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Luis Manuel Marcano: El Estado Cártel

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La historia de Venezuela puede leerse como una sucesión de máscaras estatales, cada una con su carga de deformaciones y tragedias. En el siglo XX, se habló del Estado Cuartel, ese régimen pretoriano donde la lógica de los militares prevaleció sobre la lógica de la sociedad civil. En nombre del orden y la fuerza, se erigió un sistema en el que la espada mandaba sobre la palabra, donde el uniforme sustituía al argumento y donde la ciudadanía quedaba relegada a la obediencia ciega. Ese militarismo no solo gobernó la política: impregnó la cultura, los hábitos, la manera de entender la autoridad. Venezuela aprendió a agachar la cabeza, a esperar la orden, a callar la conciencia en nombre de la disciplina. Ese fue el primer daño antropológico: una sociedad educada para obedecer al cuartel y no para defender su libertad.

De aquel militarismo se pasó, con sus ciclos y contradicciones, a lo que se conoció como el Estado Populista, sustentado en la renta petrolera y en la promesa de una abundancia que nunca llegaría de manera justa ni duradera. Ese modelo, que pudo haber sido escuela de progreso, terminó siendo un laboratorio de irresponsabilidad. El pueblo delegó en el Estado no solo la administración de sus recursos, sino también su propio destino. Se crearon generaciones que miraron al poder como el proveedor absoluto, no como el administrador temporal del bien común. El resultado fue que, poco a poco, los antivalores se convirtieron en norma: clientelismo, corrupción, desidia, simulación, mientras la ciudadanía se disolvía entre la apatía y la dependencia. El Estado Populista debilitó los cimientos de la libertad porque despojó al individuo de su responsabilidad personal y convirtió la dádiva en un sustituto de la dignidad.

La decadencia abrió camino al Estado Autocrático, representado en el autoritarismo de Hugo Chávez y sus cómplices. Allí no solo se degradaron las instituciones, sino también los valores esenciales de la convivencia. El poder se erigió como una religión política, con su culto a la personalidad y su desprecio por la crítica. La sociedad fue secuestrada, no por sorpresa ni por imposición absoluta, sino con la complicidad de muchos que, por miedo, conveniencia o indiferencia, cedieron su libertad. El deterioro moral fue profundo: el lenguaje de la violencia se normalizó, la mentira se institucionalizó, la lealtad dejó de ser con la nación para ser con el caudillo. El Estado Autocrático fue la demostración de que la democracia puede perecer no solo por golpes externos, sino por la corrosión interna de una ciudadanía que no sabe defenderse de su propio verdugo.

Y hoy, en un clímax siniestro, aparece el Estado Cártel. No bastaron el militarismo, el populismo ni el autoritarismo; el poder en Venezuela llegó al extremo de convertirse en empresa criminal. El narcotráfico, antes tolerado en las sombras, pasó a ser articulado como industria del Estado mismo, con generales y jerarcas convertidos en capos de un cártel. El país entero se transformó en botín, y las instituciones en cómplices. El Ejército, que en teoría debía ser custodio de la soberanía que reside en el pueblo, asumió el papel vergonzoso de guardaespaldas del crimen, protector de un monarca absolutista cuya legitimidad es la violencia y cuya economía es la droga. Ya no se trata solo de antivalores o de corrupción, sino del colmo de la perversión: un Estado que se comporta como mafia, que dirige un cártel con la disciplina del cuartel y la crueldad del gansterismo.

¿Qué nos queda ante semejante escenario? El final es claro, como todo imperio criminal: caerá. Ningún cartel dura para siempre, ninguna mentira resiste el paso del tiempo, ninguna violencia garantiza eternidad. Y cuando llegue ese final, estaremos como en un desierto: sin dirección, sin certezas, con la tentación de volver a entregar nuestro destino a manos de otro caudillo, de otro Estado paternalista, de otro poder que nos robe la responsabilidad que nos corresponde. Allí radica la verdadera pregunta: ¿qué hacemos después de la caída? ¿Dejamos que alguien más vuelva a dirigirnos como rebaño o nos convertimos, por fin, en dueños de nuestra libertad?

La única salida está en la ciudadanía. Y ser ciudadano no es portar un documento de identidad ni votar cada cierto tiempo. Ser ciudadano implica valores concretos: respeto a la verdad, dignidad en la conducta, responsabilidad en los actos, cumplimiento de la palabra, defensa de la libertad propia y ajena. Ciudadano es quien entiende que la vida pública no se delega sin vigilancia, que la democracia no es un regalo sino una tarea diaria, que la libertad no se hereda, sino que se construye. El camino de Venezuela hacia la redención no será otro que el de volver a educarse como nación de ciudadanos, no de súbditos ni de cómplices. Solo entonces podremos decir que, después del cuartel, después del populismo, después de la autocracia y después del cártel, encontramos al fin lo que nunca debimos perder: la libertad responsable de hombres y mujeres que decidamos vivir en decencia y construir con responsabilidad, desde la base social, con nuestras manos el país que soñamos, un Estado de Ciudadanos.

Doctor (c) en Derecho, Universidad Central de Chile. Doctor en Historia (Universidad Católica Andrés Bello). Director de Investigación, Universidad SEK.

 

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