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Julio César Hernández: La razonable disidencia

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De todos es bien sabido la naturaleza del régimen de gobierno dominante, luego de las elecciones presidenciales del pasado 28 de julio, éste mostró su poderío contra los ciudadanos, el cual, sin duda, es superior a cualesquiera otros medios o instrumentos de que se puedan disponer cívicamente, para confrontarlo en un terreno distinto a la política, ergo, lo conveniente, adecuado y oportuno es seguir confrontándolo con los pies en la tierra, con razonabilidad, a sabiendas de los riesgos que se corren, por no ser el diálogo, ni menos, los consensos democráticos, los métodos privilegiados o aceptados  para intentar avanzar en la solución de la actual crisis política. Cuando nos referimos a seguir enfrentándolo en el terreno político y pacífico, se quiere significar con ello que, la disidencia necesariamente debe ser razonable, alejada de fantasías o utopías, que más adelante, cobrarían altos precios políticos, como cárceles, exilios o muertes, o sea, más sufrimiento para las familias y la sociedad venezolana. Por ello, la actual situación política, obliga necesariamente a los demócratas a tener una profunda reflexión, sobre las actividades ciudadanas a realizar, rechazando conductas o expresiones cargadas de odio o violencia, pues esa clase de disidencia, está siendo fuertemente reprimida, además de ser en sí misma, deleznable.

Una razonable disidencia, pasa por seguir defendiendo convincentemente nuestra forma de Estado republicano, por promover que la isonomía es justicia igual para todos, por denunciar los vicios y desórdenes del poder, con suficientes argumentos y fundamentos, reclamarle mayores fuentes de empleo, exigir rendición de cuentas a los distintos niveles de gobiernos; pedir que se favorezca la competencia entre los ciudadanos, para la adjudicación de los negocios públicos entre otras formas razonables de disidencia. No se puede claudicar o desistir en estos propósitos, estar conscientes que, mientras menos se cumpla con estos deberes gubernativos, el deber o deberes ciudadanos, serán los de recordar su cumplimiento apegados a la ley. La disidencia como postura moral, racional y emocional, está íntimamente vinculada con la creencia en la libertad, la cual debe ser procurada por el disidente con ímpetu y energía, pero a la vez con prudencia e inteligencia. La relevancia que la libertad tiene a lo interno de los demócratas es tal, que los hará correr riesgos o asumir sacrificios personales, económicos o de cualquier otra índole, con tal de defenderla, no sólo para sí, sino también para la comunidad a la que pertenece, particularmente cuando ésta ha sido disminuida en derechos o en posibilidades de entendimiento por un régimen gubernamental no democrático.

Para cumplir con los cometidos de la disidencia razonable, necesitamos de ciudadanos, que no sean fantásticos en ideas, ni fanáticos obtusos, sino como dice el catedrático español Ramón Vargas Machuca, que posean “una mezcla de espíritu democrático y sentido estratégico, con suficiente y diversa formación política, para no encandilarse con ilusiones cegadoras, sino todo lo contrario, que demuestren agudeza frente a las argucias gubernativas, sentido de la planificación y adaptabilidad a cada  situación, bregar sin caer, frente a las tensiones, sabiendo operar en un campo de recursos escasos y de opciones limitadas, lo que requiere se mueva con astucia. Una razonable disidencia al actual sistema político, tiene que provenir de una actitud interior sincera, que determine claramente cuál o cuáles, son las conductas del Gobierno que no satisfacen nuestras conciencias y formación política democrática, ello con la finalidad de tener posturas claras e inmodificables, para adversar con eficacia el fuerte aparato propagandístico gubernamental, experto en fake news, pos verdad, incongruencias y lavados de cerebro que algunas veces alcanzan a personas que, por no ocuparse de informarse lo suficiente, dudan de lo que nuestros dirigentes o líderes realizan, para contento del gobierno.

Nuestra razonable disidencia, pasa por evitar que, la misma no se convierta en intolerancia, de tal manera que, cualquier opinión o argumento, vertido por adherentes del oficialismo o por los mismos opositores, contraria o distinta en matices, produzca ira o descalificaciones, como ocurrió en días recientes, cuando al seguirse solicitando la exhibición o publicación de los resultados electorales, segregados en las distintas actas de escrutinio, lo cual por lo demás en nuestra opinión es correcto, se les llamó colaboracionistas. En tal sentido, aunque no nos guste, la oficialización de jure del Dr. Edmundo González, como Presidente electo, la tiene que hacer el CNE como Institución constitucional del Estado venezolano. Lo anterior lleva también a decir que, un disidente razonable, debe también aceptar y respetar al contrincante en su derecho a la libertad y a la verdad, la cual, sólo puede ser desmentida por la realidad de los hechos o por la aplicación de los distintos instrumentos que, al efecto, sean admitidos, ya que la verdad, no es patrimonio de nadie, sino que ella se puede alcanzar mediante diálogos racionales, que en el caso venezolano, ha resultado infructuoso, pues este gobierno no busca la verdad, sino su verdad.

La razonable disidencia, significa obrar con racionalidad, pues como dijo Emmanuel Kant, para que cualquier ser racional, se adhiera o sume a ese obrar, los promotores de una determinada posición política, de distinta procedencia ideológica a la gubernativa, deben demostrar la racionalidad de esas ideas, y su factibilidad, esto es, el ¿cómo lograrlo?, pues toda la disidencia debe ser responsable, sensata y no tremendista, evitar en lo posible que, sólo trate de buscar, los reflectores de la publicidad o promoción personal, sino que vaya acompañada de la noción de –factibilidad-, que lleve al ánimo de las personas, la convicción de que una determinada propuesta podrá realizarse.   Antecedente de una disidencia razonable aun desde prisión, fue la de Adam Michnik, en tiempos del comunismo soviético, a quien se recuerda por sus cartas desde la prisión, denunciando las prácticas empleadas por el Estado polaco para lidiar con lo que consideraba una emergencia política, al referirse al movimiento disidente de Solidaridad, frente al cual, su impotencia política, para generar obediencias por medio de consensos forzados se hacía evidente a través de prácticas abiertamente indignas como la imposición de la llamada “Declaración de Lealtad” al Estado que consistía en que todo ciudadano perteneciente a esos movimientos, era obligado a firmarla, so pena de cárcel, exilio o persecución.

La razonable disidencia tiene como oponente a una rancia ideología que pretende hacerse pasar por verdad histórica, valiéndose de la retórica y la demagogia, con el objeto de persuadir a los ciudadanos de que ellos son inderrotables, o de que nunca podrán asumir el poder, posiciones frente a las cuales hay que tener respuestas racionales y convincentes, acudiendo para ello al Derecho Constitucional, a la Ciencia Política y a las alianzas o apoyos internacionales, pues mientras el régimen dominante se aparte de ellas, lo racional, será promover la vigencia de las normas, la consecuencias negativas de un obrar ilegitimo y la vulneración de derechos humanos, para privilegiar otras intereses. En definitiva, dentro de las actuales circunstancias post-electorales, es necesario que los ciudadanos, sabiéndose soberanos del poder político y de lo que ello significa, y en ejercicio moral de su inalienable derecho a la libertad, acuerden sin mayores controversias entre ellos, que ha llegado el momento de exigir a sus gobernantes que devuelvan las facultades políticas que no son merecedores de ejercer en los próximos años, a pesar de que, la historia siga demostrando, que los gobiernos no democráticos, cuando se les requiere la devolución del poder soberano,  buscarán aferrarse al poder, con subterfugios o métodos de diversa índole.

 

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