Como es común en los ancianos, más entre quienes disfrutan escribiendo, pese lo hagamos mal, yo también estoy trabajando en mis memorias.
De esa tarea, ya cumplida en parte, extraje esta nota que ahora pongo; pues es uno de los bellos recuerdos, de una ciudad donde mi vida transcurrió en medio de grandes dificultades, como haber sentido los rigores del hambre y visto obligado a huir de las pensiones, tal como cualquier fugitivo, por no tener cómo pagar. Tirar mi maleta, una caja con pocos libros por una ventana y desaparecer. Y no hablo de los rigores de la lucha clandestina, pues eso lo experimenté a lo largo del país todo y hubo en ello, de por medio, una decisión, actitud deliberada de mi parte. Fue uno de esos desafíos que uno asume deliberadamente y está obligado, hasta moralmente, a aceptar y entender las respuestas, siempre que estas no traspasen la moral y lo inherente a las leyes, como la tortura, fusilamiento y hasta desapariciones
Pero de ese tiempo pasado en Caracas, no voy a hablar ahora con detalles, tengo mis razones, por eso prefiero hacerlo de Apascacio Mata, un policía que dirigía el tránsito en una esquina caraqueña, a la que solía llegar todos los días, después de bajarme del autobús que me dejaba el Centro Simón Bolívar para dirigirme a la Avenida Urdaneta a tomar el que debía llevarme a Bello Monte.
Ver a Apascacio en aquella esquina donde no había semáforos, era todo un espectáculo. Montado en su tarima, a la que accedía por una pequeña escalera, de dos o tres tramos, adherida a la misma que, en la parte superior, tenía una sombrilla, para proteger, a quien allí prestara, el servicio de la lluvia y de los rayos solares, deslumbraba por su porte elegante, su accionar armónico, como quien dirige una inmensa orquesta, cuando debía señalar a quienes transitaban de un lado detenerse o indicarles que continuaran la marcha. Del mismo modo, con arte, elegancia, indicaba a los peatones parados en las esquinas, continuar la marcha o esperar cuando él lo indicase.
Apascacio, en su accionar en aquella esquina, me hacía percibir como si estuviese en los teatros nacional o municipal, viendo a un notable director; tanto que yo, muchacho, me paraba en la esquina entusiasmado y atraído por aquella como magistral actuación, por la forma ágil, delicada, de mover brazos y el puntero que portaba en la mano derecha. Aquel fiscal o mejor policía, como lo era en realidad, parado sobre aquella tarima en el centro de calle, rodeado de automóviles y abundante gente parada en las esquinas, me extasiaba tanto que, en lugar de escuchar los ruidos de los motores, cornetas, voces estentóreas, en veces procaces de los apresurados y siempre inconformes, pero por simplezas, me sentía cómodamente como sentado, en uno de los muebles habituales de aquellos espacios musicales, donde alguna que otra vez, acudía a escuchar los conciertos.
Llegado aquí, me llegan recuerdos, unos despiertan otros. La música clásica, los conciertos y la ópera, fueron de mi gusto, formaron parte de mi educación desde niño, lo que tendría, años más tarde, una enorme significación en mi vida, pues ese placer mío, en cierta medida, fue uno de los tantos motivos y atractivos que me acercó y unió a la bella y magnífica dama con quien me casé muy joven.
Y en Cumaná, no era sólo yo o uno más que otro, sino buena parte de la población, había sido ganada para aquella manifestación cultural. La ópera, escuchar a Caruso y los conciertos, eran tan del gusto nuestro, como la música cumanesa que corría a raudales hasta por las calles, con cualquier excusa, como lo hacía el Manzanares dentro de su cauce y aquellos comparseros, cantores populares, como Mariíta Rodríguez y Chiguáo. La retreta, de fin de semana y días de fiesta, espectáculo musical montado por la banda municipal de Cumana, los domingos, en las primeras horas de la noche y días de fiesta, nos brindaba música clásica por medio de maestros excelentes de ese arte.
Pero había más motivos, la Radio Sucre, los domingos, sólo ponía en su programación ese tipo de música. Y hasta el cine Pichincha, sabiendo del gusto de gran parte del público, con mucha frecuencia exhibía películas que eran conciertos, óperas y comedias referidas a notables músicos y cantantes clásicos.
Por todo esto, casi me embobaba, trasladaba a otros espacios, a Cumaná misma, al ver a Apascacio gestualizando y moviéndose en aquella tarima y hasta cuando bajaba de ella. Tanto me atraía su que, en lugar de tomar el autobús en el centro Simón Bolívar que llevaría a San Bernardino, muchas veces, cuando disponía de tiempo para ello, lo que yo procuraba reservar, al bajarme del que me había traído de Coche, seguía caminando rumbo al norte, hasta la esquina de la vieja universidad caraqueña, donde entonces estaba la biblioteca nacional y la entrada a la cámara de diputados, justo en la esquina de San Francisco, donde se halla la ceiba del mismo nombre, con el plan de tomar el que pasaba, viniendo desde Catia, en la Avenida Urdaneta, para extasiarme con el bello espectáculo que brindaba Apascacio, que siendo aquel, al parecer mudo, a mí me hacía escuchar grandes orquestas, admirar a un muy distinguido director y hasta imaginar danzarines alrededor de la tarima donde él estaba colocado y en las esquinas.
Porque en verdad era por demás bello y exquisito aquello. Apascacio ponía, pese su exigente trabajo, dado lo tupido del tráfico, de vehículos y personas, mucho interés y cuidado en los niños y ancianos que llegaban a las esquinas y debían cruzar la calle. El desde arriba de la tarima, controlando el tránsito vehicular, también lo hacía de las personas paradas en cada esquina, esperando cruzar la calle, particularmente niños y ancianos. Cuando en las esquinas, llegaban de estos, uno o varios, en breve tiempo, con elegancia, sin muestra de autoritarismo ni gesto brusco u ordinario, ordenaba la detención del movimiento vehicular; con elegancia se bajaba de la tarima y se dirigía a la esquina o esquinas donde estaban aquellos bajo su cuidado, hasta tomándole de la mano a alguno, incitaba a los demás hacer lo mismo, tomarse de las manos y a esa larga fila enlazada la llevaba a la esquina respectiva. Luego de cumplida esa tarea, volvía a ascender a su tarima, con gesto de caballero. Y yo le miraba como si fuese un director de orquesta, escuchaba la música y también me deleitaba con aquel excelente bailarín de ballet. Y hasta escuchaba a gente de los alrededores, dentro o fuera de los vehículos, transeúntes de a pie, aplaudir estruendosamente a Apascacio.

