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Jesús Alberto Castillo: El duro trajinar de Luis Bermúdez Salazar

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Cumaná es tierra maravillosa donde se respira la alegría de propios y extraños. En ella el sol es inclemente y la gratitud salta a la vista entre sus habitantes. El Parque Ayacucho es uno de esos centros emblemáticos que abriga en sus bancos de cemento a seres de diversas esferas entregados a la fantasía citadina.

Allí, en medio de la vorágine urbana y el asfixiante tránsito automotor, todos los días labora como vendedor el amigo Luis Bermúdez Salazar, un hijo de Araya que hace alarde de su buen trato para atrapar a los entusiastas transeúntes y traerlos a su pintoresco y bien surtido tarantin de chucherías. Siempre con una sonrisa a flor de labio ofrece un cafecito caliente a su fiel clientela.

En esa jornada diaria descubre el mundo real, marcado de historias, vivencias y esperanzas. Todos los días, con el latir del alba se lanza con su fiel carrucha, cargada de mercancía desde su hogar en La Casimba, por toda la ciudad para llegar puntualmente a la 7 de la mañana a ese icónico lugar donde la estatua ecuestre del Gran Mariscal de Ayacucho se exhibe a sus anchas.

El versátil vendedor no se detiene en su ardua faena. Se enfrenta a la vida diaria y a cada personaje que transita en ese espacio urbano. No es cualquier mortal. Es un ser acucioso, reflexivo y sensible ante la realidad inexorable. Nunca imaginó ser vendedor de chucherías en una plaza pública. El Covid 19 y las propias circunstancias lo llevaron a reinventarse para no morir en el intento. Su anterior oficio era preparador de pinturas y soñó con tener su propia empresa en el ramo. Pero las circunstancias, como lo advirtió José Ortega y Gasset, lo obligaron a incursionar como vendedor de mercancías en la principal plaza de Cumaná.

Luis Bermúdez Salazar en sucre

Luis Bermúdez Salazar tiene su propia filosofía de vida: “Los altibajos son fuente de aprendizaje en la vida para salir adelante”. Cree que es importante valorar al sujeto en su condición humana y voluntad de servir al prójimo. Por eso entabla una relación dialógica con cada persona que le compra y los personajes que deambulan por esa plaza, llena de pasiones furtivas y aventuras taciturnas. Habla con cada uno de ellos y se hace parte de una inquebrantable familia del trajinar cumanés.

Voces de todas partes despiertan su interés de vendedor. “Epa, tío, véndeme cinco cigarrillos”, “Mi pana, dame un cafecito caliente”, “Luis, cuánto cuestan 5 caramelos y estos chocolates”, Cóbrate, hermano, 200 bolívares que te debo y dame un pepito”. Contesta entusiastamente a sus fieles clientes: “Tranquilo, págame 40 bolívares nada más. Tómate un cafecito bien caliente, te lo regalo”.

Así seduce las almas ansiosas que se vislumbran frente a su diversa mercancía. Cuando el ocaso se pone, recoge sus productos y los ordena en su carrucha con destino al hogar. Es la rutina donde transcurre la jornada diaria de este vendedor nacido en la tierra donde brota la sal y contagiado con cada anécdota de sus acostumbrados clientes. Tras su marcha deja a la ciudad silenciosa y adormecida, la cual se despertará al día siguiente para recibirlo.

 

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