Los modelos de comportamiento racional y el espíritu satisfacedor
Discurso de incorporación a la Academia Nacional de Ciencias Económicas pronunciado en el Paraninfo del Palacio de las Academias el 4 de junio de 2025
Caracas, 2025
Dr. Leonardo Vera, presidente; Dr. Luis Zambrano, vicepresidente; Dr. Urbi Garay, secretario y Dr. Enzo del Búfalo, bibliotecario de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.
Distinguidos académicos de la ANCE y de las otras Academias nacionales presentes. Distinguidos miembros de la familia Carrillo Lucas.
Apreciados profesores y autoridades universitarias, familiares y amigos.
Muchas gracias por recibirme y acompañarme en este día.
Panegírico
Exige la tradición y los valiosos ritos de las Academias, que inicie este discurso con un panegírico de mi antecesor en el sillón número 3 de esta Academia, el honorable doctor Tomás Enrique Carrillo Batalla.
Lo hago con placer, y no sólo por satisfacer el rigor de las costumbres, sino por la gran admiración que tengo por la vida y obra del investigador acucioso y político discreto que fue el Dr. Carrillo Batalla, y por dos razones personales y familiares.
La primera es por el agradecimiento personal que le guardo por la deferencia en el trato que siempre recibí de su destacada figura, siendo yo apenas un joven investigador. Al encontrarlo en los pasillos de la Universidad Central, le hacía preguntas osadas o tal vez indiscretas en aquel dogmatizado y turbio medio universitario de los años setenta. Siempre me atendió con pedagógica sencillez, y me ofreció generosas recomendaciones que debía seguir en la investigación que adelantaba para mi tesis doctoral sobre los efectos perversos del petróleo.
En segundo lugar, porque debido a nuestros comunes orígenes trujillanos, siempre tuvo una muy grata mención a nuestras familias y, en particular, un cálido recuerdo de la cercanía que existía entre la familia de su esposa, los Briceño Iragorry, y la de sus primos hermanos, los Briceño Enríquez, a la cual pertenecía mi padre. Así que nuestra conversación volvía siempre sobre los pueblos de Trujillo, sus montañas y los recuerdos sobre quienes fueron mis mayores.
El Dr. Carrillo Batalla tuvo una larga y fructífera vida. Nació en Caracas en 1921, pero su familia tenía gran arraigo político y económico en el estado Trujillo, pues sus ascendientes habían sido lideres políticos y empresarios innovadores, que llevaron la primera imprenta a la zona y a fines del siglo XIX formaron una compañía cuyas acciones fueron vendidas públicamente, y con cuyo capital se pudo realizar la construcción del ferrocarril que permitió llevar el café desde el pie de monte andino hasta el lago de Maracaibo y de allí al mundo.
Se formó como abogado en la Universidad Central de Venezuela y realizó un máster en economía en la Universidad de Michigan y el doctorado en las universidades de Columbia y Central de Venezuela.
En su vida fue un empeñado jurista, un notable servidor público, impulsor de leyes y de políticas económicas, y un minucioso analista e historiador que legó una vasta producción bibliográfica. Además, fue banquero, empresario, ganadero y un agricultor amante del campo y los caballos.
Tomás Enrique Carrillo Batalla no fue un político de tribuna en la plaza; tampoco un ambicioso guerrero afanado en triunfos pequeños o en dejar la tierra arrasada, sino que fue un constructor de instituciones, de respuestas y soluciones sólidas que permitieran construir un futuro sustentable.
Mantuvo siempre sus convicciones democráticas, lo cual llevó a que en los inicios de los años cincuenta, el gobierno militar le interviniera su finca de Barinas por unos supuestos daños ambientales. Y dos años después, al exigir que se respetaran los legítimos resultados de las elecciones de 1952, la dictadura de Pérez Jiménez lo apresó y mantuvo en la Cárcel Modelo durante año y medio hasta que pudo salir al exilio.
Sin embargo, no fue un cultivador de odios ni venganzas, sino un tejedor de acuerdos y arreglos políticos que permitieran avanzar, hacer factible las ideas y los planes, echar las bases sanas de una economía y un Estado.
