Mi nuevo amigo Rigoberto es uno de los deportados. Digo nuevo amigo, porque apenas lo conocí hace dos años. Fue en Miami, pura casualidad. Escuché donde me alojaba por un fin de semana que iban a buscar a unas personas que habían hecho las travesías desde Caracas, Cúcuta, Tapón del Darién, Panamá, Centroamérica, México, El Paso (EE.UU.), los propios coyotes como los llaman despectivamente en EE.UU a estos aventureros resteados con la vida que en la mayoría de los casos merecen nuestra admiración y respeto.
Periodista frustrado, como siempre, no iba a pelar ese boche.
-¿Puedo esperarlos para conocerlos?
-Claro, son panas y familia, aunque deben venir “remamaos”, me dicen.
Al cabo de un rato entran al apartamento, parecían unos zombies, desprendían un olor a candado de zoológico. Eran cuatro sobrevivientes; observé unos maletines desvencijados como último resto de un gran naufragio en que nos convirtieron a todos los venezolanos. Después del saludo, tomé la primera decisión: el cuarto que usé la noche anterior lo cedo con la misma gentileza que tuvieron conmigo las panas solidarias, se los pongo a la orden y automáticamente los ayudo a organizar su equipaje. Así, con esa solidaridad tan venezolana, fuimos entrando en confianza.
Los escaneo de arriba abajo, me recuerdan a mis queridos amigos los trabajadores textileros de Aragua. Son unos fortachones, tipo guanches canarios, pero más oscuros. Son jóvenes, una edad promedio de 30 años. Entramos en materia, procedo a hacerles las famosas preguntas que hacen en recursos humanos, la palabra la tomo prestada, una frase hecha. La usa un viejo amigo egresado en Relaciones Industriales de la Universidad de Carabobo. Por fin hablan.
-Lo logramos -dicen emocionados- llevamos dos meses recibiendo “pingazos”.
Narran su travesía épica:
-Nos robaron, nos estafaron, pasamos hambre, salvamos gente, nos salvaron, vimos morir a otros. Nos duelen los niños y niñas que sufrieron en la selva.
Y siguen:
-También reconocemos a toda la gente que en el camino nos brindó socorro, a la Cruz Roja, a muchos voluntarios (ONG’s), y sobre todo a la entrada y salida de la selva. Valió la pena, mañana mismo empezamos a trabajar.
-¿En qué?
-En la construcción. Fue y es un esfuerzo que hacemos por nuestra familia, mujeres, niños y niñas. La próxima semana les llegará a ellos su primera remesa”.
Los muchachos suspiran. Me despedí con mucho cariño, descubrí que hace tiempo esa coincidencia me acechaba. Tiempo después, entre tertulianos, hice el comentario.
Repatriados
Me enteré que dos de ellos están de vuelta, que fueron deportados. ¡Que vaina! Hace días ubiqué a Rigoberto en Caracas, nos tomamos un café y me echa el cuento:
-Nos interceptaron saliendo de un bar que frecuentan venezolanos (hoy día van pocos, dice). Muy fuerte, nos “cagamos”. El trato es rudo. Sabían que somos venezolanos. Nos pasaron por una oficina del Sheriff, luego a una especie de galpón; y revisaron si teníamos antecedentes, estatus legal etc. Un tipo de acento cubano nos pregunta: ‘Quién es el de la foto’. “Guá, el presidente Trump”.
Sus comentarios son desilusionados.
- Cómo no lo voy a reconocer: esa cara de coño e’ madre, esa piel color naranja no la olvidaré nunca. Hasta votos le buscamos al peluquín ese.
Le doy una mirada contemplativa: pedimos otro café; Rigoberto continúa:
-Hace dos años arrancamos ligeros de equipaje y lo único que me quedó es esta cachucha de pelotero.
La guarda con celo, es el recuerdo que le queda de un sueño: firmar un contrato en las grandes ligas, lo tenía todo, hasta que pintando una pared rodó de una escalera y sufrió fracturas en varios huesos. Mala leche.
Hasta en las tragedias no pierde el buen humor:
-Lo único bueno es que ahora somos panas de Diosdado, no me pierdo el Mazo, jajaja.
Recuerda con cariño a Luis, el pana que les dio refugio y cobijo en Miami; también recordó al “Coyote” de la frontera en México,
-Coño, el tipo cumplió su palabra. Fue más serio que Trump- dice, y suelta otra risotada.
-Aquí los vecinos, a pesar de la peladera, nos han ayudado burda; el que siembra cosecha… -dice.
Me mira fijo, me agarra el bolígrafo y cambia el timbre de voz,
-Ponga en esa libreta dotor: hay algo que me da vueltas y vueltas en la cabeza, nos carajearon varias veces y nos dijeron: ¡Váyanse a Venezuela, aquí no hacen nada! ¡Enfrenten a Maduro! Son crueles dotor. Pero tal vez tenían razón en eso. Hay que luchar aquí.
Nos vemos por ahí.

