En su retorno a la Casa Blanca, Donald Trump ha comenzado a trazar una estrategia energética con implicaciones geopolíticas de largo alcance. No se trata únicamente de reactivar la producción doméstica de hidrocarburos, sino de construir una arquitectura energética de disuasión, cuyo eje es el precio bajo del petróleo como instrumento de poder global.
Una gira a Oriente con mensaje
La reciente gira de Trump por Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Qatar no fue una rutina diplomática, sino una muestra clara de intencionalidad estratégica. Lo acompañaron los CEO de Schlumberger (Olivier Le Peuch), Halliburton (Jeff Miller) y Baker Hughes (Lorenzo Simonelli), los tres gigantes estadounidenses de servicios petroleros. Según Reuters (10 de mayo de 2025), “la comitiva fue percibida como una señal de respaldo directo a los proyectos de producción y eficiencia de la OPEP, con una visión compartida de estabilizar precios por la vía del aumento de oferta y reducción de costos”.
Días antes, la OPEP+ anunció un aumento de 400.000 barriles diarios, lo que muchos analistas interpretaron como un gesto de buena voluntad hacia Washington. El portal Energy Intelligence (8 de mayo de 2025) señalaba: “El cambio de postura de Riad sugiere un nuevo alineamiento: colaboración con EE.UU. a cambio de apoyo tecnológico y geopolítico”.
Disuadir con petróleo barato
Durante su primer mandato, Trump logró sostener precios bajos del crudo como resultado del auge del shale estadounidense. Entre 2017 y 2019, el WTI promedió alrededor de 57 dólares por barril, y en junio de 2020 llegó incluso a cotizar en negativo por un breve periodo, tras la disrupción provocada por la pandemia. Aunque ese episodio fue excepcional, dejó una lección: EE.UU. puede alterar significativamente el mercado si combina producción masiva con presiones diplomáticas.
Hoy, Trump parece replicar esa estrategia. En un discurso el 3 de mayo en Texas, afirmó:
Vamos a volver a producir más petróleo que nadie. Vamos a ayudar a nuestros aliados a reducir sus costos. Y no vamos a permitir que nadie manipule los precios para chantajear al mundo libre. (Houston Chronicle, 4/5/2025).
El mensaje es claro: los precios altos serán combatidos. Con producción doméstica ampliada y cooperación con los países del Golfo, Trump quiere neutralizar a quienes usan el petróleo como herramienta de coerción: Irán, Rusia, Venezuela.
Tecnología como incentivo y palanca
El eje de la gira por el Golfo fue la oferta de tecnología de punta para exploración, producción, recuperación mejorada e inteligencia artificial aplicada a campos petroleros. En palabras del CEO de Schlumberger, Le Peuch:
“Nuestra meta es acompañar a nuestros socios estratégicos a reducir sus costos operativos por debajo de 30 dólares el barril” (Bloomberg Middle East Energy Forum, 7/5/2025).
Este tipo de alianzas permitiría a países como Arabia Saudita o Emiratos mantener o incluso aumentar producción sin sacrificar rentabilidad, aun con precios moderados. A cambio, Trump consolida una alianza energética funcional que refuerza el poder de EE.UU. como regulador informal del mercado global.
Implicaciones geopolíticas
El impacto potencial es amplio:
Rusia perdería márgenes para financiar su guerra en Ucrania si el Brent se mantiene por debajo de $70.
Irán, cuya economía depende en un 80% del crudo, vería limitadas sus exportaciones indirectas y sus subsidios regionales.
Venezuela, sin capital ni eficiencia, quedaría completamente expuesta. Como advirtió recientemente el economista Francisco Monaldi, “con precios por debajo de 60 dólares y sin inversión masiva, PDVSA no puede sobrevivir” (Inter-American Dialogue, abril 2025).
