Mientras la atención pública y las pantallas se desvían hacia el desenlace electoral en los Estados Unidos, en nuestros barrios y urbanizaciones la realidad no da tregua. La crisis venezolana no se resolverá mirando al norte ni esperando salvadores externos: los apagones, la falta de agua y el colapso del transporte no esperan por elecciones ajenas.
Esta precariedad constante no es un accidente, sino la consecuencia deliberada de un modelo que centralizó los recursos, asfixió las instituciones locales y convirtió los servicios básicos en chantaje político. Quienes destruyeron el país no son precisamente los que lo reconstruirán. Pretender que los artífices de la ruina, atrincherados en oficinas blindadas y desconectados del barro de las calles, aporten soluciones reales es un engaño. La reconstrucción jamás vendrá por decreto de una cúpula decadente; germinará desde abajo hacia arriba, devolviéndole la soberanía a la parroquia, al caserío y a la asamblea vecinal.
Esa es la razón de ser y el combate frontal de Poder Ciudadano Es La Gente. No somos una franquicia de promesas vacías ni una disputa por privilegios cupulares; somos la articulación real de los vecinos que se rebelan contra la resignación para exigir dignidad y cuentas claras.
La soberanía no se delega en tableros extranjeros ni se suplica como una dádiva del poder: se ejerce en cada calle. Porque la única fuerza capaz de levantar a Venezuela no está afuera ni en el Estado centralista, sino en sus comunidades organizadas.
El Poder Ciudadano Es La Gente.

