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Pedro Mosqueda: En agosto nos vemos

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Domingo Kultural.

Cuenta Gabriel García Márquez, que una mañana al despertar, leyó en un periódico que había dictado una conferencia literaria el día anterior en Las Palmas de Gran Canaria al otro lado del océano. El acucioso corresponsal no sólo había hecho -dice- “un recuento pormenorizado del acto, sino algo más halagador: los temas de la reseña eran mucho más inteligentes de lo que se le hubiera podido ocurrir”. “Una brillantez de la que yo no soy capaz.Solo había una falla: yo no había estado en Las Palmas, ni el día anterior ni en los veintidós años precedentes y nunca había dictado una conferencia sobre ningún tema en ninguna parte del mundo”. O sea.

El Gabo lo dijo hasta el cansancio: no me prestó para ninguna iniciativa que pueda convertirme en espectáculo. “No lo hago por modestia, sino por algo peor: Timidez”.

Lo cierto es que ese otro yo del Gabo le jugó muchas peripecias y no sólo con la famosa Marioneta que nunca escribió; así lo contó en uno de sus acostumbrados artículos de prensa dominicales que aparecían regularmente todos los domingos de muchos años para deleite de quienes le seguíamos por todas partes y que le seguiremos siguiendo hasta que el cuerpo aguante.

Las trampas de la fe, es otro artículo (14/3/1984) y es una variante del mismo duende visualizado al comienzo: el otro yo, que nunca se cansó de tomarle el pelo y hacerle cuchufletas. Algunos editores abusando del amor y confianza de los lectores hacia sus escritores preferidos, timan ofreciendo libros con portadas que aparentan por fuera lo que no son por dentro. Son las trampas de la fe, consignado con lujo de detalles por el Nobel en el artículo de 1984, al cual los remito.

Voy al grano, como a ustedes les gusta. Ahora tengo en mis manos “En agosto nos vemos”, la novela póstuma de Gabriel García Márquez que pudo haber dejado a medio camino o dicho  algo peor “Este libro no sirve, hay que destruirlo”.

Los hijos herederos del Gabo, Rodrigo y Gonzalo García Barcha, no desmienten ésto último. En un prólogo corto y sincero, tratando en algunos momentos de dorar la píldora, aceptan que “las pérdidas de memoria que sufrió nuestro padre en los últimos años fueron como es difícil de imaginar, durísimo para todos nosotros”; se los dijo alguna vez: “La memoria es mi materia prima, mi herramienta. Sin ella no hay nada”.

Un momento, señoras y señores, “En agosto nos vemos” fue el último esfuerzo del gran escritor por seguir creando contra viento y marea, así es afirmado en el prólogo por  sus vástagos y complementado al final  junto al editor Cristóbal Pera (Editorial Random House Mondadori) quien intervino por instrucciones de Carmen Balcells, la editora y amiga de siempre de GGM. El trabajo de Cristóbal Pera fue de editor de guardia y restaurador. Antes había trabajado en las memorias Vivir para contarla. Al final del texto comentado él deja una Nota del Editor muy profesional y respetuosa que logra centrarnos en contexto. También en un prólogo corto, sus hijos Rodrigo y Gonzalo dicen que decidieron juzgar el libro de mejor manera que lo expresado por su padre. Quizás la falta de facultades que no le permitieron terminar el libro le impidieron darse cuenta lo bien que estaba, a pesar de sus imperfecciones.”En un acto de traición, decidimos anteponer el placer de sus lectores a todas las demás consideraciones. Si ellos lo celebran, es posible que el Gabo nos perdone. En eso confiamos”.

Al momento de escribir su Domingo Kultural, el cronista tiene el libro en sus manos y procede a leer la novela por segunda vez. No quedó conforme en la primera lectura; le notó las costuras o remiendos, las palabras a veces pierden el ritmo conocido. Disculpen, es la opinión de un iletrado, soy exagerado, pero llegué a pensar que hasta recurrieron al último y peor recurso: la Inteligencia Artificial.

Me cuesta afirmarlo, pero el “otro yo” del que les hablé al comienzo es posible que todavía ande por allí como un duende en pena haciendo de las suyas. El Gabo lo soportaba, ¿por qué nosotros no?

La historia arranca así:

“Volvió a la isla el viernes 16 de agosto en el trasbordador de las tres de la tarde. Llevaba pantalones vaqueros, camisa de cuadros escoceses, zapatos sencillos de tacón bajo y sin medias, una sombrilla de raso, su bolso de mano y como único equipaje un maletín de playa, para llevar flores a la tumba de su madre” (…) “en una de esas rompe la rutina para entregarse a un amante desconocido”.

Esa entrada es del maestro, no hay dudas, está cargada del perfume de sus obsesiones: el deseo, la memoria, la música, la soledad, y los fantasmas del Caribe. Es un canto a la ternura, al amor en la madurez, a ese último temblor del cuerpo antes del olvido.

Lo de agosto dicen que es su homenaje a William Faulkner por su novela Luz de agosto. Puede ser, porque William Faulkner fue su escritor imprescindible, su faro literario. También puede ser un homenaje a Carmen Balcells, la legendaria editora nacida un nueve de agosto de 1930, quien falleció unos meses después que su amigo. Lo que sí parece seguro es que a Ana Magdalena Bach, la protagonista, le dio ese apellido en homenaje a Juan Sebastián Bach.

El amor es un tema recurrente en el genial escritor, por eso decía él que es el tema más importante en la historia de la humanidad. Alguien dijo que es la muerte. El Gabo lo desmentía con esa magia de las palabras que hacen diferentes a las mentes literarias superiores.

De hecho, lo declara al final de su obra magna, Cien Años de Soledad: “…Porque las estirpes condenadas a cien años de soledad (las que no se salvan a partir del amor, digo yo) no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.”

El libro además es muy práctico, corto y sencillo. Una edición casi de bolsillo publicada en marzo del 2024 a 10 años de su fallecimiento y 97 de su nacimiento. Una historia de amor de gente mayor, con una prosa no tan pulida, un ritmo a veces diferente; igual se disfruta.

Es posible que desde donde esté el Gabo no guarde resentimiento y   aunque diga no lo escribí sin embargo afirme: ese debe ser el mismo corresponsal del falso reportaje de Las Palmas Gran Canaria, al cual le agradeció por hacer un trabajo tan inteligente y brillante.

Diría: gracias por exhumar esas notas desperdigadas; diría:  esto por aquí se parece a Macondo, hay un Sol radiante y el aire siempre tiene un olor a guayaba. Sí, se parece a Macondo, solo que sin guerras civiles desde hace casi un siglo, sin curas enamorados y tampoco pelotones de fusilamiento y mejores cigarrillos. Diría: Gracias a los muchachos por su prólogo escrito con ternura y verdad. A Mercedes mi eterna novia le envío mis besos… y a mis cómplices lectores todas mis sonrisas.

Nos vemos por ahí

Pedro Mosqueda

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