¿Cuál es el sentido de la política? Suele definírsela como el arte del poder en beneficio de la convivencia: unos pocos gobiernan para que una mayoría viva razonablemente bien, sea razonablemente feliz y sus necesidades se hallen razonablemente satisfechas. Cuando pensamos en una convivencia aceptable para cualquier comunidad pensamos en insoslayables condiciones: justicia, respeto a la dignidad humana, solidaridad, tolerancia… Realidades que no podrían darse sino en sociedades donde sean posibles la temporalidad del poder, la presencia de leyes aceptadas y la potestad de instituciones respetadas; sociedades que entiendan que no hay sentido alguno en la uniformidad y acepten que solo el pluralismo posibilita la superación de las naturales divergencias entre los hombres a través de reglas de juego acatadas por todos. Cuando esas reglas de juego dejan de respetarse llega el fin de la convivencia. La delirante inspiración de algún dictador, las ideologías excluyentes, los principios dogmáticos y toda clase de fanatismos significan la imposible concordia entre los miembros de una colectividad.
La democracia es mucho más que un sistema político, que una forma de gobierno. Es una visión de mundo, una forma de entender la vida. No ofrece la felicidad: proporciona la posibilidad de construirla. No se rige por dogmas ni fórmulas sino por principios. Se fundamenta en la tolerancia y en la aceptación de la diversidad. Acepta como insoslayables las diferencias entre los grupos humanos pero hace de la inclusión la única estrategia posible para sobrellevarlas. Apoya sus principios esenciales en ideales de libertad, de dignidad individual y de justicia. Vivir en democracia significa comprender la convivencia de los hombres en función a lo asociativo, lo integrador, lo solidario, lo justo. En lo individual, ella se alimenta de la autonomía de cada persona; en lo colectivo, en la protección a la vida de todos y en el respeto a la dignidad de todos.
Acaso la mayor virtud de los sistemas democráticos sea haber rutinizado el cuestionamiento del poder. El gobernante de hoy, reverenciado, admirado, temido, sabe que será postergado mañana. Percibir que todo mandato tiene un término, al cabo del cual el mandón actual podrá ser olvidado, hace de él un ser mucho más soportable y pasajero, soportable por pasajero.

