del sistema judicial. En incontables despachos de tribunales y fiscalías, la acumulación de casos y el atiborrado tiempo de jueces y fiscales se convierten en el mayor obstáculo para la verdad. Hay un sinnúmero de personas privadas de libertad cuya injusticia no radica en una mala fe intencional del juzgador, sino en la imposibilidad material de dedicar el especial menester y la atención debida a la lectura de cada acta y cada prueba.

La injusticia, forjada inicialmente por la acción criminal de otros, se perpetúa y se convierte en la injusticia de quienes deben impartir justicia, simplemente porque la tiranía del volumen les ha arrebatado el tiempo esencial para leer, para dudar, para escrutar. La rapidez procesal nunca debe sacrificar el tiempo de la verdad.

Cuando un hombre justo e inocente pide piedad del cielo, y quienes deben dársela se hacen los desentendidos y le dan la espalda, la injusticia se vuelve una traición. La víctima sufre una condena forjada en la indolencia, y a su dolor se suma la amarga certeza de la verdad que el sistema ignora: él sí sabe quién es el culpable.

El hombre que sufre esta ceguera institucional clama, con legítima desesperación:

¿Por qué me condenas si soy inocente?

Las pruebas, lejos de incriminarme, me absuelven.

¿Cómo no has de tener tiempo para leer mi caso.

Si la injusticia ha sido un fraude forjado en mi contra?

Ojos de piedad vs. Ojos de verdugo

Aun teniendo el tiempo, la lectura del expediente requiere un enfoque moral. Pues la interpretación es un acto de voluntad. La cruda verdad es que si leemos un expediente de un acusado con ojos de piedad, encontraremos todo cuanto lo beneficia para mantenerlo en libertad, pero si lo leemos con ojos de verdugo, encontraremos toda excusa para condenarlo. Es la actitud inicial del juzgador la que predetermina el resultado: la búsqueda de la verdad que libera, o la simple justificación de una condena preestablecida.

La sindéresis y el acto de gracia

Para que la justicia actúe en este nivel superior, requiere de la sindéresis, esa capacidad natural del entendimiento humano para juzgar rectamente y distinguir entre el bien y el mal; es la chispa de la conciencia moral que informa la aplicación de la ley. Sin esta luz, el proceso se convierte en mera tramitación burocrática, olvidando que su fin último es la verdad y la equidad.

El poder transformador de la piedad se ilustra de manera inolvidable en la literatura. Pensemos en la escena de la obra “Los Miserables” de Victor Hugo. Jean Valjean, un exconvicto endurecido por la prisión, roba unos cubiertos de plata a su anfitrión, el Monseñor Bienvenu, Obispo de Digne. Valjean es posteriormente capturado por la policía con el botín y traído de vuelta ante el Obispo. El policía pregunta: “¿Es cierto que usted le ha regalado esta plata a este recién excarcelado?” El Obispo, mintiendo con amor, responde: “Sí, y además se olvidó esto”, entregándole dos candelabros de plata adicionales e increpando al Valjean: “Jean Valjean, hermano mío, usted no pertenece ya al mal, sino al bien. Es su alma la que le compro; se la arranco a los pensamientos negros y al espíritu de perdición, y se la doy a Dios.”

Esta escena, narrada en el Libro Segundo, Capítulo III: A la conquista del desprecio (o La caída), no es un acto de justicia legal, sino de gracia absoluta: perdón inmerecido a un culpable confeso. La lección de Victor Hugo no es solo teológica, sino práctica: si la gracia es capaz de liberar al culpable (Jean Valjean) y de reformar su alma, demostrando que la piedad puede anular la condena, entonces, ¡a fortiori, si los malvados son perdonados por un acto de gracia, cuánto más deben ser perdonados, absueltos y liberados los inocentes por un acto de justicia! La piedad mostrada al pecador es un espejo que debe reflejar una justicia aún más brillante e ineludible para el justo.

La tesis de esta columna no es una crítica destructiva. Es un llamado a la nobleza de la función judicial. Es un recordatorio de que la balanza de Temis debe sopesar no solo las pruebas, sino también el peso moral de la vida que está juzgando. El éxito de nuestra justicia radica en reducir la brecha entre el ideal moral y la realidad procesal, dejando que la sindéresis y la piedad guíen el camino hacia la verdad procesal.

La prueba de que el derecho es la suprema justicia y no la ciega fuerza es este mandamiento: no juzgarás si antes no te has puesto en el lugar del acusado.Francesco Carnelutti.

Profesor Universitario – crisantogleon@gmail.com

 

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