Nunca estuvo dispuesto a negociar principios, quizá sí los tiempos y ritmos de las acciones, los plazos, las magnitudes, pero nunca la esencia de las políticas, ni el norte de las acciones. Por esa rectitud debió renunciar a cargos y posiciones políticas relevantes, como el de ministro de Hacienda.
Fue un operador político discreto, que permitía acercamientos entre los diferentes, la reconciliación entre los rivales o enemigos, y así lo hizo desde las distinguidas posiciones que ocupó, como servidor público y como diputado.
A la caída de la dictadura en 1958 formó parte junto con empresarios como Eugenio Mendoza o comunistas como Salvador de la Plaza de la Comisión de Reforma Agraria, la cual buscaba conciliar intereses de campesinos y propietarios de tierras, y que fue el soporte de la posterior Ley de Reforma Agraria.
En 1960, cuando lo nombraron ministro de Hacienda, renunció a la presidencia del Banco República, en cuya fundación había participado y vendió toda su participación accionaria, pues consideró que su condición de banquero era incompatible con sus funciones de ministro encargado de las finanzas.
Como ministro de Hacienda le toco enfrentar la grave situación económica que atravesaba la nación: un país endeudado, la industria de la construcción paralizada, la caída de los precios internacionales del petróleo, la falta de confianza, la salida de divisas, la incapacidad financiera para poder honrar los compromisos de pago, las muchas expectativas y la menguada capacidad de satisfacerlas.
Formuló entonces el Plan de Recuperación Económica que proponía un equilibrio fiscal, reducir el gasto ordinario y dedicarlo al gasto de inversión, el impulso de la producción agrícola y la industria de la construcción, y lo diseñó con cuatro objetivos: el restablecimiento de la confianza, la superación del déficit presupuestario, la regularización del movimiento de caja y la reanimación de la economía.
En 1969 fue designado por el gobierno de Rafael Caldera para formar parte de la de la Comisión de Pacificación del país, encargada de permitir la integración de los antiguos guerrilleros en la lucha política legal, y facilitar la legalización del Partido Comunista de Venezuela y el MIR, para que pudieran participar en las elecciones democráticas.
Entre 1979 y 1983 fue diputado en el Congreso Nacional y desde allí impulsó la aprobación del Código Orgánico Tributario en 1982, un valioso aporte al desarrollo del modelo tributario nacional y de América Latina.
Entre 1984 y 1999 fue miembro de la Comisión para la Reforma del Estado, la COPRE, donde propuso redefinir el papel del Estado en la Economía, diseñar una articulación eficiente entre la política económica y la social, atacar la pobreza crítica y procurar la recuperación gradual del aparato productivo, mutando el modelo de substitución de importaciones por otro orientado a las exportaciones no-petroleras. La COPRE permitió abrir nuevos cauces a la participación y la legitimidad de la democracia con la propuesta de la elección popular de alcaldes y gobernadores y la ley de descentralización de la administración pública.
Fue un escritor prolífico que expuso sus ideas en libros sobre las finanzas públicas, la reforma fiscal, el desarrollo económico, el sector manufacturero industrial, la población y desarrollo económico. Analizó en sus libros la legislación económica y fiscal del régimen de Simón Bolívar y el pensamiento económico de Cecilia Acosta, Santos Michelena, Fermín Toro, Francisco Aranda y muchos más. Escribió sus visiones sobre el concepto de democracia, la vinculación del derecho y la economía, el dilema entre la intervención del Estado o la economía de mercado. Fue un gran compilador e impulsor de la memoria colectiva con los libros sobre la Historia de las finanzas públicas en Venezuela; el soporte estadístico de las cuentas nacionales; la Historia del pensamiento rector de las finanzas públicas nacionales (cinco tomos), la hemerografía económica del siglo XIX.
Fue un gremialista destacado, pues valoraba la asociatividad civil, fue presidente de la Cámara Agrícola venezolana y fundador de la Asociación Bancaria Nacional. Además, como académico fue distinguido con su aceptación no sólo en esta honorable Academia, sino en la de Ciencias Sociales y Políticas y en la Academia de la Historia.
