Mar de fondo.
El tiempo de Nicolás Maduro se agota.
Medios de comunicación estadounidenses aseguran que le quedan pocas semanas en el poder.
El régimen narco-terrorista se hunde, abandonado por militares y funcionarios que huyen del naufragio.
Hombres leales ayer, hoy rompen filas, cargando con el peso de un país hambriento, de niños exiliados, de sueños rotos.
En la ONU, su canciller Yván Gil habló al vacío.
Delegaciones diplomáticas, otrora cómplices, lo dejaron solo; su voz fue un eco inútil en un salón que sólo gritó con su silencio. El mundo ya no les cree nada.
Y, en un golpe final, hasta YouTube cerró el canal de Maduro, silenciando su propaganda ante 233.000 espectadores.
No fue solo un canal digital, es el fin de su narrativa, la muerte de un relato que ya nadie escucha.
Venezuela, herida pero viva, late en las calles. Madres, jóvenes, un pueblo entero susurra: ¡Basta!
El régimen cae, y de sus cenizas surgirá la libertad con María Corina Machado y Edmundo González Urrutia al frente.
El amanecer está cerca; ya nadie lo duda.

