Durante cientos de miles de años, aves, insectos y herbívoros han aprendido a aprovechar las oportunidades que dejan las llamas tras su paso. Un milano negro sobrevuela el Parque Nacional de Doñana, en una foto de abril de 2026.
Rapaces que extienden incendios y escarabajos que los huelen; Los animales que han hecho del fuego una oportunidad.
En la década de 1980, Dick Eussen trabajaba como jefe de un equipo de bomberos en el Parque Nacional de Kakadu, en el norte de Australia. Un día trataban de impedir que un incendio de pastizal cruzara una carretera cuando apareció un nuevo foco al otro lado. Eussen se acercó para apagarlo y entonces vio pasar frente a él a un milano silbador. Entre las garras llevaba una rama humeante. El ave dejó caer el palo sobre la hierba seca y empezó a salir humo.
Aquella tarde, Eussen tuvo que apagar siete pequeños focos nuevos. Alrededor del incendio revoloteaban unos 25 milanos, aunque, según contó después, solo dos parecían especialmente hábiles transportando ramas encendidas. Uno de ellos lo intentaba una y otra vez. Descendía sobre el fuego, agarraba un palo, conseguía levantarlo apenas unos metros y volvía a soltarlo.
Estas aves son las llamadas firehawks australianas. El término no corresponde a una especie concreta, se utiliza para referirse a tres rapaces de las sabanas del norte de Australia: el milano negro (Milvus migrans), el milano silbador (Haliastur sphenurus) y el halcón (Falco berigora). Todas ellas tienen una relación muy estrecha con el fuego. Cuando arde la vegetación, las aves se concentran alrededor de las llamas y cazan saltamontes, pequeños reptiles, roedores y otros animales que huyen de ellas. A veces vuelan tan cerca del frente que los individuos jóvenes e inexpertos llegan a chamuscarse las plumas.
Además, desde hace generaciones, distintos pueblos aborígenes del norte de Australia cuentan lo mismo que Dick Eussen. Algunas de estas rapaces descienden sobre el incendio, recogen una rama ardiente o humeante con las garras o el pico, vuelan hasta una zona sin quemar y la dejan caer.
En 2017, un equipo de investigadores decidió tomarse aquellas observaciones en serio. Reunió testimonios procedentes de 12 grupos aborígenes, además de relatos de bomberos, gestores del territorio y otras personas acostumbradas a trabajar junto a incendios. Algunas describían a las aves atravesando con las brasas barreras que habían detenido el fuego, como carreteras, cursos de agua o cortafuegos. En algunos relatos transportaban el material cientos de metros y repetían la maniobra varias veces.
Este comportamiento forma incluso parte de ceremonias y conocimientos tradicionales de algunas comunidades del norte australiano. No obstante, el estudio no consiguió fotografías ni vídeos válidos para documentarlo y aún se desconoce con qué frecuencia ocurre.
Si las observaciones son correctas, estaríamos ante algo extraordinario. Los humanos solemos incluir el manejo del fuego en la lista de características que marcaron nuestra historia evolutiva. Pero quizá tampoco seamos los únicos animales capaces de manipular el fuego para nuestro beneficio.
Las firehawks son el ejemplo más espectacular porque llegan a propagar el fuego, pero las rapaces no son las únicas que acuden a las llamas y se benefician de ellas. Mientras el incendio todavía está activo, empiezan a llegar otros animales. Algunos desde tan lejos que, durante décadas, los investigadores se han preguntado cómo demonios encuentran los incendios.
Uno de ellos es Melanophila acuminata, un pequeño escarabajo de color oscuro que pertenece a un grupo de insectos conocidos como pirófilos. El nombre significa, literalmente, «amantes del fuego», aunque quizá sería más correcto decir dependientes de él. Para ellos, un incendio no representa un peligro, sino que señala el lugar donde reproducirse.
