Estaba indeciso de escribir sobre este acontecimiento. Pero los múltiples debates, opiniones, desde desconocidos hasta de intelectuales venezolanos a quienes respeto y admiro me condujo a pensar que quizá era bueno compartir mi opinión. Igualmente, por los conocidos y amigos chilenos donde también ha sido centro de discusión. Comparto una mirada, absolutamente subjetiva, sin la voluntad de verdad ni de representación de mi gentilicio. Simplemente como un venezolano que vive en Chile.
Cuando joven, en Venezuela, veía el Festival de Viña, solían pasar a los cantantes reconocidos internacionalmente. En mi imaginario pensaba que, a mayores aplausos, más gaviotas. Estando en Chile fue que comprendí que la lógica del festival era la de un circo romano. Si no agradan lo pitan hasta descontrolarlo y abandone la tarima. Si agrada, entonces, la lógica del aplauso es quien manda. He visto a humoristas chilenos que han llorado, han peleado con el público, justificado su carrera y se han ido del escenario de forma dantesca. Me impresionó, aún más, que es casi como una tradición en el festival que algún humorista cada año lo abucheen, hasta el año pasado a puros chilenos desde que estoy aquí. Y, luego suele darse el debate en los medios sobre la calidad y el manejo del público por parte del artista. Eso forma parte del circo.
Esa tradición quizás comprensible para las décadas de mediado del siglo XX. Es verdaderamente cuestionable en una época donde el respeto por el otro, por la diferencia, es un valor sustancial de las formas de cómo vivir juntos. La lógica del circo romano dirigida por la industria del entretenimiento es de una violencia inaceptable. Donde se confunde de forma planificada la evaluación de la calidad de un trabajo artístico con la vejación de la condición humana. Y realizo este juicio con independencia del país en el que se realice. Mi crítica no está dirigida al país sino a la industria del entretenimiento que, obviamente, configura formas de actuar de los ciudadanos en la vida cotidiana. No desarrollaré todas mis opiniones al respecto, tan solo señalo que esa lógica tiene efectos éticos, estéticos y políticos en las sociedades.
Ahora bien, dada la existencia del circo romano, es una decisión personal y remunerada, quien se dispone a someterse a él. George Harris decidió ser parte de ese tipo de espectáculo, para bien o para mal. Más aún la industria preparó la arena desde el mismo momento que lo invitaron. Señalaron su posición política y sus opiniones con respecto al gobierno de Allende y al de Boric. Las redes sociales, esa metamorfosis, massmediatica de la industria moderna, como jauría lo empezó a devorar. Él lo sabía, tenía conciencia de ello. En un primer momento decidió no asistir, pero luego acordó participar, previa disculpa por sus observaciones sobre los presidentes. La verdad no sé si las disculpas fueron porque efectivamente reconoció que emitió una opinión desacertada y responsablemente cambió de mirada o porque privilegió las condiciones económicas y decidió asumir el reto de enfrentarse en la arena y conquistar al coliseo de Viña. (Dicho sea de paso, es un derecho humano la libertad de expresión, la libertad de pensamiento político y eso es independiente de la tierra en la que se habite o te inviten; aunque las masas populares se muerdan los codos y griten todo lo contrario).
Lo cierto es que horas antes, en una entrevista, le anunciaron que era posible que fuese sacrificado porque no le iban a perdonar su opinión política y él sonriente, dijo que no creía eso. Y fue a la arena. No haré una evaluación de su contenido porque al hacerlo contribuyo con la lógica del circo. Tampoco diré cómo debía actuar frente a la vejación, porque solo aquel que se somete a ese tipo de espectáculo sabe de sus condiciones, posibilidades y límites. Pero es evidente que, al no sostener su decisión de irse en el primer momento, la lógica sustancial desde la perspectiva del circo se incrementó. Y el espectáculo dantesco creció y se configuró exquisitamente. Las redes explotaron y los comentaristas del espectáculo se la gozaron.
Ahora bien, en términos individuales, George Harris cohesionó a nuestra sociedad venezolana por un asunto de solidaridad, muy humana, con quien ha sido vejado. Ese efecto también es parte de la lógica del circo. Y, en términos individuales, paradójicamente, tuvo beneficios, porque su público potencial se incrementó en cualquier país del mundo. Desde esta lectura hay ganancias, en términos estrictamente económicos, tanto para los dueños del circo como para quien se someten a él. Y, precisamente, por esos efectos económicos las personas, para bien o para mal, asumen participar en ese tipo de espectáculos. No es George Harris es cualquiera. Precisamente, por eso degradante.
El espectáculo circense en el contexto de la diáspora venezolana que habitamos en Chile tiene efectos sociales. Contextualizo: La sociedad chilena ha sido impactada por una minoría de venezolanos que han generado efectos mayúsculos en las relaciones sociales e institucionales. Si en Chile hay 800.000 venezolanos, por ejemplo y de ellos, un 3%, es decir, 24.000 realizan prácticas ilegales desde el robo, el tráfico de droga, la prostitución hasta asesinatos, ya es un desbarajuste social. Pero. además, si de esas personas el 1%, es decir, 8000 forman parte del crimen organizado, el impacto es gigantesco para cualquier país. Aunque el 97% de los migrantes venezolanos seamos personas productivas, honradas y honorables. De allí que cada día más se incrementa el rechazo a la población que descoyuntó su país. Si aunamos a lo anterior, el porcentaje minoritario de chilenos xenofóbicos existente en el país y la polarización política anti inmigrantes. La mirada hacia a nosotros los venezolanos como mínimo se hace cada vez más desajustada.
El espectáculo circense en este contexto tuvo un efecto detonador de las más bajas pasiones de lado y lado. Fue como un trozo de leña más al fuego. Es decir, en términos de la vida cotidiana, el espectáculo le dio argumentos para quienes políticamente están contra la migración, y en especial, la venezolana. Fue un componente más para fracturar la débil cohesión que tenemos quienes habitamos en este país porque no tenemos otras opciones de vida. Y la guerra en las redes que se ha dado solo alimenta la irracionalidad de las fracturas sociales.
¡Qué mal todo!

