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Crisanto Gregorio León: No me hables del dolor de tu preso ¡Es tu preso!

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El proceso penal es un calvario no menos que para los condenados, para sus jueces. Se entra en él como en un hospital, donde el aire viciado de las pasiones y de los dolores humanos enferma a quien respira. […] ¡Oh, la piedad del juez, cómo es difícil mantenerla! Francesco Carnelutti, Las Miserias del Proceso Penal.

En los pasillos de la justicia, particularmente en los tribunales especializados en violencia de género, se observa una dinámica que invita a una profunda introspección. Mi experiencia, como abogado penalista y constante observador, revela una composición predominantemente femenina en estas instancias. Más allá de la mera presencia de género, se percibe una dureza de corazón que parece trascender la imparcialidad que se espera de la toga. Esta realidad, la de una justicia donde el corazón se endurece ante el dolor, es el foco de nuestra reflexión.

Las “gringolas” emocionales y el impulso inflexible

Es como si estas operadoras de justicia —juezas, secretarias de sala y personal administrativo, figuras de autoridad dentro del tribunal— llevaran puestas unas “gringolas” emocionales. Su visión de la justicia parece reducirse a un único y persistente impulso: la condena del hombre. Los matices, las complejidades fácticas y jurídicas, e incluso las circunstancias atenuantes, parecen quedar eclipsados por una predisposición que se ha vuelto inamovible.

Esta actitud, que a veces se disfraza de una cortesía superficial, no es más que una preparación para el golpe judicial. Se asemeja a una sonrisa que, lejos de ser genuina, oculta la intención de asestar una puñalada certera. Nos lleva a cuestionar si, inconscientemente, se recluta para estos cargos a perfiles que, quizás por resentimientos o vivencias personales dolorosas, proyectan en los casos su propia necesidad de desquite, desvirtuando así el propósito fundamental de la justicia equitativa.

La aversión al dolor y la coraza de insensibilidad

El hombre es para el hombre un lobo, y más aún cuando se le despoja de su piel, dejándolo expuesto a la indiferencia del prójimo. Séneca (adaptación de “Homo homini lupus”, contextualizada)

Una de las manifestaciones más palpables de este fenómeno es la marcada renuencia a escuchar sobre el dolor que atraviesan los familiares y, sobre todo, el propio privado de libertad —el reo, el procesado, el imputado, aquel que se encuentra en la ergástula. Cuando se intenta abordar este sufrimiento, se enfrenta una cara de inconformidad o desagrado, una expresión de repulsión que tácitamente dice: “¡No me hables del dolor de tu preso; es tu preso!”. Esta frase encapsula la esencia de un deslinde absoluto, una negación a reconocer que la privación de libertad es consecuencia de una decisión judicial, atribuyendo toda la responsabilidad al propio procesado, como si no existiera un sufrimiento colateral. Es una pared invisible que se levanta para repeler cualquier mención de la angustia humana, decretando la ergástula desde la fría distancia de una oficina.

Esta actitud de desapego forzado parece una estrategia para deslindarse de la culpa o la responsabilidad emocional que podría surgir al confrontar la angustia ajena. Dentro de la oficina, entre papeles, se ignora el dolor que vive el privado de libertad. Cuando un hombre, injusta o justamente privado de su libertad, grita su inocencia o su desesperación, hay quienes se hacen sordos y ciegos, construyendo una coraza de insensibilidad total ante las lágrimas de los padres, las madres, los hijos que sufren.

Esta actitud nos recuerda una concepción “purista” del derecho, quizás influenciada por la teoría pura del derecho de Kelsen, donde todo lo que no es estrictamente “norma” es excluido. Sin embargo, en el ámbito de la justicia penal, ignorar la dimensión humana del sufrimiento no lo elimina; simplemente lo oculta a los ojos de quienes ostentan el poder de decidir. La justicia, para ser verdaderamente justa, debe tener un corazón capaz de discernir más allá de prejuicios y predisposiciones, y de percibir el impacto real de sus decisiones en la vida de las personas.

La metamorfosis de la empatía: Un llamado a la humanidad

Resulta aún más preocupante observar la metamorfosis que algunas profesionales del derecho experimentan al ascender a estos cargos en tribunales especializados o fiscalías. Una abogada que antes mostraba compasión, que entendía el dolor por el prójimo, que encarnaba la espiritualidad de ponerse en los zapatos del otro, se transforma en un ser insensible. Su rostro adquiere una expresión de severidad, y su trato se vuelve distante, como si la obtención del cargo la despojara de su humanidad, de esa empatía tan necesaria.

Este fenómeno subraya una profunda contradicción: quienes deberían ser garantes de la justicia y protectores de los vulnerables, parecen distanciarse emocionalmente de la esencia misma del sufrimiento humano que deben abordar. La empatía, el dolor cristiano, el valor de la compasión, se desvanecen, reemplazados por una coraza de indiferencia.

Una exhortación a la reflexión y la compasión judicial

Por ello, este artículo no es una crítica, sino una exhortación pedagógica, un llamado a la reflexión profunda. Es un recordatorio de que existe un hálito divino en cada individuo, una capacidad inherente para la empatía, incluso cuando el corazón parece endurecido por las circunstancias de la vida o la rigidez del sistema.

Pensemos en la poderosa analogía cinematográfica: una enfermera, seleccionada por su aparente falta de sentimientos para cuidar a un “hombre de hielo” o un niño neandertal, temiendo el apego. Sin embargo, al final, su corazón antes vacío y endurecido, floreció con un amor protector. Frente al portal del tiempo, ella lo tomó en sus brazos y decidió acompañarlo, porque la empatía y el afecto habían germinado, negándose a abandonar a aquel a quien había llegado a cuidar.

De igual manera, es imperativo que en los tribunales, más allá de la estricta aplicación de la ley, se permita el surgimiento de esa empatía esencial. No se trata de justificar el delito, sino de asegurar que cada caso sea juzgado con una humanidad que reconozca la complejidad de las relaciones humanas y la singularidad de cada individuo. La verdadera nobleza de la función judicial no reside en la insensibilidad, sino en la capacidad de aplicar la ley con discernimiento, equidad y, sí, una pizca de humanidad. Es tiempo de que ese hálito divino de la comprensión y la compasión irradie en cada decisión judicial, iluminando el camino de la justicia en la ergástula.

Para todos aquellos que se dedican a juzgar y sentenciar, así como al personal que opera en estos delicados ámbitos de la justicia, se hace indispensable una fuente de sabiduría que nutra la sensibilidad humana. Por ello, recomendamos fervientemente como libro de cabecera la obra “Las Miserias del Proceso Penal” de Francesco Carnelutti. Este texto es, sin duda, una medicina para recobrar esa empatía y la conciencia del profundo impacto humano que toda decisión judicial conlleva.

El proceso penal es un laberinto en el que, para no perderse, no basta la brújula de la ley; se necesita también el hilo de Ariadna de la piedad. Francesco Carnelutti, Las Miserias del Proceso Penal.

Profesor Universitario

 

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