Evocamos rostros que hemos conocido. A unos, esforzándonos por entenderlos. A otros, manteniéndolos muy conscientemente en las brumas de lo indescifrable. Algunos rostros que, en su momento, lucieron indudables o necesarios, quedaron atrás para siempre; otros que parecieron incomprensibles, pudimos llegar a entenderlos a la distancia del tiempo transcurrido.
Suele acompañarnos el recuerdo de ciertos rostros con los que debimos o quisimos o necesitamos convivir; y otros a los que debimos, incómoda y dolorosamente, soportar. Nos persiguen, también, rostros en los cuales contemplamos encarnadas algunas de nuestras mayores aversiones; y otros que, de una u otra forma, no podrían sino sugerirnos remordimiento.
Nos acompaña, también, el recuerdo de rostros ejemplares con los que pudimos alguna vez identificarnos. Y, claro está, no podrían dejar de frecuentarnos algunos rostros imprescindibles y siempre necesarios.
Es ya un lugar común repetir que cada ser humano posee el rostro que se merece. Hay rostros tempranamente definitivos y rostros interminablemente cambiantes; pero, desde luego, todos evolucionan. Entre el rostro de ayer y el de hoy y el de mañana habrá siempre cambios; cambios que podrían significar transformaciones dolorosas o trágicamente irreconciliables. Quizá uno de los más comprensibles anhelos de cualquier ser humano sea que su rostro pasado y su rostro presente se asemejen; que el tiempo vivido los superponga con gracia y que, armoniosamente, los acerque; que las ilusiones y la frescura de la edad temprana no resulten demasiado estragadas con el paso de los años. Uno de los más naturales sueños de todo ser humano: que el momento final de su vida no señale muy abruptas contradicciones entre el rostro de antes y ese rostro de ahora con el cual enfrenta la muerte. Que la faz final sea la válida y comprensible metamorfosis de un lejano rostro juvenil y nunca su grotesca, su deformada caricatura.

