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Rodolfo Izaguirre: Navego y zozobro en los océanos del arte

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Comparado con el enervante presente el pasado tiende, a veces, a ofrecerse triste y ridículo. En tiempos de Eisenhower, mi hermano Omar, dos años mayor que yo, quiso estudiar ingeniería en Estados Unidos en lugar de buscar inscripción en alguna de nuestras universidades. Intenté persuadirlo porque personalmente no me sentía muy inclinado a mantener amistad con un país al que consideraba fascista, enemigo de los hoy llamado cautelosamente afroamericanos y con un presidente militar. En efecto, Dwight D. Eisenhower fue el 34.º presidente de Estados Unidos, primer comandante supremo en Europa; jefe de Estado Mayor del Ejército de Estados Unidos y héroe de la Segunda Guerra mundial. Como presidente apoyó el deporte en las universidades, pero llegó a decir que un estudiante capaz de lanzar un perfecto strike en el beisbol podía lanzar con vigoroso impulso y gloriosa puntería una granada causando estragos al enemigo. Hoy a los negros se les llama afroamericanos, pero no hay decreto que impida a los que creen en la supremacía blanca seguir arrastrando dentro de sus retorcidos cerebros odios raciales.

Acompañé a mi hermano a sacar la visa en la Embajada Americana y el joven y rubio funcionario que lo atendió vaciló al llegar a la casilla reservada a la raza, un concepto hoy extinto. Miró a Omar, bajó su perpleja e insegura mirada hacia los papeles del escritorio, volvió a levantarla para escrutar de nuevo el rostro de mi hermano y muy confiado de sí mismo escribió “¡Latinoamericana!” donde dice raza y al hacerlo estaba inventando de manera arbitraria, prejuicios y personal una nueva etnia en el mundo.

André Maurois o François Mauriac, importantes escritores franceses, fue invitado uno de ellos por una universidad americana a dictar una conferencia y en la embajada estadounidense, en París, a la hora de solicitar el visado, surgió la inevitable pregunta de aquel estúpido entonces: “¿Tiene Usted intenciones de asesinar al presidente?”  y el interpelado Mauriac o Maurois respondió diciendo que sí moviendo afirmativamente la cabeza y provocando un escándalo monumental que derivó de inmediato en burlona y sarcástica ironía porque el delito de intención estaba execrado de todos los códigos penales del mundo. ¡Sencillamente, no existe el delito de intención! El delito consiste en violar una ley penal y no hay ninguna ley penal que castigue lo que no existe. Lo sabíamos todos y por eso, junto al escándalo, el país norteamericano quedó en ridículo.

En el pasado y durante largos años convertir a los negros en frutos que cuelgan de las ramas de los árboles no solo era moneda de curso legal en el sur de Estados Unidos sino una crueldad que en modo alguno perturbaba a los miembros del Ku Klux Klan ni a los que se enorgullecían de tener una  piel blanca. ¡No es por decreto como se enderezan mentalmente las atrocidades raciales! En el fascista cine del Oeste, mientras mas aparatosa es la caída o muerte de un indio siux, piel roja o comanche es mejor el salario que se paga al extra en la taquilla de Hollywood. Cuando lo supe me entró cierto alivio porque las caídas del caballo en la ferocidad de los encuentros contra el ejército colonialista y depredador o la muerte por bala permiten al stunt man mantener a su familia o sostener el costo de la universidad donde estudia la hija y me dije: ¡Si es así, que sigan matando comanches!

Visité una vez una reserva nativa y la única manera que encontraron quienes allí sobrevivían para defenderse de algo o de alguien era prohibir al visitante que tomase fotografías de aquella triste y alcoholizada comunidad. Y el alegre comentario que circulaba entonces aludía a la composición de una familia comanche, sioux o cherokee integrada por el padre, la madre, algunos hijos suicidas o desnutridos y un antropólogo.

Deduzco que no aprendí el inglés porque me ofendía, desde mi niñez, el odioso encono racial que imperaba abiertamente en el país norteamericano. En guerra contra el nazismo los soldados americanos odiaban a sus compatriotas negros y no los enviaban al frente para no tener que honrarlos en caso de convertirse en héroes. Además, me devoraba el alma adolescente una rencorosa ideología marxista que sin ser militante del partido hizo de mí un ñángara de ocasión. Lo sorprendente estaba en que sin saberlo o inexplicablemente defendía mi propia sensibilidad de aquel estéril y propagandístico realismo soviético de Andréi Zhdanov. Leía mucho, escuchaba con fervor a las Siervas del Santísimo cantar Vísperas en la bella iglesia gótica levantada por el arquitecto Erasmo Calvani como prolongación del Convento frente a la la Plaza de la Concordia o me reunía con mis amigos del futuro Grupo Sardio y me escapaba del Liceo Fermín Toro para no perder en el Municipal los ensayos de la Sinfónica dirigida por prestigiosos directores invitados. El comunismo era una sombra perversa que me perseguía de manera implacable, pero sabía defenderme.

Desde el momento en que vi a mi primer fundamentalista dije ¡adiós! al comunismo que invariablemente tiende a convertirse en ominosa dictadura. Se trataba de un muchacho llamado Guía que apenas habría leído algún panfleto marxista y tocó el hombro de Adriano González León, que animado nos leía en el Patio Vargas de la vieja Universidad de San Francisco fragmentos de La Náusea, de Sartre y le dijo: “¡Vigile sus lecturitas, compañerito!”. Sin saberlo, Guía era un fascista y años más tarde se le vio dentro de una radiopatrulla denunciando a sus antiguos camaradas que veía caminar por las calles. ¡Otra ocasión para alejarme definitivamente de los exaltados fue cuando un chico que vendía Tribuna Popular me dijo que el cine era ¡el peor invento del capitalismo!

Pero conocí, admiré y respeté a Gustavo Machado porque era todo un Señor, no así a su hermano Eduardo ni a los contados y precarios comunistas o maduristas de la hora actual, que si los veo caminar por la misma acera cruzo de inmediato la calle y cojo la acera de enfrente. Machado vivió 85 años y fueron muchos los que pasó en el destierro o en las mazmorras gomecistas y en las cárceles de la democracia.

¡No soy de izquierda ni de derecha! Soy quien soy: una mente lúcida y abierta. ¡Ya no existen para mí adecos ni copeyanos, sino demócratas; los adecos son venezolanos que se preocupan por mi salud política; los copeyanos, por mi salud moral!  ¡En cambio, los comunistas solo se preocupan por ellos mismos!

Navego y zozobro desde entonces en los océanos del arte, pero sigo considerando impresentables a gentes como Donald Trump, fascista arbitrario, integrante de la rica supremacía blanca que destrozó no solo a Martín Luther King sino las ilusiones de seres como yo. En algunos asuntos no le falta razón, pero lo que disgusta de Trump es la manera como los resuelve. No me freno al decirlo, Trump es un patán que está alentando el fascismo en su país. Un universitario, alumno de un seguidor suyo, ha sido galardonado por una tesis que subraya que en el Acta de Independencia no figuran negros. Tampoco en la nuestra, pero al decirlo es preciso explicar por qué no figuran.

Donald Trump es un ser primitivo que cree que la intención es práctica activa, mientras yo amo y respeto a las etnias y me siento orgulloso conocedor del arte y de la literatura del país norteamericano.

 

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