La palabra resiliencia es un término muy usado hoy en día, y no siempre de la mejor manera. De hecho, de algo muy serio y profundo, derivado de numerosas investigaciones científicas en el campo de la Psicología Social y de la Personalidad, en ocasiones ha devenido en una especie de cliché, de palabra de moda o simplemente un concepto vacío que abunda en textos de supuesta autoayuda o en boca de consejeros de dudosa preparación. Es por ello que se hace necesario aclarar su verdadera naturaleza y alcance, como paso necesario para entender su importancia.
De manera sencilla, la resiliencia hace referencia a un proceso dinámico en el cual las personas aprenden y desarrollan habilidades y capacidades adaptativas a pesar de experimentar adversidades significativas provenientes de su entorno. La premisa de la resiliencia es que las personas poseen fortalezas selectivas que le ayudan a sobrevivir en la adversidad y a superarla. Así, las personas resilientes tienen una serie de características comunes: aceptan la realidad y no recurren a la negación frente a ella, poseen la habilidad de adaptarse a cambios significativos, no se quiebran o rinden fácilmente a pesar de la hostilidad de los eventos en su entorno, y creen que su vida está llena de sentido.
La resiliencia es una teoría hermana de la teoría psicológica de la autodeterminación y de la autoeficacia, ambas pertenecientes a la teoría cognitivo-social desarrollada por Albert Bandura. Sin embargo, la resiliencia se distingue en que hace referencia al manejo que es desarrollado por características positivas del individuo como esperanza y optimismo. Estas características actúan como una especie de amortiguador que reduce la percepción de los eventos estresantes y contribuye al afrontamiento en una vía saludable y funcionalmente adaptativa. No es por tanto una simple palabra de moda, sino un concepto científico de amplio respaldo empírico.
El concepto de resiliencia, originario del campo de las ingenierías y de la física, fue popularizado en la década de los noventa del siglo pasado por Boris Cyrulnik, neuropsiquiatra francés, quien lo aplicó a la psicología y humanizó el término al demostrar que la resiliencia no es ni heroísmo ni simplemente “aguantar”, sino el producto de mecanismos neurobiológicos adaptativos que se desarrollan en la persona. Partiendo de un enfoque bio-psico-social, que combinaba neurobiología y etología con psicología social, Cyrulnik retó el determinismo pesimista imperante en ciertas teorías psicológicas que planteaban, por ejemplo, que el trauma infantil condenaba irremediablemente a las personas en su adultez, y demostró cómo las personas con infancias terribles pueden activar redes neuronales que contrarrestan el efecto nocivo de tales experiencias hostiles y ser capaces de lograr vidas plenas. Para él, las heridas no desaparecen, pero pueden reescribirse y transformarse en fuerza y motor para avanzar.
En la actualidad, y desde la perspectiva de la psicología científica, la resiliencia se entiende como el proceso de adaptación positiva frente a la adversidad, el trauma, la amenaza o situaciones de estrés significativo, que permite a una persona mantener o recuperar su funcionamiento psicológico y bienestar. No es por tanto un rasgo estático ni mucho menos innato, sino un proceso dinámico que implica interacciones entre factores biológicos, psicológicos y sociales, y que se construye mediante experiencias y aprendizaje. Tampoco es ausencia de sufrimiento. De hecho, las personas resilientes experimentan angustia, pero movilizan recursos para superarla. No es tampoco una especie de “positividad ingenua”, porque la resiliencia incluye aceptar y procesar emociones negativas, no evitarlas. Y tampoco es exclusiva para algunos “elegidos”; por el contrario, todas las personas tenemos potencial de desarrollar resiliencia, pero siempre dependiendo de contar con los apoyos y recursos necesarios.
Dado que la resiliencia es una capacidad que se aprende, la evidencia empírica ha identificado algunos factores que facilitan su desarrollo. Entre ellos, los tres más importantes y eficaces son, en primer lugar, el contar con un fuerte apoyo social y de redes afectivas sólidas (familia, amigos, comunidad); en segundo lugar, practicar un estilo de atribución positivo, esto es, atribuir causas de los eventos negativos a factores modificables y externos, en contraposición con factores inmutables y propios de la persona; y, finalmente, desarrollar un sentido de propósito, a través del establecimiento de metas y valores que le den significado a la vida.
Al lado de estos tres factores y desde el punto de vista de lo que puede hacer cada persona para desarrollar resiliencia, es necesario aprender a practicar el pensamiento optimista y enfocarse en las soluciones en lugar de los problemas; identificar lo que está fuera de nuestro control y enfocarnos en lo que podemos controlar, centrándonos en acciones concretas y realizables; establecer relaciones de apoyo y cultivar relaciones fuertes y positivas con amigos, familiares y comunidades; enfocarse en el presente más que en el futuro incierto; fijarse metas realistas y alcanzables (ya que, además, avanzar progresivamente hacia ellas puede proporcionar una sensación de logro y de propósito); evitar la sobreinformación (sobre todo la proveniente de fuentes no confiables o serias); desarrollar una mentalidad de aprendizaje que nos permita ver los problemas e incluso la incertidumbre como una oportunidad de entrenamiento y desarrollo de habilidades adaptativas; y, finalmente, buscar ayuda psicológica profesional que facilite, a través de intervenciones y técnicas de comprobada eficacia, desarrollar habilidades para que las personas puedan, por una parte, adaptarse y recuperarse de la adversidad y, por la otra, adquirir una reorientación cognitiva flexible, lo que facilita la búsqueda de soluciones creativas y la adaptación a los cambios.
Sin embargo, dada la importancia de contar con apoyo y recursos del entorno para su desarrollo, el trabajo por generar resiliencia individual será siempre incompleto si no prestamos atención al contexto de la persona. Por eso, y desde una perspectiva más social e integral, el desarrollo de altos niveles de resiliencia en una población requieren, entre otros elementos indispensables, crear y fortalecer redes de cohesión social y de apoyo comunitario, como grupos de vecinos, organizaciones comunitarias y actividades sociales; fomentar programas de educación y capacitación sobre habilidades de afrontamiento ante el estrés y de manejo de emociones: promover la participación comunitaria mediante el involucramiento de los miembros de la comunidad en la toma de decisiones y en la planificación de acciones comunitarias; desarrollar campañas y actividades que promuevan un sentido de optimismo y esperanza para el futuro, no de manera ilusoria o mágica, sino en el sentido de aprender a estar preparados para los diferentes escenarios que puedan suscitarse a partir de situaciones de crisis y, finalmente, ofrecer apoyo psicológico y emocional a través del acceso a servicios de salud mental como líneas de ayuda y consultas con personal profesional capacitado.
La resiliencia va mucho más allá de ser sólo un término de moda. Detrás de ella hay elementos muy serios, profundos, y sobre todo de crucial importancia práctica para la salud mental y el bienestar psicológico de las personas. Generar resiliencia, tanto en el plano individual como colectivo, sobre todo en entornos de crónica hostilidad, es una tarea fundamental cuando hablamos de las herramientas psicosociales necesarias e indispensables para la construcción de una sociedad adulta y justa.
@angeloropeza182

