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Jesús Alberto Castillo: La mercantilización de la política

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El mal es tentación permanente; es el diablo que quiere comprar nuestra alma fáustica; y el diablo, por diablo, sabe que cada alma tiene precio. Fernando Mires, intelectual chileno.

En la política hay dos clases de dirigentes: a) Un grupo que vive para ella y b) Otro que vive de ella. El primero de ello debe ser exaltado por la comunidad; mientras que el segundo debe ser aborrecido y erradicar sus prácticas del ejercicio público.

La corrupción no es nada nueva en la política. Es una práctica que se ha acentuado en una actividad ejercida por los hombres, seres imperfectos por naturaleza, y donde la conquista o la conservación del poder están en juego. La posibilidad de que un dirigente sea honesto o corrupto va a depender de los valores inculcados desde temprana edad y el medio de convivencia social donde se ha desenvuelto.

De esta debilidad del sujeto político se dio cuenta Maquiavelo y la expuso crudamente en su obra El príncipe. Para el autor la política es un mundo regido por el intercambio de bienes, la producción de riquezas y el manejo de recursos financieros, cuya dinámica tienta al individuo y puede conducirlo por los caminos de la corrupción. Por tanto, el problema no radica en separar la política de la corrupción, porque está inmersa en ella, sino hasta dónde llega el grado de corrupción en los actores políticos para reducirlo.

Es aquí donde el pensador Florentino marca diferencia con los sublimes ideales de los antiguos griegos como Platón y Aristóteles para quienes la política es puro amor, dignidad y virtud. Maquiavelo desnuda el mundo real de la política, marcado por la ambición y el poder. Si el grado de corrupción es elevado, entonces la política pierde su majestad. Es necesario la existencia de un liderazgo que se plantee combatir las prácticas malsanas de los dirigentes para poner la política al servicio de la gente.

La noción de la política en Maquiavelo está distante de la rigurosidad ética de los clásicos griegos. Pero, no por eso, legítima las acciones corruptas de los políticos. Solo se interesa hasta qué punto los niveles de corrupción facilitan la decadencia de una actividad que debe procurar, por encima de todo, la justicia y el bien común de los ciudadanos. De manera que la política perfecta no existe, mucho menos el profesional político perfecto.

A pesar de ello, los políticos honestos deben acordarse para crear espacios que permitan darle credibilidad y sentido al ejercicio de los asuntos públicos. Eso es posible que ocurra mediante un compromiso real de cambio y pasión por el interés colectivo. Los argumentos hoy cobran fuerza en una sociedad como la venezolana donde el modelo político imperante ha elevado los niveles de corrupción como nunca había ocurrido. Además, ha proyectado ese flagelo a actores que fueron adversarios, así como al resto de la sociedad. Es la mercantilización de la política que está presente ante nuestros ojos.

Por eso no es de extrañarnos al ver a algunos actores que piensan más en sus bolsillos que en las necesidades reales de la gente. Prefieren acordarse con quienes detentan el poder político y ser cómplices con su silencio de tantas vejaciones, represión desbordada, fraude electoral, encarcelamiento de personas inocentes, saqueo a la industria petrolera y otros males desde los poderes del Estado.

No obstante, como se ha insistido en las premisas iniciales, aún queda una valiosa reserva moral de hombres y mujeres en la praxis política que aspira elevar la majestad de la política y producir los cambios necesarios para un mejor estilo de vida de la gente. Es una tarea que comienza a visualizarse con mucha fuerza en estos tiempos de gran exigencia social por el respeto a la soberanía popular y rescate de la política como actividad al servicio ciudadano.

Secretario General del MAS Regional Sucre-Cumaná

 

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