La vida y obra del Dr. Carrillo Batalla marca un modelo y una senda, un ejemplo que debemos seguir para el reencuentro, la reconciliación y la construcción común de un futuro posible en estos tiempos aciagos de la Republica.
Por todo ello, hoy me siento honrado de poder ocupar el sillón que le perteneció y continuar con su obra.
Agradecimiento
Quisiera, antes de proceder a la presentación de mi trabajo de incorporación, expresar mi agradecimiento a los miembros de la Academia por el honor de haberme aceptado en este ilustre cuerpo.
Debo confesar que nunca me imaginé que esto fuera posible. Cuando recibí la invitación para que realizara mi postulación y enviara mis recaudos con la copia de mis artículos, capítulos y libros, dudé en hacerlo, y respondí de inmediato que lo consideraba una osadía de mi parte, pues yo no era economista, sino un simple sociólogo. La respuesta que recibí por medio de su presidente, el Dr. Leonardo Vera, fue que lo sabían, pero que la academia tenía una visión muy amplia de las ciencias económicas.
Forzado por las circunstancias, me puse a reflexionar sobre mis propias investigaciones acerca de las clases sociales o los efectos del petróleo; sobre la ciudad, la vivienda popular y los barrios de ranchos; sobre la enfermedad de Chagas y las enfermedades trasmitidas por vectores o sobre la violencia interpersonal y el crimen organizado, y me he podido percatar que han tenido muchas aristas que pudieran englobarse en ese ramo de la ciencia que se ha denominado cultural economics o behavioral economics. Un terreno que ha sido mucho más explorado por la psicología que por la sociología.
Cuando el año pasado supe de mi aceptación en la Academia, me recordé de una frase del evangelio y de una ingeniosa respuesta que en una oportunidad dio el maestro García Bacca.
En el evangelio según San Mateo hay un versículo que a los cristianos nos resuena en la memoria. El evangelista afirma: “Buscad primero que todo el reino de Dios y su sabiduría, y todo lo demás se os dará por añadidura”. (Mateo 6,33),
Para esta ocasión, quisiera apoderarme de la idea y parafrasear ese texto, y decirles que, en mi caso, quizá es posible afirmar: “Buscad primero que todo comprender el comportamiento del individuo en sociedad”, y el sillón en la Academia de Ciencias Económicas se os dará por añadidura”.
Glosa del trabajo de incorporación
El trabajo que he presentado para mi incorporación a la ANCE lo titulé el amor al dinero y la riqueza.
La idea surgió hace tres décadas, cuando en una investigación de campo sobre los valores del trabajo y la riqueza, una señora nos dijo en una entrevista: –es que los venezolanos parece que no le tienen amor al dinero.
La idea resonó en mi mente, pues Tocqueville, en su famoso libro sobre la democracia en América de 1835, escribió que un rasgo propio de la sociedad estadounidense era el amor por las riquezas: l’amour des richesess [1]. Y San Pablo, en su carta a Timoteo, había sentenciado que el amor a la riqueza era la causa de todos nuestros males. Y el poeta Virgilio, en La Eneida, recitaba su “aura sacre famis”: “¿A qué no obligas a los mortales, cantaba el poeta, abominable hambre de oro? ” [2].
I
En América Latina y en Venezuela se ha repetido una idea similar, pero, en el sentido contrario: no como exceso de amor, sino al contrario, como carencia de amor.
Y esa falencia de amor y ambición se ha asimilado al conformismo, la pereza, la flojera y la desidia a la cual se atribuye el atraso, la falta de dinamismo económico y el subdesarrollo.
La idea se ha repetido de múltiples maneras y por diversas formas. Unas veces como falta de aspiraciones, así lo entendía Jeannette Abouhamad; otras como una búsqueda del poder, más que del logro, como afirmó McClelland y replicó con éxito desde la ULA Romero García. En otros casos, es una cultura de la externalidad y una carencia de motivación interna, afirman Ugalde y España. O como una cultura porfiada con la cual nos hemos topado, escribió, parafraseando al Quijote, un ilustre antiguo miembro de esta Academia, el Dr. Uslar Pietri.
