Hay que tener la cara de palo muy dura o una ceguera voluntaria demasiado conveniente para pararse en un salón de banquetes en Roma, como hicieron los burócratas del régimen en la FAO, a recitar que Venezuela es una potencia agroalimentaria donde el hambre es apenas un mal recuerdo del tres por ciento.
Dan ganas de reír por no soltar la palabrota, pero la comedia se acaba en cuanto uno pisa la tierra de Aragua. En Roma se habla con la barriga llena y la copa servida; en Maracay, en La Victoria o en San Mateo, la gente habla con la Nevera desenchufada y las tripas chillando. La política no es el arte de la retórica internacional; es el arte de responder a una pregunta muy simple que se hace la madre venezolana todos los días a las doce del mediodía ¿qué demonios le voy a poner hoy en el plato a mis hijos?
La terca realidad, esa que ningún decretazo ni ninguna estadística de plastilina puede tapar, nos dice que la Canasta Alimentaria coquetea tranquilamente con los ochocientos dólares mensuales. Mientras tanto, el ingreso real de un trabajador o de un pensionado apenas sirve para comprar un par de cartones de huevos y un kilo de queso antes de evaporarse en la nada. Ocho de cada diez familias en nuestro estado no comen lo que deben, sino lo que pueden un cerro de carbohidratos para engañar al estómago y nada de proteína animal, porque la carne y el pescado se convirtieron en delicateses exclusivas para la casta que gobierna. Pero la tragedia no termina en el salario; la tragedia empieza cuando el ciudadano decide levantarse temprano a trabajar para cambiar su suerte y se encuentra con que el propio Estado le pone la zancadilla.
A la ruina del salario se le suma hoy una epidemia silenciosa y voraz la saña tributaria de los alcaldes. En municipios como Girardot, Mariño, Ribas o Sucre, la burocracia municipal ha decidido que la forma más fácil de cuadrar sus caja chicas es exprimir al comerciante, al abastero, al pequeño industrial de Cagua y Las Tejerías, y al agricultor de los valles. Le meten la mano en el bolsillo al tipo que abre la santamaría a las seis de la mañana con patentes de industria y comercio confiscatorias, impuestos sobre inmuebles ridículos y tasas inventadas a medianoche. ¿Y quién termina pagando esa fiesta de planillas y timbres fiscales? El consumidor final. Cada bolívar o cada dólar que la alcaldía le saca a patadas a un comerciante se le suman directamente al precio del kilo de harina, de la leche o del arroz. La voracidad fiscal de los municipios no es otra cosa que un impuesto directo al estómago de los aragüeños.
Aragua ha sido históricamente el corazón industrial y el huerto productivo del centro del país. Aquí no somos pedigüeños ni estamos esperando que un caudillo nos regale una bolsa de comida con productos de tercera categoría para darnos las gracias. El aragüeño tiene orgullo, tiene músculo y tiene ganas de trabajar. El abastero de Maracay no quiere subsidios; quiere que no lo matraqueen en cada esquina ni lo quiebren con impuestos ciegos. El agricultor de Zamora o de Tovar no pide milagros; pide gasoil para el tractor, insumos a precio justo y carreteras seguras para llevar sus cosechas al mercado. El industrial de Santa Cruz o de San Vicente no necesita un discurso ideológico; necesita electricidad continua para que las máquinas no se le quemen y libertad para contratar y producir. Si le quitan la pata del cuello a la economía local, esta tierra vuelve a florecer en cuestión de meses.
Miren lo que le están haciendo a los niños, que es donde la maldad se vuelve ya imperdonable. En estados como el nuestro, la desnutrición infantil y la atrofia física amenazan a más de una cuarta parte de los carajitos en las zonas más humildes. Y para colmo, inventaron la barbaridad del horario mosaico en las escuelas públicas, dándoles clases dos o tres días a la semana porque a los maestros les pagan un sueldo de miseria. Un país que no le da de comer a sus niños y que además les cierra las aulas los días de semana está firmando su propia sentencia de muerte intelectual. Estamos apagando el cerebro del futuro venezolano por falta de nutrientes y por exceso de ideología barata.
Para salir de este foso no necesitamos más consignas del siglo pasado ni mesías de cartón. Se requiere un plan de alimentación que sea pragmático, descentralizado y donde impere el mérito y el trabajo duro. Un Plan “Aragua Produce y Come” está fundamentado en cinco medidas urgentes y sin rodeos.
1. Freno inmediato a la voracidad fiscal municipal Hay que bajar y simplificar de forma radical las patentes y tributos en los 18 municipios de Aragua. Menos impuestos al comerciante significan alimentos más baratos en el mostrador para la familia.
2. Nutrición escolar completa los cinco días Prohibido el horario mosaico. Clases de lunes a viernes con programa de alimentación obligatorio que garantice leche, huevos y proteína diaria para los estudiantes, comprados directamente a los productores locales.
3. Puntal al campo y fin a la matraca Prioridad absoluta en el suministro de combustible para el sector agropecuario aragüeño y tolerancia cero a las extorsiones en las alcabalas que encarecen el flete de la comida.
4. Ferias libres de producción directa Conectar directamente al campesino de nuestros valles con los mercados de los centros urbanos, eliminando la cadena de intermediarios burocráticos para que el precio baje a la mitad.
5. Cuentas claras y descentralizadas La plata de los programas sociales no se puede seguir manejando desde una oficina en Caracas. Debe ejecutarse en cada municipio con la auditoría estricta de las universidades nacionales y la sociedad civil.
El venezolano ya se cansó de las promesas de los políticos que comen tres veces al día mientras teorizan sobre la paciencia del pueblo. La gente sabe muy bien quién trabaja y quién echa cuentos. Si no recuperamos la capacidad de producir nuestro propio alimento y de defender el fruto de nuestro trabajo frente al abuso de los gobiernos de turno, no habrá democracia que valga. Un pueblo que pasa hambre no espera eternamente, y Aragua está lista para demostrar que trabajando con dignidad se le vuelve a poner comida a la mesa a todos los Aragueños.
Somos Aragua.
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