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Alejandra Jiménez: Una décima de efa

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La relatividad en cualquier seudoevaluación de las circunstancias o el deber ser, en una cuestión resulta un sesgo impresionante, si se quiere pensar en los mínimos respecto a algo. En esta oportunidad medito en la posibilidad de aplicar la relevancia de adoptar medidas mínimas como estándares personales en la realización de ciertas actividades, sin las cuales se puede decidir no participar o posponer la participación. Por ejemplo, sin una preparación mínima es preferible no salir de viaje, carente de una disposición real es mejor no ofrecer sacrificios o actos de devoción. En ausencia de un mínimo de estima es mejor no obsequiar tiempo o atención, sin valoración de las consecuencias resulta más realista no arrepentirse de los actos sea porque se concibieron en justicia o sin ella.

Sin ánimos de disertar, el corazón se inclina a la tendencia natural de buscar inquirir sabiduría, la cual sin duda es concedida por el cielo y se ve ampliamente enriquecida por los tiempos de balanza que tomamos en la penumbra íntima de la soledad. Embebida en tales criterios, meditabunda de medidas mínimas y carentes de un instrumento eficiente y multifuncional para hacerlo, se cavila entre pensamientos saltarines. La inspiración surgió como chispa tras la lectura de una caduca instrucción en su sentido literal, la cual proponía una décima de efa como medida mínima para la expiación de pecados para personas carentes de recursos. Con gran seguridad afirmó su caducidad, ya que el Cordero Santo, que murió una vez y para siempre sería el sacrificio que representa el pago total por la maldad en el mundo.

La décima parte representa aproximadamente dos puñados de cereales. Esta medida figura la cantidad total que ocupa e inhabilita ambas manos, al momento de presentarse delante del Padre para ser absuelto de culpas, cargas de dolores o pesos. Entiendo esto como esa famosa regla de etiqueta de no presentarse con las manos vacías, como si por medida pequeña se debe ofrecer aquello que ambas manos puedan soportar en volumen y peso. Aunque parece algo evidente no lo es, ya que los corazones buscan excusas para no soltar ideas que implican un esfuerzo de renovación, o se rehúsan a afrontar siembras que requerirán vigilar el campo fértil o simplemente no alcanzan a levantar la mirada mientras presentan su oblación. Concebir esto y dar a luz más que palabras que se las lleve el viento ha cautivado este frágil corazón.

Inmediatamente surgen las preguntas de cuánto miden nuestras ofrendas, entendiéndolas más allá de concepciones monetarias; cuánto tiempo se ha ofrecido, el mínimo o una medida merecida. Es acaso suficiente la determinación presentada como fe genuina o al momento de ser agradecido se ha llenado una mano y la otra se ha usado para presentar quejas o dudas pipiolas.

Esta oportunidad se ha vestido sutil y elegante deseosa de un clamor íntimo: -¡Sean nuestras manos llenas de gratitud y semillas de talentos, bendición y honra en cada oportunidad sostenida en el silencio del alma frente al Padre; que las cantidades presentadas superen una décima de efa, y minen de evidencias el camino, para que aquellos que vienen tras las pisadas reconozcan el sendero hasta el trono, frente al cual, la rendición precede la bendición!-

@alelinssey20

 

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