Y es que esa idea se ancla en la tradición sociológica de Max Weber y su tesis sobre el protestantismo como explicación del espíritu que permitió la acumulación originaria del capital y la revolución industrial en Europa y el capitalismo. La explicación radicaría en la separación religiosa y cultural que hizo que el luteranismo desarrollara un amor al dinero y la riqueza, mientras que el catolicismo lo despreciaba y condenaba. La innovación del luteranismo fue que postuló que sí se podía alcanzar el cielo siendo un buen profesional y un empresario; mientras que, para el catolicismo de ese tiempo, la vía para la salvación eterna era el alejamiento del mundo para la oración, y el desprecio por lo terrenal: Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruido,/ y sigue la escondida senda, por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido!, había escrito Fray Luis de León[3].
Esa misma idea encontró otra forma en una representación geopolítica, y por lo tanto, se sostuvo que la diferencia cultural se había expresado en dos modalidades de colonización diferentes: la Iberoamericana y católica en América Latina y la inglesa y protestante en los Estados Unidos. Lo sorprendente de esta tesis es que ha sido sostenida desde muy diversas posiciones ideológicas y políticas, pues la argumentan desde la CEPAL Raúl Prebish, con su teoría del desarrollismo; o desde Harvard impulsores afanados del capitalismo, como Lawrence Harrison, quien sostiene que “el subdesarrollo es un estado mental” derivado de la cultura hispánica. Y también marxistas indigenistas admirados como Juan Carlos Mariátegui, quien atribuyó el atraso de la economía peruana a la poca preparación para la industria y el capitalismo de los peruanos como resultado de la ausencia empresarios pioneros, como los que sí habían llegado a los Estados Unidos
Cuando uno analiza y escudriña los argumentos, encuentra que lo que está por detrás de tales ideas, es que los actores económicos de América Latina no siguen en su comportamiento una racionalidad económica que los impulse a la optimización de la ganancia y el lucro.
II
Uno puede ponderar la riqueza como un fin, como una meta en la vida. Aristóteles sostenía que no debía ser así, sino que la riqueza era siempre un medio para otro propósito, para un “bien supremo” que él llamaba la eudeimonia: la felicidad [4].
Pero no siempre es así, para muchas personas, el sólo poseer el dinero, acumularlo, puede ser un motivo de felicidad, sin necesidad de que sea gastado o utilizado para adquirir algún objeto o servicio, pues la posesión per se ya es un placer.
Quizá, ese placer discreto de mutar el medio en un fin, puede explicar los deseos de acumular inmensas riquezas por algunos actores económicos, quienes ambicionan unas magnitudes de dinero que no son susceptibles de ser disfrutables en toda una vida, o hasta en varias vidas.
En la dimensión del dinero como medio hay dos posibilidades: la de dinero como instrumento para un disfrute a través de su utilización como gasto, es decir para obtener un placer. O la del dinero como un medio para obtener más dinero, es decir el uso del dinero para fines productivos, como inversión. Lo cual es común en el comportamiento de los hombres de negocios.
Ahora bien, cuando una persona no tiene amor a la riqueza, la explicación puede estar en que no la quiera como un fin en su vida o que no la quiera como un medio. En cualquiera de los dos casos, la pregunta que surgiría es ¿Cuál es la razón de tal desamor?
III
El trabajo que he presentado ante la Academia consiste en un diálogo de esas teorizaciones con las tesis de la racionalidad económica y con los resultados de mis propias investigaciones.
En mis lecturas de teoría económica, encontré un artículo que Herbert Simon publicó en 1955 en el Quarterly Journal of Economics,[5] en el cual sostiene que la racionalidad económica no está guiada por la optimización, sino por la satisfacción.