Adicionalmente, la transición energética europea puede verse forzada a ralentizarse si el petróleo barato vuelve a ser competitivo frente a opciones limpias más costosas. Esto refuerza la capacidad de presión de EE.UU. sobre Bruselas, y alinea a los productores tradicionales del Golfo con una visión pragmática más cercana a Washington.
¿Nuevo superciclo de precios bajos?
La gran pregunta es si esta arquitectura puede sostenerse en el tiempo. La respuesta dependerá de varios factores:
La voluntad política de la OPEP+ para mantener disciplina de producción.
La capacidad de EE.UU. para aumentar su output sin provocar sobreendeudamiento del sector shale.
La evolución de conflictos regionales que puedan generar shocks de oferta.
No obstante, la advertencia ya fue enviada: si actores como Putin o Jamenei apuestan por la inestabilidad para elevar precios, Trump responderá con producción, presión y disuasión por precio.
China: aliado funcional de la disuasión energética trumpista
Aunque no existe una alianza formal entre Washington y Pekín en el terreno energético, la estrategia de disuasión petrolera que impulsa la administración Trump encuentra en China un aliado funcional, movido por intereses económicos convergentes. Ambos gigantes —uno como mayor productor mundial, el otro como mayor importador— prefieren precios moderados del petróleo, por razones distintas, pero complementarias.
Coincidencia de intereses
China, que importa más de 11 millones de barriles diarios, depende críticamente del crudo barato para sostener su crecimiento industrial y controlar presiones inflacionarias. Como señala el informe del CNPC Economics & Technology Research Institute (2024), “cada 10 dólares de incremento en el precio del petróleo añade cerca de 0,5 puntos al IPC chino y presiona la balanza de pagos”. Trump, por su parte, busca neutralizar la capacidad de chantaje energético de actores como Putin o Jamenei, bajar la inflación interna, y reafirmar la hegemonía del dólar como moneda de referencia en los mercados energéticos.
Ambas potencias desean, aunque por motivos distintos, una abundancia controlada que mantenga los precios en un rango estable y bajo.
Irak como punto de convergencia
Irak se convierte en un punto clave de esta coincidencia estratégica. A pesar de la presencia militar estadounidense, Bagdad es uno de los principales exportadores de crudo a China, con más de 1 millón de b/d dirigidos al mercado asiático. Las empresas chinas como CNPC y CNOOC tienen presencia en varios campos petroleros iraquíes. Esta interdependencia convierte a Irak en un actor bisagra: sensible a las presiones de EE.UU., pero vinculado comercialmente a China.
Así, mientras Trump promueve un aumento de producción global liderado por Arabia Saudita, EAU y las petroleras estadounidenses, China se beneficia sin necesidad de involucrarse políticamente.
La nueva geometría energética global
Este alineamiento funcional entre EE.UU. y China debilita el margen de maniobra de los actores que se benefician de precios altos del petróleo, como Rusia, Irán o Venezuela. Si Arabia Saudita, EAU, Irak y las empresas norteamericanas elevan su producción, y si China no pone obstáculos a este nuevo equilibrio, el impacto sobre el precio internacional será inevitable. Como reconoció el propio Trump en un mitin reciente: “The more we drill, the less they can threaten us — and the less Americans pay at the pump.”
En esta arquitectura de disuasión energética, China no es un enemigo, sino un beneficiario paralelo, que ayuda a consolidar —por su propia conveniencia— el nuevo equilibrio.
Las piezas en el tablero
Lo que Trump está construyendo no es simplemente una política petrolera, sino una doctrina energética de control geoeconómico. El petróleo barato se convierte en arma estratégica, capaz de moldear conductas internacionales sin necesidad de sanciones ni intervenciones militares.
Quienes no lo comprendan —o peor, lo subestimen— estarán jugando un juego de ajedrez en el que Trump ya colocó las piezas clave sobre el tablero.
Miembro de la Comisión de Energía de la Academia de Ingeniería y Hábitat de Venezuela y del Consejo Directivo de Cedice Libertad.

