La estetización festiva de un centro de tortura en pleno uso es un hecho rarísimo en la historia contemporánea. Lo ocurrido el primero de octubre en Venezuela, cuando el régimen de Nicolás Maduro decretó anticipadamente la Navidad y adornó con luces y fuegos artificiales el Helicoide —sede del SEBIN y conocido centro de reclusión y tortura—, no puede reducirse a una anécdota propagandística. Nos sitúa en el terreno de lo que Hannah Arendt conceptualizó como la banalidad del mal, aunque en una variante que lleva el cinismo político a extremos poco explorados a propósito de la condición humana.
En la tradición autoritaria del siglo XX se observa una pauta recurrente: el poder busca disimular el terror tras un velo de normalidad o de grandeza nacional. Así ocurrió en la Alemania nazi con los Juegos Olímpicos de 1936, mientras ya operaban los campos de concentración; en la Unión Soviética de Stalin, donde los desfiles del Primero de Mayo encubrían el universo de gulags; o en la Rumanía de Ceaușescu, que organizaba fastuosas celebraciones mientras su población sufría hambre y vigilancia. La lógica era doble: normalizar la represión y, al mismo tiempo, ofrecer al exterior una fachada de vitalidad
nacional.
América Latina ofrece ejemplos aún más próximos. El Estadio Nacional de Chile fue utilizado como centro de detención y tortura tras el golpe de 1973, y poco después albergó partidos de fútbol de la selección. En Argentina, durante el Mundial de 1978, los gritos de gol resonaban en la ESMA, a escasos metros de celdas clandestinas donde se torturaba. En ambos casos, el espectáculo convivió con el horror, pero bajo una estrategia de encubrimiento: proyectar la imagen de un país “normal” frente a la comunidad internacional.
Corea del Norte representa otra modalidad: los espectáculos masivos —como los Arirang Mass Games— coexisten con la existencia de campos de trabajo forzado. Aquí la función no es tanto ocultar como exhibir disciplina y poder. Sin embargo, los espacios del espectáculo y de la represión rara vez se superponen físicamente. Se mantiene una separación simbólica, aunque ambos mundos coexistan.
El caso venezolano rompe con estas lógicas. En el Helicoide no se busca ocultar ni disimular. La violencia se estetiza con la misma frivolidad con la que se encienden luces navideñas. Se convierte el espacio del sufrimiento en escenario de fiesta, sin pudor, sin máscara, sin necesidad de justificar nada ante el mundo. Es una profanación deliberada del dolor que se transforma en mensaje: el poder es capaz de convertir el terror en adorno y de imponer su narrativa hasta sobre la memoria de las víctimas.
La política comparada permite comprender este fenómeno como un punto de inflexión en la relación entre represión y propaganda. Mientras en dictaduras previas el espectáculo servía para ocultar o legitimar, en Venezuela sirve para banalizar y ridiculizar el sufrimiento. Es la banalidad del mal en clave carnavalesca: el poder no solo administra el dolor, sino que lo convierte en decoración.
En esta clave, lo ocurrido en el Helicoide no es un exceso anecdótico, sino una expresión condensada de la naturaleza del régimen: un sistema que ya no necesita disimular ni justificar, sino que se complace en exhibir su cinismo como prueba de control absoluto. Esa estetización festiva del terror es quizá la marca más perturbadora de la política autoritaria en el siglo XXI.
Ahora bien, para el mundo cristiano lo ocurrido reviste una gravedad aún más honda. La Navidad es la conmemoración del nacimiento de un niño pobre que, según los evangelios, vino a traer la paz y a enfrentar el poder con la verdad y la justicia. Convertir esa festividad en cobertura para la violencia es una blasfemia política y religiosa: no solo se degrada la memoria de las víctimas, también se profana el núcleo de la fe.
Ante semejante profanación religiosa y política, el mensaje de Jesús no admite neutralidad ni acomodo. En los evangelios, pronunció los “ayes” contra los poderes hipócritas de su tiempo: ¡Ay de ustedes, que se lavan las manos mientras cargan a otros con fardos insoportables! ¡Ay de ustedes, que adornan lo sagrado mientras profanan la justicia! Ese tono profético no admite ambigüedad ni cálculo. Callar frente a esta herejía es traicionar el corazón mismo de la fe. La Navidad no puede coexistir con la tortura ni con el cinismo de quienes iluminan con luces festivas los muros donde se extingue la dignidad humana. El cristianismo auténtico no se mide por gestos piadosos, sino por la valentía de denunciar el poder que convierte el dolor en adorno.
Arendt, en su lectura de los totalitarismos, advirtió que la banalidad del mal se hace posible cuando los seres humanos pierden la capacidad de pensar críticamente y de juzgar moralmente. El cristianismo, en su raíz profética, puede y debe ser un límite frente a esa banalidad: recordar que la fe no se confunde con ornamentos, ni con rituales de poder, sino con la exigencia de justicia y dignidad para los oprimidos. De allí que el Helicoide iluminado con luces navideñas no sea solo una ofensa política, sino también una herejía moral.
Ante semejante profanación religiosa y política, el mensaje de Jesús no admite neutralidad ni acomodo, como advierte el Apocalipsis: “Porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”. Su palabra fue y sigue siendo una denuncia radical del poder que se engrandece sobre la opresión del prójimo y profana la justicia de Dios. Guardar silencio frente a esta blasfemia es negar la esencia misma de la Navidad: la encarnación de la verdad en medio de la injusticia. No hay fe auténtica allí donde se calla ante el verdugo que ilumina su guarida con luces de fiesta. Como recordó Juan Pablo II en 1985, con la fuerza de un llamado que hoy vuelve a resonar:
¡Venezuela, despierta y reacciona!
Profesor universitario

