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Eliane Brum: La principal lección de la remontada electoral en Brasil

 

La espectacular remontada que permitió la reelección de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil deja al menos una gran lección para el mundo: la de llamar a las cosas por su nombre. Es crucial comprender que fenómenos como el bolsonarismo no tienen nada que ver ni con la derecha ni con el conservadurismo. Si los países que presencian la ascensión de movimientos similares lo comprenden, las posibilidades de salvar la democracia aumentan. La ola que vemos avanzar por el planeta, aunque con algunas particularidades nuevas, es, en esencia, un viejo conocido: es fascismo. Y como fascismo debe tratarse.

Desde la elección de Jair Bolsonaro, el padre, en 2018, es bien sabido que hay varios millones de personas que siguen el bolsonarismo como si fuera una secta. Aunque no sean creyentes religiosos o incluso aunque sean ateos, se adhieren a la política por la fe. Esto significa que ningún hecho ni argumento, por muy cristalino, obvio y explícito que sea, les convencerá de que reconsideren su posición, porque son creyentes políticos. En estas últimas elecciones en Brasil, el 27,9% de los votantes eran bolsonaristas acérrimos y un 25,8% eran lulistas acérrimos, como muestra un sondeo de Nexus/BTG. Además, había al menos un 21,3% de los votantes que no estaban polarizados en ninguno de estos dos bandos políticos, lo que no significa que fueran todos indecisos.

Se puede afirmar que el cambio entre la primera y la segunda vuelta de las elecciones brasileñas se debió a un amplio movimiento popular para informar y convencer a ese 21,3%, es decir, casi 34 millones de brasileñas y brasileños. En tan solo tres semanas, era con ellos con quienes hablaban influenciadores no fascistas y gente anónima, en las redes sociales y en todas partes. No había ninguna otra prioridad. Estaban las movilizaciones del canal de WhatsApp Ejército de Lula y sus increíbles más de 10 millones de seguidores, dirigido por el influyente y diputado federal André Janones, con consignas diarias. Una fue, por ejemplo, que todos publicaran fotos con la camiseta de la selección brasileña a la misma hora, una acción muy eficaz para reapropiarse de los símbolos nacionales que había secuestrado el bolsonarismo. A partir de ese momento, ya no se sabía si una persona con camiseta amarilla era partidaria de Bolsonaro o de Lula, un cambio emblemático.

Pero, aunque el Ejército de Lula fue fundamental para la victoria, no estuvo solo. Por todas partes, en las redes sociales y fuera de ellas, hubo pequeñas y grandes iniciativas. El mensaje más eficaz fue uno que se convirtió en eslogan y hashtag: “Derecha e izquierda contra el bolsonarismo”. Allí se empezó a trabajar con la denominación correcta y el restablecimiento de la verdad basada en los hechos. Al presentarse como “de derechas” o como “conservador”, el fascismo hace un “blanqueo” o “rediseño” ideológico. Este ha sido siempre el truco del bolsonarismo desde su ascenso. Y, obviamente, resulta mucho más aceptable adherirse a un movimiento conservador o de derechas, dos identificaciones que para mucha gente son motivo de orgullo.

Lo que la población brasileña que participó en la remontada electoral explicitó, en un lenguaje comprensible para todos, es que el bolsonarismo no es ni de derechas ni conservador, sino fascismo. Pero mucho más importante que llamarlo fascismo —término que dice poco a mucha gente— es explicar qué significa. Empezando por el hecho de que la derecha y la izquierda se alternaron en el poder en Brasil durante varias décadas sin que eso supusiera un problema. Lo que estaba en juego en esas elecciones era algo totalmente distinto: 1) si ganaba Lula, ningún bolsonarista tendría que temer por su vida, pero, si ganaba Flávio Bolsonaro, eso sería una realidad para muchas brasileñas y brasileños que se han opuesto públicamente al bolsonarismo, como ya ocurrió durante el gobierno de su padre, hoy encarcelado por intento de golpe de Estado; 2) si ganaba Lula, quienes no le hubieran votado tendrían la certeza de poder votar dentro de cuatro años a un candidato con el que tuvieran más afinidad, pero, si ganaba el bolsonarismo, habría una probabilidad muy razonable de que no hubiera más elecciones y de que se acabara la democracia. A este mensaje se sumaba también el de que abstenerse, votar en blanco o nulo, en una contienda entre un proyecto fascista y otro democrático, equivalía a optar por el fascismo por omisión.

Es importante señalar que, como para muchos la diferencia entre derecha y extrema derecha es difusa, se evitó calificarlo de extrema derecha para no perder a aquellos que se identifican con la derecha. Así pues, la palabra era “bolsonarismo”, algo que no tiene nada que ver ni con la izquierda ni con la derecha, sino con la destrucción de la democracia y de los cuerpos de los opositores, a los que se trata como enemigos.

Hay mucha gente de derechas en todo el mundo que cree que puede establecer alianzas estratégicas y episódicas con los respectivos movimientos fascistas de sus países. Si cree que puede, que tenga la dignidad de admitir que se alía con el fascismo. Porque se trata de eso. El resto es maquillaje. La mayoría del pueblo brasileño lo entendió y, gracias a ello, Donald Trump, el fascista mayor, perdió la oportunidad de tutelar el país más grande de Sudamérica. Y algunas grandes tecnológicas, como Meta, redujeron el alcance de las publicaciones a favor de Lula, pero no lograron quebrantar la fuerza del mensaje antifascista.