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Pedro Mosqueda: De libros y “Aguiluchos”

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Pedro Mosqueda: De libros y “Aguiluchos”

Domingo Kultural.

Buscando ando, leo un flayer corto y preciso, es un comunicado del economista Antonio Paiva: prestó un libro a un “ex alumno de Postgrado” y el tipo “desapareció con mi libro”. Más claro no canta un gallo o un Aguilucho, y ya lo sabrán.

Les regreso la película o el cuento: hace 64 años, saliendo de la adolescencia, al estudiante Antonio Paiva le tocó junto a otros cuatro jóvenes de su misma edad hacer llegar a la opinión pública un comunicado. Era otro -el comunicado, digo- un poco más grave: denunciaba al gobierno de Rómulo Betancourt por violación de derechos humanos; jóvenes al fin, se inventaron una acción original y muy llamativa. Ese mensaje político caería desde el cielo como gotas de lluvia.

El 27/11/1961 los jóvenes abordaron un vuelo interno. El chequeo en Maiquetía fue normal, y al cabo de un rato eran unos de los cuarenta y tres pasajeros a bordo.

La operación fue tan perfecta que el piloto, el copiloto, tripulación y demás pasajeros, al ver a aquellos muchachos lanzar papeles sobre Caracas les pareció divertido. Hasta sobrevolaron Miraflores.

Terminaron en Curazao y de allí una comisión policial los trajo para Caracas. Famosos y orgullosos pagaron sus cinco años de cárcel.

La acción fue un tributo a una militante del PCV asesinada, y por eso, la operación la llamaron Livia Gouverneur. Todas las portadas y noticieros abrieron con “Los Aguiluchos”.

Uno de ellos, el estudiante de la UCV, no se conformó con hacer historia, también las ha escrito. Hoy es un economista consagrado, con un pensamiento democrático moderno, académico, poeta y profesor. Paiva administra varios grupos de WhatsApp, en algunos tengo el gusto de compartir con sus selectas amistades. En 1961 era un joven impetuoso con más pólvora que canas; sus agallas revolucionarias cabían en una hoja de papel pasa manos, suficientes para estremecer a Caracas.

Hace poco nos enteró – ya lo dije- de que hizo un préstamo y el ex alumno despegó con el libro como un “Aguilucho”, voló más lejos que el Avensa de la historia.

Paiva, un académico con calle o con burdel -diría en vida su mejor amigo Teodoro Petkoff- es un hombre ponderado y tomó el asunto con humor: “Hay dos clases de tontos: el que presta un libro y el que lo devuelve”. Es que prestar libros es un deporte extremo, más arriesgado que montarse en un avión, caminar con seguridad hasta la cabina y en voz alta decir al piloto y copiloto: “Por favor, ¡quietos en su sitio!”

-¿Y quién es usted? pregunta el piloto Juan Nolck.

Paiva tiene una pistola en la mano.

-Somos revolucionarios ¡Obedezca y no pasará nada!

Uno presta los libros, y parece que estos desarrollan alas, más potentes que las turbinas de un avión, se van y no regresan. Encuentran otras manos, otras bibliotecas…o nos saludan tirados por allí en un piso de esas ventas de libros usados que tanto nos gustan y de las cuales tan buenos recuerdos guardamos.

A veces tirados en esos ventorrillos he encontrado libros que fueron míos, hay cada sorpresa. Hace poco compré uno de Oriana Falacci “Un hombre”, entendí en la firma que perteneció a Teodoro, está lleno de comentarios al margen y subrayados. Una joya.

Por eso el comunicado del doctor Paiva me conmovió.

Umberto Eco que sabe más de letras que de marketing dejó más de treinta y cinco mil ejemplares y junto a sus archivos serán donados a la Alma Mater Studiorum de la Universidad de Bolonia. ¿Los leyó todos?, dijo que no.

Arturo Uslar Pietri dijo lo mismo.

Entonces, si el Kotler de Paiva desapareció, no importa, su verdadero capital no es ese manual de mercadeo, está en esa biblioteca viva que lleva Paiva en su cabeza bien amueblada de lecturas. Lo demás lo resuelve la mercadotecnia con una frase: “Pérdida por fuga de inventario”, en los bancos le llaman: “Cuentas incobrables”.

Uno, que es un optimista estructural, ruega que aparezca alguien con un Kotler en PDF y lo pase, y pronto.

Paiva que es un sobreviviente de los Andes, superará, como ha superado todo, esta historia – la del Philip Kotler- tendrá un final feliz, como en el secuestro del Avensa, que se lograron todos los objetivos: sobrevolaron Caracas, no hubo sangre, tiraron la propaganda, y los pilotos, los pasajeros y las aeromozas se divirtieron con esa travesura espectacular todavía comentada. Los cinco años de cárcel fueron una buena escuela y hasta dió tiempo para contraer matrimonio allí mismo. Mucha resiliencia.

Sirva esto como un homenaje a un “Aguilucho” legendario que vuela con jaula y todo.

Nos vemos por ahí.

 

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