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Eligio Damas: Un cumanés con frío

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Los soldaditos jipatos, con el recuerdo del frío pegado a la gruesa piel marchaban bajo el reverberante sol del mediodía por la ” Calle Larga”, desde Puerto Sucre, con rumbo al puente Guzmán Blanco. Habían llegado días atrás desde las tierras del sur. De la legendaria Popayán, de Guayaquil, Quito y de La Paz.  Llegaron con sus generales semi analfabetas y de piel amarillenta y con mucho menos frío.

Los soldaditos de muy baja estatura y con una facha de vestidos de nuevo sólo para presentar el espectáculo, iban anegando de sudores la calle, mientras el calor del piso llenaba de vapores el ambiente.

Detrás de ellos, a bordo de un elegante vehículo sin capota que marchaba lentamente, el general Medina Angarita, en compañía de distinguidos visitantes, saludaba al delirante público que se agolpaba en las aceras.

Al pueblo cumanés de la década del cuarenta, lo habían sacado de su calma habitual e interrumpida sus tradicionales siestas, para convocarlo a celebrar ciento cincuenta años del natalicio de “Toñito” Sucre. Y asistió a aquellas fiestas con fervor y entusiasmo. El mismo que puso para escuchar por vez primera un discurso político de Andrés Eloy, dos años después.

¡Ay Cumaná quién te viera

y por tus calles paseara

  y a San Francisco fuera,       

a misa de madrugada!

Era una copla triste, envuelta en la espesa neblina del altiplano boliviano. Un soldado cumanés, uno que estuvo con el joven Sucre en la cruenta derrota de la batalla del Salado, en la retaguardia del ejército del sur, en la gloria de Popayán, en la audacia de Guayaquil y le acompañó a alcanzar la grandeza en Ayacucho, sintió nostalgia por la lejana tierra de los azules y el viento salado con olor a pescado. Era una madrugaba de diciembre y en aquella piel que el sol tostó, el frío sugería el cálido diciembre en la tierra cumanesa.

Por lo que fue aquello, por la gesta noble y valiente del mariscal, por aquellas coplas cantadas en un diciembre muy frío en un frente de batalla allá lejos, en un perdido recodo de la montaña andina, vinieron aquellos soldaditos esmirriados a recorrer la “Calle Larga”.

Quizás, eso espero, cada 3 de febrero, cada año, sin falta, hasta que el mundo siga dando vueltas, sigan viniendo los soldaditos con su ropa nueva a recorrer las calles hasta la plaza del Mariscal y se sorprenderán que ellos, los mismos de hace tantos y tantos, hallarán la misma ciudad y la gente de ayer, como esperando el retorno del héroe.

 

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