Simon, quien en 1978 recibió el premio Nobel de Economía, sostiene que ciertamente hay en actores económicos cuyo comportamiento es maximizador de la utilidad, pero que ese tipo de racionalidad económica debe considerarse como una premisa descriptiva de un tipo de comportamiento y que resulta incorrecto transformarla en una premisa normativa, que indique no lo que es, sino lo que debe ser el comportamiento económico racional. Lo verdaderamente racional, sostiene Simon, no es maximizar, sino satisfacer.
¿Qué significa entonces no tener amor al dinero?
¿Quiere decir que se desprecia el dinero o que se considera que la riqueza es mala? como afirmó aquel fallecido presidente venezolano, quien retomó algunas ideas religiosas para decir que ser rico es malo. Ahora bien, ¿se trata de que tener riqueza es malo o que los ricos son malos, porque se enriquecieron robando a los demás?
O la idea se refiere a la ineficacia de afanarse por tener riqueza, pues los ricos ya están completos y la alternativa es el azar, tal y como pregonaba un vendedor de lotería en el centro de Caracas, quien bajo el sol inclemente de mediodía vociferaba: –comprense un quintico del gordo, que los ricos no están completos…
IV
Los científicos sociales buscamos conocer la realidad a partir de investigaciones de un momento histórico, pero, para poder tener certeza de la permanencia de esos patrones culturales, repetimos con los años las mismas mediciones para poder verificar si hay permanencia o cambios relevantes que puedan indicar la firmeza o la maleabilidad de algunas valoraciones culturales. Por eso realicé, a lo largo de 35 años, desde 1987 hasta el 2022, varias encuestas de población buscando conocer el sentido del trabajo y la riqueza de los venezolanos.
Lo primero que puedo destacar es que en esos 35 años encontré que las dos terceras partes de la población pensaban que la riqueza era buena, no era mala, sino que era buena. Solo entre 22% y un 33% estimaban que era mala. Así que no hay en Venezuela una concepción moralmente negativa de la riqueza.
Sin embargo, cuando le preguntamos a los entrevistados en sus casas si tenían la riqueza como una meta personal, la situación se invierte radicalmente, pues sólo una tercera parte de la población ambiciona tener riqueza como una meta para su vida.
El problema pudiera estar entonces en que las personas creen que los ricos ya están completos en el país y para qué afanarse. Pues no es así. Las tres cuartas partes de la población piensa que los ricos no están completos, es decir, que la movilidad social es posible y que hay espacio para nuevos ricos. Entonces ¿Será que las personas valoran que los ricos son moralmente reprochables, malos, pues su riqueza es producto de comportamientos indebidos?
Le preguntamos también a la población cómo pensaban que los ricos se habían hecho ricos y más de las dos terceras partes de la población, dos de cada tres venezolanos, nos dijo que trabajando e invirtiendo y menos de una tercera parte sostuvo que por medios incorrectos o moralmente reprochables, como robar o explotar a otras personas. Es históricamente significativo que esta visión negativa de los ricos ha venido disminuyendo, pues en el año 2004 fue del 28%, mientras que en 2022 disminuyó al 21%.
Esto significa que la falta de amor al dinero no es el resultado de que las personas piensen que la riqueza es mala, ni que ser rico es malo pues los ricos son ladrones o explotadores, ni que es inútil o no vale la pena esforzarse pues los ricos están completos. No, simplemente no lo tienen como una meta personal en su vida
V
En 1963, Heinrich Böll, el premio nobel de literatura, escribió un cuento breve (Anekdote zur Senkung der Arbeitsmoral) [6]para que fuese leído en un programa radial del día del trabajador. La historia ha tenido éxito en muchas latitudes. En la versión original de Böll, el cuento tiene como personajes a un pescador y a un turista americano; en versiones posteriores el turista fue substituido por un economista de Harvard o por un trabajador social.
La historia cuenta que un pescador descansaba a mediodía y se bebía una cerveza a la orilla del mar, luego de haber concluido la faena diaria que desde la madrugada había emprendido con su pequeño bote.
Para ese momento ya había vendido los peces que había capturado, extendido las redes y aperos para que se secaran, y disfrutaba de la brisa y su bebida.
