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Ricardo Combellas: Virtudes olvidadas

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Montesquieu en su Del espíritu de las leyes estampa  unas palabras  que recogen  el sentido de esta reflexión: “ Los políticos griegos  que vivían en un Gobierno popular, no reconocían más fuerza para sostenerlo que la virtud. Los políticos de hoy no nos hablan más que de fábricas, de comercio, de finanzas, de riquezas e incluso de lujo. Cuando la virtud deja de existir, la ambición entra en los corazones capaces de recibirla y la codicia se apodera de todos los demás…si se era libre con las leyes, ahora se quiere ser libre contra ellas… Antes, los bienes de los particulares constituían el tesoro público, pero en cuanto la virtud se pierde, el tesoro público se convierte en patrimonio de los particulares. La República es un despojo y su fuerza ya no es más que el poder de algunos ciudadanos y la licencia de todos.”

De las cuatro virtudes cardinales que nos sistematizó Platón, la prudencia, el valor, la justicia y la templanza, y que han constituido el soporte de la reflexión filosófica  a partir de entonces, me referiré aquí exclusivamente a la templanza, también hoy llamada moderación, principalmente en su significación política, así como en  su relevancia  para  la Venezuela actual, particularmente en el mundo de la oposición. La templanza o moderación en política es  tener conciencia de los límites de nuestra acción, es tolerancia como respeto a la opinión ajena, es rechazar el ideologicismo como imposición rígida de un único punto de vista, es  humildad para saberse que puedo estar equivocado, es  no guiarse por el manido lema de que si no estás conmigo estás contra mí, es negarse a aceptar que el mundo de la vida política es absolutamente multicolor y plural, es impedir considerarse  como poseedor de la absoluta verdad que los demás deben seguir como borregos, es  rechazar la  arrogancia y  el falso orgullo,  cualidad innata e indiscutible de ser una personalidad autoritaria, inclusive protofascista cuando no fascista a secas.

Esta falta de templanza, este atributo inmoderado de las personalidades autoritarias, es fatal en un régimen democrático, pues como el mismo  Montesquieu advirtió en su tiempo, la virtud es el resorte que sostiene y da sentido a la república democrática. Los vicios la corrompen y tarde o temprano llevan a su destrucción. La moderación implica realismo, entender que el centro donde convergen las decisiones luego de un libre proceso de deliberación, es la mejor garantía de su fortaleza. Además la democracia significa igualdad, el derecho de todos los ciudadanos de  tener la misma opción de participación en los asuntos públicos.  Lo contrario es falsa democracia, es populismo autoritario, es la irracional forma de gobernar  tan dañina y recurrente en las precarias democracias de la actualidad.

En suma, si la llamada oposición democrática, que debe abarcar sin excepciones el generoso  abanico de personas y organizaciones  donde se manifiesta la política (incluidos los despectivamente llamados “alacranes”) , y no solo las cúpulas que pretenden liderizarla,  oposición democrática que debe caracterizarse por estimular   el  debate sinceramente comprometido, donde desaparezcan los “primus inter pares”, al igual que la sordera autoritaria del  que “dirige el rebaño porque siempre tiene la razón”,   y no abre con valentía sin temor a equivocarse la  puerta anchurosa a la  moderación y la experiencia adquirida en el combate político, no le auguro ningún destino, pues solo les espera el fracaso al no  gobernar sin virtudes.

Hay que rescatar del olvido , y para ello la educación cívica es fundamental, las virtudes que ha hecho grandes a los pueblos, así como desterrar los vicios que entierran las frágiles democracias de hoy, atenazadas tanto por el fenómeno cleptocrático como por el plutocrático, bajo el estigma populista y autoritario. Aprendamos de los clásicos y reconciliémonos en la auténtica unión si queremos gobernar en democracia, el gobierno del pueblo, pot el pueblo y para el pueblo, bajo como dijera Montesquieu, el amor a la patria y a las leyes.

 

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