Un vídeo en el que unos individuos violentos intimidan y amenazan a un pequeño grupo de estudiantes que protestan. Hoy recuerdo aquellas imágenes que me envió un colega de Belgrado el 22 de noviembre de 2024, grabadas frente a la Facultad de Artes Dramáticas, con un mensaje escueto: “Yo y mis estudiantes hoy”. En realidad era su respuesta a una foto que yo le había enviado unos minutos antes con la misma frase. En la mía aparecía la visita con mis estudiantes barceloneses a una fundación artística; en su vídeo, unos hombres furiosos agredían en plena calle a los jóvenes universitarios, que guardaban 15 minutos de silencio por las víctimas de Novi Sad. Aquel día empezó el movimiento estudiantil que paralizaría las universidades serbias y que, poco a poco, movilizaría a todo el país, hasta derrotar a Aleksandar Vucic en las elecciones del domingo 25. Ya en aquellos días de noviembre, hace casi dos años, se supo que entre los atacantes había al menos dos cargos del partido gobernante. Uno era un concejal municipal que acabó dimitiendo por la presión estudiantil. Al otro lo exculpó la fiscalía, y meses después aparecía junto al presidente en un mitin, como si nada hubiera pasado.
Es la anécdota que ilustra cómo un hecho aislado puede desencadenar grandes cambios, sobre todo cuando ocurre en medio de una larga deriva autocrática, con una corrupción desmesurada en el partido gobernante, cuya consecuencia más trágica fue el derrumbe de la marquesina mal restaurada en Novi Sad, que mató a 16 personas inocentes. Lo que ha sucedido desde entonces, hasta que el movimiento estudiantil ha conseguido acabar con el régimen de Vucic, que carcomía por dentro el país —tanto a escala estatal, como social y moral— pasará a estudiarse como ejemplo inédito de cómo lidiar y acabar con una dictadura.
Con ímpetu, creatividad, resistencia pacífica y hasta sentido del humor, los estudiantes han ido movilizando poco a poco a la sociedad y han roto la sensación de impunidad con la que actuaban el poder y sus seguidores. A pesar de las amenazas y casi sin apoyo —ni siquiera informativo— de las instituciones europeas, con dignidad, coraje y una enorme resistencia física, han conseguido desmantelar el poder de Vucic. Sin consignas partidistas, han presentado su propia lista, formada por personas de los ámbitos cívicos y profesionales más diversos: médicos, abogados, profesores de instituto y de universidad, artistas, deportistas y economistas, encabezados por un cardiólogo de Novi Sad, Iliya Srdjanovic. Ahora, tras la victoria, los jóvenes frenan a sus seguidores que piden revancha contra el antiguo régimen: exigen responsabilidades, no venganza.
La primera mañana de lo que parece un nuevo rumbo para Serbia, empezó con una acción ciudadana a la vez material y simbólica: limpiar el Parque de los Pioneros, en pleno centro de Belgrado, entre la sede del Gobierno, el Parlamento y el Ayuntamiento. Durante más de un año y medio lo había ocupado un campamento de partidarios de Vucic, vallado y vigilado por la policía. La misma noche en que se supo que los estudiantes “habían liberado Serbia”, los ciudadanos derribaron las vallas y desmontaron las tiendas. A la mañana siguiente volvieron para recoger la basura, arrancar las pegatinas prorégimen de las farolas, arreglar el césped y plantar flores. Al mediodía ya se veían niños en los columpios y vecinos paseando a sus perros. Todavía no asoma la preocupación; ahora es el momento de celebración. Pero pronto habrá que empezar a reconstruir, tras 14 años de deterioro, un estado basado en las leyes, la justicia y la libertad. Es lo que una y otra vez han reclamado los jóvenes. Europa, que durante estos dos años miró a menudo hacia otro lado, tiene ahora la oportunidad de tender la mano a quienes, sin pedirle nada, defendieron en sus calles los mismos valores que ella dice representar.

