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Julio César Hernández: ¿Congreso antifascista?

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En semanas pasadas, se llevó a cabo en la capital de la República, un evento ideológico denominado congreso antifascista, que contó con la participación de representantes del marxismo latinoamericano, lo cual constituyó un indicio fehaciente de que detrás de esa denominación, se escondían otras intenciones, ya que la presencia en dicho evento de tales representantes ideológicos, hacen presumir que sus deliberaciones se circunscribieron a diseñar líneas de acción tendentes a fortalecer la intervención estatal en diferentes aspectos de la vida nacional, ya que, para tanto el fascismo como el marxismo, el poder omnímodo del Estado, entiéndase sus poderes, encarnan la voluntad del pueblo de manera indiscutible, lo que sinceramente no tiene nada de antifascismo; por tal circunstancia, es ese Estado omnipotente el que nos dice cuál es la manera de poder autorealizarnos y ser felices, sin importar mucho el “libre albedrío de la persona”, pues éste se encargará de proveer a la mayor cantidad de nuestras necesidades, aunque las mismas no se satisfagan enteramente, ni puedan ser reclamadas con frecuencia a través de distintas manifestaciones de opinión, dado que no gozan de la simpatía estatal.

Entonces como dijo Voltaire, “hay quienes sólo utilizan las palabras, para disfrazar sus pensamientos”, ergo, trataremos de descifrar en que pudo consistir la agenda de ese “congreso antifascista” con propósitos hegemónicos. Por deducción y enterados del contenido del proyecto de Ley contra el Fascismo, un aspecto ineludible de deliberación, sería la condena ideológica al Neoliberalismo económico, previsto ahora en esa ley, no como una doctrina económica, sino como una conducta fascista o neofascista por parte de quienes lo puedan promover. En tal sentido, se opina que, para que ese sistema económico-político, se pueda instaurar en Venezuela, sería imprescindible la desaparición del Estado Social, proclamado constitucionalmente, que no sólo tiende a la prestación de servicios públicos de calidad, de lo cual estamos muy lejos, sino también a garantizar derechos sociales que se han reconocido por conquistas democráticas, derivadas de los ingresos de nuestro principal producto de exportación y los cuales en virtud del principio de progresividad e intangibilidad de los derechos humanos, son inderogables.

Llama la atención sí, la coincidencia que existe entre el neoliberalismo autoritario cuestionado por el actual sistema político venezolano, con las actuales políticas económicas del Gobierno, en donde las medidas en tal sentido, son impuestas, sin ningún tipo de consultas o acuerdos previos, por lo cual, también se infiere que, la idea solapada del poder es la de controlar la economía y en especial a los empresarios y sus ganancias, los cuales de otra parte, a lo largo del tiempo han estado sometidos a las regulaciones legales, dado los controles muchos o pocos que los distintos gobiernos han ejercido, sobre esta actividad, siempre secundaria a la petrolera. Otra coincidencia entre ambos sistemas, el socialista y neoliberal, es la deriva en que se deja a los beneficios laborales de los trabajadores, pues allí la justicia no es muy isonomica, aunque se pregone legislativamente que, “a igual trabajo, igual salario”, lo que seguramente no se revisó en dicho congreso.

Desafortunadamente para nuestro país, nuestros crónicos problemas económicos, seguirán siendo abordados bajo el método socialista ineficiente, que ha llevado por muchos años a un decrecimiento lamentable de nuestra economía, de su PIB, control de la inflación o la devaluación, pérdidas financieras derivadas de los malos manejos administrativos en PDVSA, cuya imagen se usa, para advertir de su posible “privatización”, aun cuando en la Constitución de la República, una medida de esa magnitud, deba ser sometida a un proceso de reforma y subsiguiente referéndum, pero lo importante es presentar a sus adversarios, como unos traidores a la patria, que pretenden colocar en todo momento en manos extranjeras, enemigas del Pueblo, que son ellos, los antifascistas, la primera industria del país, respecto de la cual, ellos siempre tendrán en preeminencia a la revolución, sin importar si da o no resultados, pues cualquier anormalidad, la van a justificar atribuyéndosela a sus adversarios o a la conversión de sus adversarios hacia la derecha o la ultraderecha, quienes no son sus adversarios, sino delincuentes.

Dicho congreso fue un espacio para un supuesto debate, de lo cual nunca se tuvo conocimiento, pues ahí estuvieron representantes de un pensamiento único, que según informaciones perseguía reflexionar en voz alta, para tomar acciones concretas contra la injerencia de occidente, que de paso es el hemisferio en donde astronómica y geográficamente se ubica Venezuela y parte del mundo, donde en mayor cantidad se practica la Democracia, ergo, leyendo dialécticamente esa opinión se podría decir que, la idea es sustraerse de la cultura democrática occidental, para traer al país, modelos culturales propios de China, Turquía, Rusia, Irán o Corea del Norte, que no admiten en términos de respeto y reconocimiento a los adversarios o a sus ideas contrarias, sobre todo en las redes sociales, a las que satanizan, buscando acallar el derecho humano a la libre expresión, pues perdieron ahí también el respaldo de los usuarios, que no los ven como exponentes de la paz que proclaman, dado el uso de métodos impropios a una Democracia.

Como solución verdaderamente antifascista, los demócratas, debemos apostar por superar definitivamente cualquier dogma ideológico como el socialismo o el neoliberalismo, para avanzar en la conquista de un sistema económico y político, que se base en el bienestar común de las sociedades, la cooperación, la justicia social, la equidad y la solidaridad sin reservas. Tenemos que entender, que cualquier iniciativa en sentido positivo, sobre todo de índole económica, debe ser bienvenida por el Gobierno o por el Estado, teniendo como objetivo principal la eficiencia económica, sin reparar si quiera, en la procedencia política o no política de quien o quienes quieran establecer alianzas con el sector público; obrar en sentido contrario, es visibilizar una actitud fascista, aunque se diga lo contrario, pues los patrones de conducta en este último sentido, se perciben claramente, cuando el intervencionismo estatal es excesivo y a la disidencia se le trata de la peor manera.

 

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