pancarta sol

Antonio Pérez Esclarín: Educar en la alegría

 

Muy pocos saben o recuerdan que escuela, del griego schole, significa lugar del  descanso y del disfrute. Por ello, hay que recuperar su significado original y promover con entusiasmo la pedagogía  de la alegría.

La alegría es un valor fundamental del ser humano. Por ello, hay que proponerla y cultivarla. Al alumno hay que tratarlo con alegría que es el signo que acompaña siempre a cualquier tarea creadora. Hacer feliz a un niño es ayudarle a ser bueno. Si hay alegría, hay motivación, deseos de aprender. Si en los centros educativos brilla la alegría, habremos conseguido lo más importante.

La alegría afirma el ser de cada  alumno. Si el educador no se alegra por la existencia de su alumno, en el fondo lo está rechazando y negando. En consecuencia, la pedagogía de la alegría sólo será posible si cada educador acude con el  “corazón maquillado” de dicha  al encuentro gozoso con todos y cada uno de sus alumnos.  El maestro o profesor  debe ser el personaje más entusiasta y gozoso del salón. Si él está alegre, convertirá su salón en una fiesta,  pero si está amargado o aburrido, si se siente maltratado e incomprendido, si no son tomados  en cuenta sus justos reclamos y exigencias, le será muy difícil mantenerse alegre. Sin embargo, a pesar de la  situación tan  difícil y precaria que viven los educadores, abundan todavía  los  que se esfuerzan  por apartar sus preocupaciones y problemas y procuran mantenerse siempre  positivos y cercanos, con una sonrisa en sus labios. Una sonrisa negada a un estudiante puede convertirse en un pupitre o una silla vacíos.

 

Una sonrisa cuesta poco y produce mucho.

No empobrece al que la da y enriquece al que la recibe.

Dura sólo un instante y perdura en el recuerdo eternamente.

Es la señal externa de la amistad profunda.

Nadie hay tan rico que no la necesite,

nadie hay tan pobre que no pueda darla.

Una sonrisa alivia el cansancio, renueva las fuerzas

y es consuelo en la tristeza.

Una sonrisa tiene valor desde el comienzo que se da.

Si crees que a ti la sonrisa no te importa,

sé generoso y da la tuya,

porque nadie tiene tanta necesidad de una sonrisa

como quien no sabe sonreír.

(Charles Chaplin). 

 

En momentos en que impera la incertidumbre, la angustia, el miedo, los centros educativos deben ser recintos de vida, donde todos los alumnos se sientan a gusto, seguros  y felices. Las aulas y todos los recintos escolares deben invitar a la alegría y ser atractivos en lo físico y en el ambiente irradiador de aceptación, comprensión, ayuda. Con frecuencia, el ambiente de los recintos escolares y de sus alrededores, el abandono, el descuido, la suciedad, la desidia, la frialdad desnuda de los salones, y unas relaciones centradas en el autoritarismo y el miedo, traen mucha niebla de desmotivación y fastidio. Si pretendemos una educación en la alegría, cada plantel tiene que ser un manantial de confianza, camaradería y amistad, un espacio digno, pulcro, bien dotado,  que irradie vida y donde todos se sientan bien.

Quedan, en consecuencia,  prohibidas las caras largas, las palabras ofensivas y desestimulantes, las amenazas, los gritos, las normas sin comprensión, los ejercicios tediosos y aburridos, las memorizaciones sin entender, los aprendizajes sin sentido, que sólo sirven para pasar los exámenes y continuar en la escuela.  Necesitamos en consecuencia “recrear” la escuela para que no siga privilegiando la memoria y la repetición, sino que cultive la imaginación y la creatividad. Creatividad ya no para  adaptarse y triunfar en este mundo que confunde la felicidad con consumir y el capricho con la libertad, sino para transformar y crear relaciones cercanas y vida en abundancia..

Desrutinemos la educación, abramos las ventanas del  aula a la vida, recuperemos el  valor educativo del recreo, el deporte, las actividades culturales, los grupos musicales o de teatro, las convivencias y excursiones. Este tipo de actividades que fortalecen la voluntad, desarrollan la expresión, la iniciativa, la creatividad y la sensibilidad, son las que calan más hondo en el espíritu. Ellas marcan a la persona para toda la vida.

Desterremos  los rituales grises, las jornadas monótonas, siempre iguales. Cada día debe ser una sorpresa, cada actividad una fuente de asombro. Los alumnos acuden al centro educativo no a repetir rituales aburridos sino a dejarse sorprender por la innovación y la creatividad. Los salones se convierten en laboratorios y talleres donde se aprende a crear y producir y no meramente a copiar y reproducir.  La biblioteca debe ser la casa de la magia, de aprender a considerar los libros como unos amigos ansiosos de contar historias, aventuras. Ir a la biblioteca debe considerarse un premio. La maestra bibliotecaria debe ser la más soñadora, la más dinámica y creativa, capaz de despertar las ganas de aprender.  Atrevámonos a innovar, proponer, soñar, convertir nuestras actividades en una fiesta. Estimulemos en los alumnos la capacidad de creer y crear para que no se dejen atrapar  en el fango rastrero, sin alma, del materialismo que nos domina y aplasta, que no nos deja soñar.

Ser maestro es alimentar la fantasía de los alumnos para que visiten estrellas y países encantados, hablen con las mariposas y turpiales, descubran horizontes insospechados y se acuesten a descansar en el pecho de la luna.  Ayudemos a los alumnos a mirar con los ojos del corazón, a admirar, a contemplar, a descubrir el misterio que se oculta en cada cosa, en cada flor, en cada persona. Seamos capaces de “acorazar” su corazón contra la vulgaridad, el mal gusto, la violencia, la banalidad.

Atrevámonos a proponer y vivir el servicio como fuente de alegría. El egoísmo divide y separa. La solidaridad y el servicio unen. Donde hay solidaridad, hay alegría. Las personas generosas suelen ser felices. Los egoístas viven encerrados en sí mismos, son unos amargados que amargan la vida de los demás. A todos nos embarga una gran alegría cuando logramos las cosas después de esforzarnos, cuando inventamos, cuando alcanzamos metas difíciles, cuando nos vencemos, cuando ayudamos a otros, cuando nos sentimos útiles, cuando hacemos el bien. Convirtamos nuestros salones y escuelas en lugares de trabajo cooperativo, de ayuda, de servicio. Y brillará  en ellos la verdadera alegría, la que proviene del deber cumplido, del trabajo solidario, del don a los demás. No olvidemos nunca que “ser más y  -no tener más- es el camino a la perfecta alegría”.

pesclarin@gmail.com – @antonioperezesclarin – ww.antonioperezesclarin.com