Se le acercó entonces un trabajador social encargado de potenciar las capacidades económicas de las pequeñas empresas y le preguntó por qué no estaba pescando en ese momento, pues todavía quedaban horas de luz y podía realizar una doble jornada de captura de peces.
Ante la cara de desconcierto del pescador, el afanado trabajador social decidió darle las razones que podían animarlo a volver a zarpar con su bote.
Le dijo: -si haces una doble jornada tendrás más peces y ganaras más dinero, con ese dinero adicional podrás comprarte un bote más grande, podrás ir más lejos y capturar más peces, con lo cual obtendrás más dinero.
Con esas ganancias adicionales, será posible conseguir un préstamo para comprar un barco de mayor calado y con mejores redes, y podrás hacer faenas de varios días en alta mar y obtener especies nuevas que podrás vender a un mejor precio.
Con la ganancia extraordinaria que obtendrías, podrás pagar el préstamo, comprar otro barco y contratar empleados, y así, entonces, tú podrás dedicarte a descansar y tomarte una cervecita…
Ante lo cual el pescador sorprendido le respondió: -¿Y qué es lo que yo estoy haciendo ahora?
VI
Los modelos de comportamiento del pescador y del trabajador social se corresponden a dos racionalidades económicas diferentes.
En una perspectiva teórica convencional se pudiera afirmar que la actuación del pescador no es “racional”, pues, de acuerdo con una visión del homo oeconomicus optimizador, la racionalidad significaría buscar maximizar sus ganancias.
Sin embargo, hay otra manera de interpretar la racionalidad del pescador y sería la de un agente económico satisfacedor, que no procura optimizar la utilidad, sino que se detiene en lo que considera que le satisface.
La tesis de Simon parecen conocerla muchos pescadores. Simon sostiene que para un agente económico común no le es posible conocer cuál puede ser la máxima utilidad, pues siempre tendrá informaciones limitadas, por lo tanto, lo racional es detenerse y decidir cuándo ya se estima que se alcanzó la utilidad que le satisface.
Esa escogencia, quizá no es la máxima utilidad hipotéticamente posible, pero, intentar conocer la óptima utilidad implica unos costos adicionales muy altos, que no tendrían sentido económico y, como lo afirma Amartya Sen, hacerlo sería actúar como unos “economic fools”, unos tontos económicos[7].
VII
Ahora bien, ¿esta decisión de no optimizar tiene un impacto negativo en la sociedad y en el desarrollo? Quizá la pregunta previa debiera ser si la buena sociedad se mide por la acumulación de felicidad de sus miembros o por la acumulación de riqueza.
En la sociedad hay quienes se satisfacen con lo alcanzado y hay quienes continúan insaciables su camino de acumular más fortuna. Ambos comportamientos son normales en el sentido estadístico. Y ambos son necesarios, como lo son los innovadores y los conservadores. Una sociedad necesita de quienes impulsan los cambios y de quienes se encarguen de consolidar y conservar las transformaciones alcanzadas.
Por supuesto, en las sociedades podemos encontrar obsesivos acumuladores que destacan por su riqueza, pero no son ni pueden ser el común de las personas, pues si todos actuasen así, a lo mejor la sociedad logra que todos sean ricos, pero en ese caso, habría algunos que destacarían por ser super ricos. Y si todos se vuelven super ricos, aparecerían algunos que serían super super ricos…
Por eso la buena sociedad no puede estar moldeada sobre la racionalidad maximizadora, con un amor y una sed insaciable de dinero y riqueza. Lo que es importante para la buena sociedad es el sentido y el amor al trabajo de los actores, no la voluntad de maximización y acumulación.
Hay algunos maximizadores que sólo tiene una sed de riqueza per se, que no les importa el proceso social de creación de esa riqueza: son algunos rentistas, especuladores o corruptos. Pero muchas de las grandes fortunas del mundo las construyeron empresarios con un alto sentido del trabajo que les permitió erigir industrias, innovar procesos, crear productos nuevos o potenciar su productividad, y la inmensa riqueza les llegó añadida, pues la sociedad supo reconocer su obra y recompensárselos con fortuna.
