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Rafael Sanabria Martínez: El taller de Molina, donde la mecánica y la forja se unían en El Consejo

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En el corazón mismo de El Consejo, resuena la memoria de Molina, un hombre cuya vida fue un incesante repicar sobre el yunque, una sinfonía laboral que marcó a generaciones. Entregó su vida entera a la mecánica y la herrería, erigiéndose como el artesano clave del pueblo, un soporte esencial en el día a día de sus pobladores.

Su nombre de pila: Conrado Molina. Aunque la tradición oral del pueblo lo recuerda simplemente como Molina.

Desde joven, Conrado Molina sintió una fascinación imán por el metal y las máquinas. Su curiosidad natural lo impulsó a aprender de los herreros y mecánicos del lugar, asimilando cada técnica, cada maña, cada secreto de su oficio. Con el tiempo, su pericia superó la de sus maestros, y su taller, situado frente a la calle Línea, se transformó en un hervidero de actividad constante.

Conrado Molina

En la fragua, Conrado Molina daba forma a aperos agrícolas, rejas, portones y todo objeto de hierro que la gente necesitara. Su fragua, un crisol de fuego y metal, daba fe de su maestría, donde el calor de la llama y el golpe del martillo alumbraban piezas únicas y funcionales. Su talento para convertir el metal en arte era reconocido por todos.

A la vez, en su rol de mecánico, Conrado Molina lidiaba con motores, transmisiones y toda clase de mecanismos. Su habilidad para detectar y arreglar vehículos era proverbial. La gente recurría a él con fallas mecánicas, seguros de que Conrado Molina hallaría la solución, a menudo con inventiva y creatividad.

Pero Conrado Molina no fue solo un artesano, sino también un consejero, un amigo y un ciudadano ejemplar. Su taller era un punto de encuentro, donde se contaban historias, se solucionaban problemas y se creaban vínculos comunitarios. Su voz serena y su sensatez práctica eran tan valiosas como sus destrezas técnicas. Es oportuno recordar en esta crónica el chivato de Molina que, al liberarse, hacía huir a los transeúntes y a los alumnos que iban a la escuela Juan Uslar a sus diarias tareas académicas, así como su peculiar forma de llamar a sus hijos con apodos, todos nacidos de la herrería y la mecánica.

Con el paso del tiempo, Conrado Molina observó transformaciones en su pueblo natal, pero su dedicación al trabajo y su entrega a la comunidad se mantuvieron siempre firmes. Su influencia no se limita a la cruz que observa nuestro pueblo desde lo alto, las rejas, accesos, los cristales y las herramientas que él mismo elaboró, o en los autos que puso a punto, sino en el recuerdo imborrable que sembró en el alma de cada vecino de El Consejo. Su existencia, modelada con ímpetu y esmero, representó un modelo de cómo el trabajo, el conocimiento y el apoyo a los demás pueden crear un patrimonio eterno.

Molina, figura ilustre de mi terruño.

 

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