La primera vez que oí nombrar a Donald Trump fue a principios de 1985, de boca de un amigo de infancia que entonces era agente inmobiliario. Él y su socio tenían una oficina en Caracas, y me encontraba en ella debido a un proyecto en ciernes, y cuando me recibió estaba llamando a Nueva York para informarse sobre la recién construida “Trump Tower”, un edificio mixto con más de 200 metros de altura, con locales comerciales, oficinas y viviendas de lujo e inaugurado en noviembre de 1983 en la Quinta Avenida de Nueva York.
El promotor era Donald Trump, hijo de Fred Trump, un promotor inmobiliario que construía viviendas principalmente en los distritos exteriores de Nueva York. En la década de 1970, Donald asumió un papel destacado en la empresa familiar y comenzó a centrarse en proyectos más ambiciosos en Manhattan, como la Trump Tower, que luego sería gran vitrina. El edificio, con su atrio de mármol y sus apartamentos de lujo, ayudó a construir la imagen pública de Trump como promotor inmobiliario de alto nivel. En las décadas siguientes expandió sus negocios a hoteles, casinos, campos de golf y licencias de marca.
Se convirtió también en una personalidad mediática, especialmente por el programa de televisión “The Apprentice” (El Aprendiz), donde los perdedores eran eliminados con la frase “You’re fired” (estás despedido) que lo hizo famoso.
Se inició en política, instaló la sede de su campaña y vivió en la Trumo Tower ganando las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016 y fue presidente entre 2017 y 2021. Volvió a ganar en 2024 y asumió nuevamente la presidencia el 20 de enero de 2025.
Su vertiginoso éxito lo ha convertido en un ser prepotente. Su engreimiento la ha hecho creer que puede cambiar a su antojo la toponimia de todo el planeta, llevando su antojo hasta cambiar el Lago Ontario a “Lago América” y el del Golfo de México a “Golfo América”, y últimamente comentó: “ya tenemos un lago y un golfo; nos falta tener un océano”. Las autoridades canadienses han reaccionado afirmando que el nombre del lago es “Ontario hoy y siempre” y los países alrededor del Golfo de México han rechazado el cambio, así como la mayoría de los demás países de todos los continentes.
En realidad, Mr. Trump parece que, en su afán de liderazgo mundial y elevada autoestima, confunde algunos detalles. Es de todos conocido que lo que para los norteamericanos (llamémoslos así para evitar confusiones) es “América” realmente se llama Estados Unidos de América, que ellos abrevian utilizando solamente la última palabra. Pero, para el resto del mundo, “América” es todo el continente que va desde Groenlandia hasta Tierra del Fuego. A fin de cuentas, todo el mundo abrevia los nombres de muchos países con rimbombantes nombres; por ejemplo, al “Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte” lo llamamos simplemente “Inglaterra” e “ingleses” a sus súbditos, los “Países Bajos” son “Holanda”, y el “Reino de España” “España”. Y recordemos que Venezuela fue “Estados Unidos de Venezuela” hasta 1953.
Posiblemente Mr. Trump ha leído una mala traducción de “Cien Años de Soledad” o haya contraído la misma enfermedad del sueño de los habitantes de Macondo, y le haya dado por poner otros nombres a las cosas. Si fuera solamente los de los accidentes geográficos no sería, como no lo es, cosa de tomar en serio; pero para los venezolanos resulta inaceptable que llame “presidente” a la usurpadora del cargo más importante del país, aunque informalmente la llame “Delsi” con su acento gringo.

