El instante posee un eco: el de la palabra que lo enuncia; y si la palabra es el eco del azar, la escritura es el azar detenido, el orden enfrentado al azar o el orden decantándose en medio del azar. La escritura detiene la palabra pronunciada. Es voz perpetuada en letra; inscripción, trazo, dibujo verbal de los instantes. En la página, los itinerarios verbales rehacen los itinerarios humanos. El orden de la escritura convierte la impredecibilidad de lo exterior en posible unidad. La argumentación escrita sobre la página en blanco propende a corregir la alucinante dispersión universal. En medio del silencio o de la confusión del cosmos, la escritura detiene la voz humana en trazos oscuros sobre la plana blancura de la página.
La escritura transforma o deforma, amplifica o reduce las dimensiones reales de las cosas. Ella copia, adorna, metamorfosea. Mimética, cosmética, la escritura es, generalmente, reductora. La realidad suele ser mucho más amplia que la palabra que la circunscribe dentro del limitado espacio de una página.
La escritura es sucesión, continuidad del tiempo revelado en palabras que construyen espacios que son relatos. La escritura refleja la temporalidad de los procesos reflexivos y creadores del ser humano. Toda escritura es sucesión de voces y de imágenes. Toda escritura posee una cadencia: lenta o rápida, pausada o brusca.
La escritura metaforiza el afán humano de permanencia, insinúa la inmortalidad posible del recuerdo. El ser humano presiente que sobrevivirá mientras puedan leerse sus palabras. Viejísima ilusión del hombre: que las palabras sean eternas y que ellas lo eternicen; que fijen sus ideas, sus sentimientos o sus creaciones; que, por ellas, sus huellas permanezcan aún después de su muerte, que ésta no signifique su desvanecimiento absoluto. En el epílogo a sus Odas, Horacio escribe la que tal vez sea la más exacta referencia a la eternidad de la escritura: “He erigido un monumento más perenne que el bronce y más alto que el regio pináculo de las pirámides. Jamás moriré del todo”.
Escribir es mitad inspiración y mitad oficio. Implica, ante todo, disciplina; escoger cada palabra: su ubicación, su tonalidad, su ritmo; que todas las palabras juntas vivan en la oportunidad de sus argumentos y de sus imágenes. Disciplina necesaria, también, para escoger el silencio y los énfasis; qué decir, qué callar: precisión de la escritura. Lo que escribimos es tachado y retachado una y mil veces. Escribir es, en realidad, reescribir. Es un lento y paciente palimpsesto que supone sustituciones y reconstrucciones interminables. Blanchot llama a los escritores “insomnes diurnos”. Insomnio, vigilia: términos semejantes para expresar el estado del escritor que precede a la lucidez del descubrimiento literario. Pero, de alguna manera también, la lucidez se prepara, se aprende. Cito a Blanchot: “el pensamiento parece ser inmediato … y, sin embargo, está relacionado con el estudio, hay que levantarse temprano para pensar … hay que desvelarse más: velar más allá de la vigilia”.
Entre la palabra escrita y el momento que la desencadenó, media la reflexión o la fantasía del escritor. La voz acompaña a la acción. Es o puede ser simultánea al instante que la genera. La escritura es siempre posterior a la circunstancia que la hizo nacer y se asocia con lo perdurable. La escritura trasciende y se proyecta, definitiva y en hilvanado signo, sobre la perennidad del tiempo de los hombres.
Mitificación de la escritura; de alguna manera, nuestra cultura consagra sus connotaciones de creatividad, libertad y autonomía. Mitificación, por ejemplo, de la imagen del diario que, constantemente, suponemos en las manos de todo escritor; o del cuaderno de apuntes sobre el que sospechamos que, inagotablemente, vuelca sus impresiones y garrapatea todas las voces que le llaman la atención; o de la grabadora sobre la que dicta ideas, intuiciones o reflexiones.
Los utensilios de escritura han sido variadísimos a lo largo de la historia. Los ha habido de todo tipo: buriles, punzones, pinceles, plumas. Han existido, también, las superficies más disímiles: tablas de piedra, láminas de arcilla, planchas de metal, caparazones de animales, papiro, pergamino, tela, papel… El ser humano ha ido colocando sus trazos verbales sobre todas las superficies imaginables. Cualquier cosa le ha servido para escribir. Sus instrumentos han ido evolucionando con él, haciéndose cada vez más funcionales y rápidos. Hoy día es el turno de la computadora. Ésta posibilita una escritura, por sobre todo pulcra y veloz. Gracias a ella, las palabras logran ser escritas casi a la velocidad con que son pensadas (Se cumple, así, ese viejo ideal que parecía imposible: la mano igualando en rapidez a la mente). Las computadoras han revolucionado el acto de escribir. Permiten corregir interminablemente sobre pantallas convertidas en réplicas de la tradicional hoja de papel. La pantalla del computador hace de las palabras signos virtuales que nos iluminan desde el brillo del monitor que nos refleja.