En algunos de esos empresarios, el sentido de su trabajo y la obra construida los ha satisfecho tanto, que no les dejan a sus hijos la riqueza, sino que terminan donándola a fundaciones benéficas, como un retorno a la sociedad.
VIII
En su clásico libro sobre el utilitarismo, John Stuart Mills escribió que “la utilidad es el principio de la mayor felicidad, y las acciones son correctas en la medida en que tienden a promover la felicidad, e incorrectas en la medida en que tienden a promover lo contrario de la felicidad. Por felicidad se entiende el placer y la ausencia de dolor; por infelicidad, el dolor y la privación del placer” [8].
Pero Mills nunca sostuvo que se debía buscar la máxima utilidad o la máxima felicidad. La noción fue incorporada luego en la teoría económica, para describir un tipo particular de comportamiento que buscaba ir más allá de la satisfacción de las necesidades humanas, como la han subrayado Weber, Sombart y Parsons.
Desde la filosofía moral, el comportamiento optimizador se interpreta como una supererogación en la acción humana, que responde más allá de lo que es requerido, en este caso, la satisfacción de las necesidades humanas[9].
Hay supererogación cuando se excede algún umbral y en particular el umbral de lo que típicamente se considera como deber moral. Las supererogaciones existen en las sociedades y son aquellos comportamientos singulares que se atribuyen a los héroes o a los santos, y que representan acciones extraordinarias en la vida.
En la economía pudiéramos extenderlo a la actuación de algunos empresarios o capitanes de industria, exitosos o no, quienes invierten en la creación de la empresa o en la maximización de las ganancias, un esfuerzo extraordinario y una dedicación excepcional que los hace optimizadores. Pero al común de la gente no se le exige ser santo ni héroe, ni la racionalidad implica escoger siempre lo óptimo de cualquier objeto o acción, sino apenas lo que se considera que es bueno para uno mismo.
Nuestra investigación muestra que, aunque la mayoría de la población piense que la riqueza es buena, no quiere tenerla como meta en su vida, y menos están dispuesto a esforzarse para alcanzarla, pues, hacerlo, implicaría una supererogación de esfuerzos y emociones que no están dispuestos a invertir para alcanzar esa meta.
IX
En la deontología hay dos maneras de interpretar un acto como moral: la primera es actuar de acuerdo con lo que se considera de antemano que es correcto. Mientras que en la segunda orientación, la del consecuencialismo, lo que guía un acto moral no son los principios, sino las consecuencias que su acción provoca.
La racionalidad satisfacedora y la racionalidad optimizadora son tipos ideales construidos para permitirnos interpretar la realidad, pues los dos tipos de racionalidades se encuentran presentes como comportamientos reales en la sociedad.
De acuerdo con la racionalidad optimizadora, lo que es correcto y moral es el amor al dinero y la optimización de la ganancia del homo oeconomicus. Mientras que para la racionalidad satisfacedora lo correcto es la satisfacción de las necesidades y la felicidad de los actores, pues como bien lo decía Epicuro: nada es suficiente para quien lo suficiente es poco[10]
El comportamiento satisfacedor no sólo es racional, sino que además es ético, pues responde a la satisfacción de las necesidades básicas y la felicidad, se corresponde con la frónesis y la moderación como ideal de vida que rechaza los excesos, asume las metas y los placeres con ponderación y considera la templanza una virtud contrapuesta a los excesos
Uno puede interpretar la afirmación de Simon de que la optimización es enemiga de la satisfacción, como una versión económica de la máxima que Voltaire colocaba en uno de sus personajes de teatro: lo mejor es enemigo de lo bueno[11].
X
Venezuela necesita de más bienestar y más riqueza. Ese bienestar implica más y mejor educación, mejor salud y más seguridad, y el camino para lograrlo no es distribuir la menguada riqueza que tenemos, sino generar más trabajo para producir más riqueza y poder hacer la torta más grande.
Venezuela necesita de más empresarios emprendedores, grandes o pequeños, que construyan compañías, consorcios, corporaciones. Requiere de más cooperativas, más negocios familiares y más propietarios. Está urgida de más inversiones internacionales.
