La temporada siete de Black Mirror se propone volver a los orígenes más salvajes de la serie, pero solo lo logra en parte.
De sus seis capítulos, tres parecen encontrar la esencia que hizo disruptiva a la serie en su fundación británica.
Los otros no son necesariamente olvidables, como tantos de la nueva etapa de Netflix.
Sin embargo, los capítulos débiles de la producción, en 2025, arrastran con todas las problemáticas que le vimos y enumeramos a la saga, cuando decidió adaptarse a los criterios condescendientes del algoritmo de la N grandota, para ganar créditos y sobrevivir en el difícil mercado internacional del streaming.
Paradójicamente, hemos confirmado que la idea de Charlie Brooker, el satírico showrunner, ha tenido que amoldarse para mantener los altos ratings, contratando estrellas e influencers, siendo condescendiente con la regencia de la cultura woke, en una relación de amor y odio con los criterios normativos de la industria, en su fase de corrección política.
Por eso, Black Mirror es hoy un espejo roto de su propia imagen de agitación anarco punk, un ejemplo de cómo la contracultura y la rebeldía se ponen en venta, con el fin de ser cool y dejar contentos a los programadores, perdiendo su impacto en el camino.
De suerte que la temporada 7 me deja con un sabor agridulce.
Comentaré en adelante, el orden en que vi los capítulos y cómo me resultaron.
Es un acierto que decidan comenzar con los dos eslabones fuertes de la cadena: “Una pareja cualquiera” y “Bete Noire”.
Ambos son protagonizados por mujeres fuertes y racializadas, lo cual será una constante de la temporada.
Lo interesante es que, desde ahí, los dos episodios construyen personajes densos y dramáticos, con los que podemos empatizar y sublimar cuestionamientos serios a la distopía tecnológica que nos alcanzó, prometiendo siempre un paraíso que deviene en infierno.
Charlie Brooker es consecuente con su proyecto de desmontaje del mito del progreso tecnológico, ahora estimulado por la ilusión de las aplicaciones y las inteligencias artificiales.
Las dos protagonistas sucumben y naufragan ante la fantasía de regeneración, mientras su contexto se deshumaniza y corrompe por luchas darwinistas, egocéntricas.
El primer episodio expone la crisis de salud a merced de prótesis, el segundo capítulo narra la feroz competencia que se establece en el ámbito corporativo de una fábrica de chocolates, como la de Wonka, bajo criterios de vigilancia, control y depredación mutua a través de fallos en la Matrix.
Luego, el tercer episodio también retrata un conflicto de mujeres actrices, durante el intento de remake de una película clásica al estilo de Casablanca, con el propósito de salvar a un estudio de la bancarrota.
Por un lado, el capítulo sabe reflejar el estado de disolvencia de Hollywood, sometido al dilema de adaptarse a la corriente de la AI o morir.
Por el otro, se replantea sarcásticamente el forzamiento y el trastorno que ocurren como consecuencia de hacer versiones del pasado, mediante técnicas y convenciones actuales, buscando un refrescamiento estético de cara al público.
Se habla y se explica mucho, extendiendo el cliché de la sala de operaciones que se comunica entre el mundo real y el de las ficciones.
Hay demasiados intercomunicadores, apuntadores auditivos y microchips en la sien, diagramando un esquema obsoleto de telefilme de ciencia ficción.
Un tropo que se repetirá en los demás episodios irregulares de la temporada seis: “El juego” y “USS Callister: Infinito”, un par de gracias que se manufacturan para conservar la fidelidad de los fanáticos, quienes los puntúan con las calificaciones más altas en el ranking de la plataforma.
De los dos, prefiero el que transcurre en los noventa con un reseñista de videojuegos que desea cambiar nuestra percepción de la realidad, haciéndola más benevolente y pacífica, aunque por métodos violentos.
Aquí puede funcionar la radiografía del gamer incel, en cierto punto, y el pase de factura a los tecnofeudales que gobiernan el planeta con sus redes de aparente felicidad comunitaria.
Así el colectivismo se ha instrumentado como forma sutil de dominación, en el ámbito tecnológico, según la visión de capitalistas que promueven una especie de comunismo o socialismo hípster, de hippies liberales, que supuestamente trae bonanza y se ordena solo.
El sistema es harto más complejo e involucra distorsiones humanas que condenan el desarrollo de los programas y sus juegos.
No obstante, el subrayado de acciones y la velocidad de montaje en el capítulo de “El juego”, evidencian las carencias y los agujeros del plot, cayendo en una ristra de lugares comunes que se diseñan como servicio para la base de fanáticos de Black Mirror.
En tal sentido, apenas pude soportar el visionado de «USS Callister: Infinito”, que repite lo que entendimos en el episodio original como sátira de Star Trek.
Todo el cuento de la nostalgia y de la glorificación crítica de la cultura vintage me tiene algo saturado desde su revisionismo intensivo en el cine de superhéroes.
Obvio que el futuro de Black Mirror pasa por asegurar sus licencias y propiedades intelectuales, al costo de la creatividad.
Por tanto, hay que aguantar las ramificaciones de las franquicias de Charlie Brooker, porque son las que permitirán, a la postre, que siga existiendo la serie y que se hagan joyas como “Elogio”, el que para mí es el trébol de cuatro hojas de la temporada.
Paul Giamatti funge de guía en un viaje por la memoria de un hombre roto por el despecho, que se reencuentra con sus recuerdos, los que rearma con una aplicación inmersiva para sumergirse en fotos viejas, amén del fallecimiento de un ser querido.
Es un “Elogio” al arte del cine como estampa, como presencia de una ausencia, como fantasma que existe en nuestra cabeza con tachones y rayas, que merecen regenerarse, para superar el luto y el despecho.
Un guayabo que deprime y que es sintomático.
La tecnología se reivindica con un sentido poético y melancólico que hacen del episodio 5 una parada obligatoria del 2025, para los cinéfilos y amantes de la serie.
En conclusión, Black Mirror cumple con su cometido de seguir vigente, a pesar de cometer deslices y errores que son un efecto de su gestión tecnológica.
Nos hace consciente de la imperfección de la operatividad de su diseño, asumiendo las luces y sombras de la evolución humana en el mundo de las inteligencias artificiales.

