Esperanza: imposible renunciar a ella. Nos pertenece en la medida en que sepamos alimentarla. Es impulso, orientación y apoyo; también respuesta, deseo de actuar y de hacer… Como ímpetu o aliciente, la esperanza nos anima a proseguir esfuerzos y a concretar propósitos. Sin esperanza todo proyecto se debilita. Ella nos permite creer y nos impulsa a querer. Nos ayuda a superar retos y nos aleja del pesimismo. Tiene que ver con legitimación de propósitos y el propósito de actuar. La esperanza solo es posible en la acción. Carece de sentido en la vaga ilusión o en la pasiva espera.
Imposible renunciar a la esperanza, imposible no relacionarla con el más esencial sentido para nuestros actos: la aprobación, la legitimación. Escogemos aferrarnos a la esperanza como un sustento para propósitos y esfuerzos. Ella nos sostiene. Sin ella todo es escamoteo al interior de los infinitos espacios de la realidad. Junto a ella avanzamos en nuestro propósito de obtener respuestas e incentivos para nuestras ilusiones.
Ser esperanzado en modo alguno significa ignorar los obstáculos de la realidad ni engañarnos sobre nuestras posibilidades. Esperar esperanzadamente significa que, acompañados de nuestra voluntad, de nuestros ideales e ilusiones, buscamos vencer o superar nuestra eventual inconformidad ante aquello que somos incapaces de aceptar.
Nuestra esperanza puede, suele, alimentarse, de un justo inconformismo que nos obliga a a enfrentar desafíos. Esperamos y confiamos, esperamos y actuamos. Tenemos esperanza en los actos que nos alientan. Esperamos sabiendo que nuestra esperanza es parte de nuestra potestad de responder a los retos y a la necesidad de divisar y de creer en posibilidades colocadas más lejos de este aquí y de este ahora. Ante ese tiempo venidero, del cual lo ignoramos todo, nos movemos y actuamos apoyados siempre por nuestra esperanza. Perderla significaría caer en la resignación, en el desaliento, en la bobalicona aceptación de lo inaceptable.
La esperanza, dijo alguna vez el filósofo español Pedro Laín Entralgo, relaciona dos vocablos: espera y confianza. Esperamos y confiamos. Actuamos afirmados por la fe en nuestros actos y el sentido de nuestras intenciones. Y precisamos sustentar acciones, ilusiones y sueños en una esperanza que diga que nuestros logros son posibles, que siempre será real un desenlace afirmativo para nuestras decisiones y elecciones.
Así como un individuo precisa de la esperanza, igualmente una nación la necesita para enfrentar la injusticia y los abusos y errores de sus gobernantes, para conjurar la decepción ante expectativas defraudadas en el tiempo.
La vida de un ser humano que trata de escapar a sus errores o superarlos, se parece a la historia de una nación insatisfecha o harta de la tiranía que la sojuzga. A los dos, tanto al individuo como a la sociedad, la esperanza los sostiene en el propósito de un sentido afirmativo en la continuidad de su tiempo.
Todos, personas y naciones, cometemos equivocaciones, errores susceptibles de ser corregidos. Y la esperanza, en la posibilidad de conjurar esos errores y alcanzar eso que en algún momento nos ha negado el camino, será el alentador impulso hacia un porvenir que contradiga lo dejado atrás. Para todos, tanto para el individuo que nunca podría dejar de imaginar un desenlace esperanzador para sus propósitos, como para la nación que deposita su confianza en indestructibles anhelos de justicia y libertad, la esperanza permitirá creer en el afortunado final de un destino.

