Una acotación necesaria.
El sueño de mis Libros.
Los libros ayi desordenados a través de mi biblioteca, muebles, mesas, y camas, leídos, manoseados, subrayados, golpeados, pero amados son testigos de mis alegrías y desvelos, muchos se muestran a veces como interpelándome, desde sus marcas, rasguños, raspones, pero siempre les repito que están a salvo conmigo, no me levantan suspicacias: los signos de sus márgenes muestran mi devoción por eyos, escondidos unos detrás de otros, a veces abandonados, ni siquiera alfabetizados. Otros siguen a mi espera injustamente preteridos. Algunos adquiridos por comodidad en las ferias como acto compasivo, otros comprados por voracidad impulsiva, los que por cortesía recibimos de complacientes amigos, y no tan amigos, estos yacen en un ensordecedor silencio, pero seguros de ser útiles en ofrecer su colosal cartografía, no es facil mposible de recorrer, el libro en este momento de soledad, lo que percibe con molestia es ver cómo solo lo tocan para sacudirle el polvo. Pero finalmente la historia nos muestra que más de las veces cobran sentido y diez o más años después revelan que tienen más de siete vidas, y que al abrirlos sin interés se pueden encontrar líneas radicalmente transformadoras. Hay avenidas en eyos que no recorremos o renunciamos a eyo. Pero aun así el proceso histórico muestra que ningún texto es inútil, cada uno es una entidad, que cada tiempo cobra vida y que escarmienta al posible ojo incauto. Así como el universo nos luce inabarcable, cada libro inexplorado es un desafío, promesa, misterio, y de posibilidades que nos confirman.
Que la felicidad anda de incógnita, en los libros más de las veces, pasa alrededor nuestro sin que la advirtamos.
Nosotros hemos olvidado que la inmortalidad solo abre una vez, media hoja de su puerta estrecha y deslumbrante.
Según el Obispo de Hipona, (San Agustín), en su Diccionario Isilosabico nos señala: Cuando oramos intentamos hablar con Dios, cuando leemos es Dios quien nos habla.
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