Es sabido que pensamos con imágenes y metáforas. Solo a veces somos capaces de elaborar o crear un concepto propiamente dicho, y ya este viene siendo una catacresis, o sea, una metáfora petrificada. Vico hablaba del corsi e ricorsi, de esa marea que va y viene en la historia. Spencer pretendía meter la evolución en una partitura rígida de ciclos y ritmos; y Nietzsche, más trágico, nos condenó a masticar el eterno retorno. Pero tal vez la metáfora más usada, tal vez por lo simple, es la del péndulo: un cuerpo suspendido en un punto fijo que oscila de un lado al otro por su peso.
Con las últimas noticias, uno contempla un movimiento que sugiere que el péndulo ha tocado, al fin, el extremo de su oscilación más tenebrosa. Durante unos años, parecía que la ultraderecha avanzaba inexorablemente. Trump con su narcisismo maligno realizaba el sueño distópico de unos Estados Unidos racista, machista, manejado por los supermillonarios. Putin desde la soberbia helada del Kremlin, reconstruía un nuevo imperio zarista. Milei le pasaba la motosierra a todos los derechos, igual que Noboa en Ecuador, la Fujimori en Perú, De la Espriella en Colombia, y los Rodríguez en Venezuela, junto a la oscura saga de los Bolsonaro, Orbán o Erdoğan. Prometían el orden del más fuerte, el desmantelamiento del orden democrático liberal y el derecho mundial, la OMS, la ONU, etc. Expulsando migrantes. Parecía, incluso, que el planeta se terminaría de repartir entre Trump, Putin y Xi Jinping, como quien se reparte las sobras de una hallaca en enero, aunque al chino le haya parecido demasiado vulgar la prisa de los otros dos y decidiera resistir el contubernio, aguardando con sabiduría un mejor momento, cuando a sus presuntos socios se les bajaran los humos.
Pero el péndulo se detuvo en el extremo. El avance de los demócratas en EEUU, y de esos demócratas progresistas específicamente, puede que sea apenas otro síntoma. Algo en el zeitgeist, en ese misterioso aire de la época, empieza a sonar distinto. Los hechos se armonizan. La guerra en Ucrania se volvió un barro amargo e indigerible; en Europa las calles de París y otras ciudades se llenan de gente que no soportan más. Irán resiste con terquedad el embate norteamericano e israelí; en Brasil volvió Lula; y hasta en Paraguay, la renuncia del único presidente latinoamericano que se fotografió con Delcy, indica que la paciencia colectiva tiene un límite.
Incluso en este rincón del Caribe, donde siempre nos toca la parte más surrealista de la comedia, el asunto reverberó. La gente, que no es boba, aunque los discursos la traten como tal, está reaccionando, saliendo de la ola de miedo de las jornadas de terror de Estado de los dos años pasados. Las movilizaciones por salarios, el derecho laboral que parecía una antigüedad del siglo XX, la terquedad obrera en Sidor, la lucha contra la corrupción y por reenganche y pago de salarios caídos en PDVSA, con nuestro amigo Yaguaracuyo a la cabeza, las explosiones de rabia por los apagones constantes y ese paro anunciado en la educación y la salud para el 16 de noviembre, constatan que la gente quiere vivir con dignidad y exige compromisos reales de reinstitucionalización. Todo esto ocurre, paradójicamente, justo cuando los tecnoseñores de Silicon Valley nos anunciaban sonrientes que ya no hacíamos falta, que la Singularidad de Kurzweil y los algoritmos nos iban a sustituir por una Inteligencia Artificial más dócil y sin derecho a prestaciones sociales.
Pero cuidado con la borrachera de optimismo, que el guayabo suele ser terrible. Hay que saber distinguir entre la reacción y la respuesta. Lo que estamos viendo hoy en EEUU, París, Guayana y en las calles de Venezuela en general, es una gigantesca desgastada reacción ante el abuso y los golpes. El músculo social se contrae porque el dolor fue demasiado. El péndulo frena por la gravedad de un potencial estallido social y la dignidad humana. Pero una reacción todavía no es una propuesta de conjunto. La respuesta requiere programa, requiere articulación, requiere una visión que trascienda la mera patada al tablero del autoritarismo.
Por ahora, solo sabemos que la masa de bronce del péndulo ha llegado al límite de su oscilar para un lado y parece devolverse hacia un panorama que dibuja un horizonte más respirable para la condición humana. Falta ver si seremos capaces de empujar el peso que pende del punto fijo, preparar el espacio de la nueva oscilación.

