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Rafael Fauquié: La vida siempre…

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Caminar la vida y testimoniarla, vivir experiencias y nombrarlas… La vida, por encima de todo, siempre ella. Y, junto a ella, dependiente de ella, las voces deudoras de una experiencia de vivir: su testimonio, su eco; reflejo de aprendizajes surgidos de los días vividos, de las circunstancias enfrentadas.

Generalmente, todo lo que un escritor escribe tiene que ver con su vida; y, en ocasiones, tiene que ver, también, con un ideal de acción. Actuar junto a las palabras: compromiso de vida; escribir como una forma de hacer, de responder al desafío de hacer. El escritor se deja guiar por esas palabras que apoyan su propósito por testimoniar. Acaso, también, por construirse junto a su vocabulario: apoyándose en él, sosteniéndose en él. También -¡quién lo duda!, contradiciéndose  en él.  Vocabulario hecho de una sintaxis que con los años adquirirá mayor firmeza en sus énfasis e intenciones.

El escritor escribe y, junto a sus palabras se formula preguntas y accede a respuestas. Y sus respuestas forman parte de su diálogo con la realidad. Junto a sus palabras vive la realidad enfrentándola, convirtiéndola en compañía de sus fortalezas y flaquezas, en aliada de sus convicciones.

Sin cierta dosis de idealismo la entrega al esfuerzo de escribir desvanecería su sentido. Carecer de ideales desorienta al escritor y éste conjura ese peligro reconociéndose en sus búsquedas, en su diálogo consigo mismo. El silencio nunca será una opción para él. Por ello dialoga: se habla porque no puede callar cuanto precisa decirse. Se interroga, se responde, y junto a sus respuestas procura avanzar. Sus palabras lo ayudan a vivir. Ellas apelan a nuevas ideas, a nuevos propósitos. La intención del escritor es y será siempre entender. Un afán que lo conduce hacia verdades, eventualmente cambiantes, pero, algunas de ellas necesariamente definitivas. Llegaron para quedarse y acompañarlo hasta el final. Y existe una indisoluble relación entre sus verdades y sus palabras. Por ello convierte las palabras en acto, en voluntad; acaso en una manera de arraigar en sí mismo, de sostenerse en la creación y comunicación de esas voces en las que encuentra coherencia y sentido. Convierte también sus voces en movimiento; un movimiento que impone la duración de lo presente, unas apuesta a por la vida y un testimonio de esa apuesta.

 

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