Hay unos cuantos barcos que uno nunca va a olvidar. La Santa María, la Pinta y la Niña, porque formaron la flota en que Colón nos “embarcó” en la historia.
Finalizando el siglo XVIII, el generalísimo Francisco de Miranda viajó a las costas de Venezuela, en un frustrado intento de invadir el país, en un buque que llamó Leander, nombre de uno de sus hijos. Fracasado el plan, el buque con su carga terminó fondeado en Trinidad; pero el plan siguió en progreso por otras vías, como debe ser, tal como exige la realidad.
Hubo uno, cuyo nombre registrado a última hora, el Maracaibo que, al General José Rafael Gabaldón, Gustavo Machado, Urbina y hasta Miguel Otero Silva, los llevaron a Curazao, con la intención también de invadir a Venezuela.
Y Cumaná conoce muchas historias de barcos. Por algo es, como la llamase Andrés Eloy, una ciudad marinera, además de mariscala.
Hubo una en mi tiempo, una embarcación o yate Mánamo, que transportaba pasajeros de Puerto Sucre a La Guaira. En ella viajé siendo todavía un niño, con la intención de iniciar mis estudios de bachillerato en el liceo de aquella ciudad alejada a Caracas, de significativa importancia, en la historia colonial, por su puerto y en la lucha por la independencia. Un primo, sobrino de mi madre, entonces trabajador, como estibador, en el puerto y dirigente sindical muy prestigioso, con la anuencia respectiva, me llevó a esa ciudad con el fin ya dicho. Pero, muy pronto, antes del inicio de clases, opté que mi primo me devolviese en la misma embarcación a Cumaná, sentí demasiada nostalgia por mi madre, mis amigos y querencias; Obviamente no anidaban en mí ansias migratorias. De todo aquello, me quedé en el recuerdo, lo agitado de las olas pasando frente a la costa central del norte de Venezuela, ya en las cercanías de La Guaira y como aquella embarcación, cuyo calado era de cierta magnitud, tanto que, aparte de la bodega relativamente grande, su cubierta era tan espaciosa que transportaba hasta 30 pasajeros, se movía de manera agitada que, en algún momento, hasta llegué a sentir miedo. Menos mal que las toninas, nadaban a los lados de la embarcación, sin perder el ritmo y la alegría, mientras sus aletas parecían saludarnos y darnos ánimos; para eso nadaban incesantemente al lado del barco. La presencia de ellas me dio seguridad y las percibí, sin duda, como enviadas por el abuelito del mar.
Casualmente, poco tiempo después de aquello, dos años, cuando mucho, quien sería mi compañera de toda la vida, siendo aún una niña, aquella que llegó a convertirse en una dama de baja estatura, pero bella y enorme fortaleza, que conocí unos cuantos años después en Caracas, por la que viajaba casi diariamente en la circunvalación para verla, ingresó a estudiar en aquel liceo donde yo hubiera estado por graduarme, acabando de llegar desde Río Caribe a La Guaira, recorriendo el mismo espacio marino, en un barco llamado Guaicamacuto o El Barco de Taguao. Saltando el tiempo, El Mánamo, aquel donde yo me regresaba a Cumana y el que a ella llevó de su pueblo a la ciudad de donde yo me regresaba, se cruzaron en el camino, se saludaron con sus respectivas bocinas y nosotros dos, nos dijimos mutuos, pero calladamente, “no importa, nos encontraremos”, lo mismo que ahora yo, a ella, que se marchó primero, todos los días le digo. Si hubiera podido adelantar el tiempo y acomodar los espacios, como uno suele hacerlo en los sueños despiertos, nos hubiésemos encontrado antes, por su fuerza, me hubiera trasladado de una embarcación a otra, cambiar mi rumbo, sin tener que esperar bastante y pasar tantas penurias.
Pero el Falke, aquella vieja embarcación alemana, rebautizada Anzoátegui por los expedicionarios, que el 11 de agosto de 1929, arribó a las costas de Cumaná, por los lados de “El Salao”, es como un buque insignia en la historia moderna de la ciudad. En él llegaron desde Francia, el general Ramón Delgado Chalbaud y sus hombres.
En un café de los Campos Elíseos, en la ciudad de París, comenzó a organizarse la aventura. Ramón Delgado vendría a Venezuela, desde un lugar indefinido del país galo, con una tripulación en parte mercenaria y algunos venezolanos militantes antigomecistas, entre éstos Armando Zuloaga Blanco, un exiliado estudiante caraqueño. El plan era sencillo, invadirían Cumaná, apoyados por los cañonazos del viejo barco. Según lo acordado, desde los lados de Cumanacoa, el guerrillero Pedro Elías Aristeguieta, remontaría las serranías y caería sobre la ciudad en apoyo de los invasores. Es decir, atacarían por dos lados y sorpresivamente. Pedro Elías Aristeguieta no llegó a tiempo para apoyar a los invasores del Falke, como tampoco pudo antes, en los tiempos de la Guerra Federal, llegar a ayudar al general carupanero José Eusebio Acosta, en un momento de urgencia, en los mismos espacios. Vainas inexplicables que suceden y los biógrafos de ahora, según algo que acabo de leer, parecen conformarse, como el biografiado en sí y no con lo que, a él, integrante del todo, determinante. Es como una manera aséptica de tratar al personaje.
Los “pasajeros” de “El Falke”, suponían a Gómez ignorante de sus proyectos; pero aquel zorro general de La Mulera, al tanto estaba de los planos de Chalbaud, pese a la discreción que éste había puesto en el asunto.
Aquel 11 de agosto, hace ya casi 96 años, el General Rafael Emilio Fernández, llevaba varios días encargado de la Gobernación. Su misión, frustrar los aviones del general Delgado y de paso enterrarle.
Los invasores fueron los sorprendidos. En la ciudad se les esperaba. En el Castillo de San Antonio de la Eminencia, soldados, aunque mal armados, atrincherados estaban para hacerle frente a los soñadores del Falke. En la calle larga, de trecho en trecho, el general Fernández había colocado francotiradores y aún, al otro lado del puente Guzmán Blanco, otros furtivos guardaban.
Uno a uno fueron cayendo, heridos o muertos, los atrevidos viajeros. En una esquina, un balazo atravesó a Armando Zuloaga Blanco. Y al mismo General Delgado, dos balas salidas de un viejo y mohoso fusil, le quitaron la vida. Pedro Elías Aristeguieta y sus indios guaiqueríes, de nuevo, en el camino se perdieron, nunca llegaron. Un disparo loco abatió también al General Fernández.
El Falke levó anclas y se alejó de las costas de Cumaná. Pero aquí, con los hechos y los muertos, entre estos dos generales, quedó su recuerdo para siempre. Y para completar el drama, ese año, a mi ciudad, la asoló el terremoto, aquel del cual habló en un cuento titulado, “Mi tía Panchita”.