Los adultos aparecen alrededor de incendios forestales y, una vez que las llamas han pasado, las hembras depositan los huevos bajo la corteza de los árboles quemados. Cuando nacen, las larvas se encuentran en un árbol cuyas defensas han dejado de funcionar correctamente y pueden desarrollarse alimentándose en esa madera recién muerta o debilitada.
Estos escarabajos localizan los incendios gracias, entre otras señales, a compuestos del humo que detectan con sus antenas. Una vez cerca, cuentan con otro sistema sensorial: a ambos lados del tórax poseen pequeñas fosas con decenas de receptores sensibles a la radiación infrarroja. El calor provoca cambios diminutos en estos receptores que activan su sistema nervioso y les permiten orientarse entre troncos calientes y llamas sin acercarse demasiado.
La llegada de esos insectos prepara la siguiente fase. Semanas o meses después del fuego, mientras las larvas de escarabajo engordan escondidas bajo la corteza, empiezan a aparecer sus depredadores.
En los bosques de Norteamérica, uno de los más característicos es el pico dorsinegro (Picoides arcticus). Es un pájaro carpintero de plumaje casi completamente negro que vive asociado a los bosques boreales y de montaña y tiene una especial predilección por aquellos que acaban de arder. Allí trepa por los troncos carbonizados, levanta fragmentos de corteza y perfora la madera hasta alcanzar las grandes larvas de escarabajos que se esconden en su interior.
Y todavía queda otro turno más.
Con el paso de las semanas, empiezan a brotar nuevas hierbas entre la tierra negra. El fuego ha eliminado buena parte de la vegetación seca y envejecida, ha abierto el terreno y puede favorecer la aparición de brotes jóvenes que son especialmente nutritivos. Es entonces cuando entran en escena los herbívoros.
En el Serengeti, investigadores compararon durante meses qué animales utilizaban las zonas recién quemadas. Los primeros en aparecer eran los herbívoros pequeños. Especies como la gacela de Grant acudían rápidamente a los parches quemados para mordisquear los primeros brotes. Para un animal pequeño, que necesita alimentos relativamente ricos en nutrientes y puede aprovechar vegetación muy corta, aquella primera alfombra verde es oro puro.
Conforme pasan las semanas y la hierba crece, cambian los comensales. Cada mordisco empieza a proporcionar más alimento. A su vez, la vegetación va envejeciendo y perdiendo parte de aquella calidad extraordinaria de los primeros brotes, algo que los animales grandes pueden tolerar mejor porque sus necesidades energéticas por kilogramo de cuerpo son menores. Entonces aparecen herbívoros como los búfalos.
Este es un proceso tan importante en algunos ecosistemas que los ecólogos utilizan incluso un término específico para describir la interacción entre el fuego y los grandes herbívoros: pyric herbivory, herbivoría pírica.
El incendio actúa así como una perturbación que reorganiza temporalmente el ecosistema, como el pistoletazo de salida de una carrera de relevos. Primero llegan las aves que aprovechan la huida de los animales frente a las llamas. Después, algunos insectos acuden al terreno recién quemado para reproducirse y sus larvas colonizan la madera muerta. Tras ellos aparecen los pájaros que se alimentan de esas larvas. Y, cuando entre las cenizas comienza a brotar de nuevo la vegetación, entran en escena los herbívoros.
La evolución lleva cientos de millones de años conviviendo con los incendios. Tiempo suficiente para que algunas especies hayan aprendido tanto a escapar de ellos como a detectar las oportunidades que dejan a su paso.
Pero convivir con el fuego no significa estar preparado para cualquier fuego. Importan su frecuencia, su intensidad, la época del año, la extensión que alcanza y la existencia de zonas sin quemar donde refugiarse. En los últimos años estamos viendo incendios excepcionalmente grandes y frecuentes que pueden sobrepasar las condiciones bajo las que evolucionaron las especies que hoy dependen de ellos.
Laura Camón – El País de España