Venezuela también requiere de más solidaridad, de cooperación y de compasión. No reclama regalos ni bonos, sino salarios correctos. No aspira el reparto de migajas, sino de una retribución adecuada al esfuerzo del trabajo aportado.
Venezuela necesita de riqueza bien habida. Y reclama también la libertad necesaria para lograrla.
XI
No tenía razón San Pablo cuando al escribirle a Timoteo (6,10) afirmaba que el amor a la riqueza era la raíz de todos los males. Tampoco es cierto que la racionalidad optimizadora y el amor al dinero y la riqueza como modelo normativo de la acción, pueda convertirse en la causa de todos nuestros bienes.
La historia del futuro es un camino que no existe y que debemos abrir y construir cada uno de nosotros con humildad y perseverancia.
Ser rico no es malo, tampoco es obligatorio. Lo que sí es obligatorio para la buena sociedad es el amor al trabajo y el amor al prójimo.
Bibliografía citada
Aelianus, Claudio, Various History, Epicurus, Clifford-Inne, Thomas Basset, 1670. Thomas Stanley traslation. Book 4, Chapter XIII, p.110.
Aristóteles (1985) Etica Nicomáquea. Madrid, Gredos.
Böll, Heinrich, Werke: Band Romane und Erzählungen 4. 1961-1970. Köln: Kiepenheuer & Witsch 1994, pp. 267-269
Byron, M. (2004) Satisfacing Maximizing. Moral Theorist on Practical Reasons. Cambridge, University of Cambridge Press
De León, Fray Luis (2008) Poesías, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/poesias–3/html/01e9471c-82b2-11df-acc7-002185ce6064_3.html#I_9_
Mills, J.S. (2001) Utilitarianism. Indianapolis, Hackett, p.7.
Sen, A.K. (1977) Rational Fools: A Critique of the Behavioral Foundations of Economic Theory, Philosophy & Public Affairs, Vol. 6 (4), pp. 317-344
Simon, H. (1955). A Behavioral Model of Rational Choice. Quarterly Journal of Economics, February 1955, 69, pp. 99-118.
Simon, H.A. (1983) Reason in Human Affairs. Standford, Stanford University Press.
Tocqueville, A. (1981) De la démocratie en Amérique, Paris, Flammarion.
Virgilio (2008) Publis Vergili Maronis Aeneidos, III,56-57. https://gutenberg.org/files/227/227-h/227-h.htm#liber0
[1] Tocqueville, A. (1981) De la démocratie en Amérique, Paris, Flammarion.
[2] Virgilio (2008) Publis Vergili Maronis Aeneidos, III,56-57. https://gutenberg.org/files/227/227-h/227-h.htm#liber0
[3] De León, Fray Luís (2008) Poesias, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/poesias–3/html/01e9471c-82b2-11df-acc7-002185ce6064_3.html#I_9_
[4] Aristóteles (1985) Ética Nicomáquea. Madrid, Gredos.
[5] Simon, H. (1955). A Behavioral Model of Rational Choice. Quarterly Journal of Economics, February 1955, 69, pp. 99-118.
[6] Böll, Heinrich, Werke: Band Romane und Erzählungen 4. 1961-1970. Köln: Kiepenheuer & Witsch 1994, pp. 267-269
[7] Sen, A.K. (1977) Rational Fools: A Critique of the Behavioral Foundations of Economic Theory, Philosophy & Public Affairs, Vol. 6 (4), pp. 317-344
[8] Mills, J.S. (2001) Utilitarianism. Indianapolis, Hackett, pp.7-8.
[9] Byron, M. (2004) Satisfacing Maximizing. Moral Theorist on Practical Reasons. Cambridge, University of Cambridge Press
[10] Aelianus, Claudio, Various History, Epicurus, Clifford-Inne, Thomas Basset, 1670. Thomas Stanley traslation. Book 4, Chapter XIII, p.110.
[11] Simon, H.A. (1983) Reason in Human Affairs. Standford, Stanford University Press.

