A veces una obra de teatro empieza antes que suba el telón: con una pregunta, unos tertulianos nostálgicos o una maleta que ha recorrido medio mundo.
Un viejo amigo ñángara me cuestiona: ¿Y tú vas a esa obra de teatro sobre Esteban Zarikian?.
-Sí, le dije, hace rato que ando ligero de equipajes por la vida.
Fiel a mi palabra, el miércoles 8 de octubre fui a la función de estreno en la Fundación Cultural Humboldt de “Mi nombre es Esteban, el inmigrante del Ararat”, y no me arrepiento.
Fue un buen montaje, con una historia de diáspora y resiliencia que a los venezolanos ya no nos es ajena.
El genocidio cometido por el Imperio Otomano entre los años 1915 y 1923 contra un millón y medio de armenios se ha visibilizado poco. Ni siquiera los que pasan por Chuao, detrás del Cubo Negro, saben que ese pequeño monumento circular, como de dientes careados mirando al cielo, es un homenaje sobre ese holocausto.
La familia Zarikian vivía en la sufrida Esmirna hoy Izmir, una población entre Armenia y Turquía, cerca del Monte Ararat, donde encalló el Arca de Noé tras las aguas del diluvio universal. Pero los Zarikian, sólo corriendo, pudieron salvarse de otro diluvio o incendio.
Así que, a contrapelo de Noé, los Zarikian se montaron en un barco solidario, y dieron varias vueltas hasta que pasaron por Argentina, Colombia y Venezuela.
A Venezuela, llegaron con una maleta y lo que traían puesto encima. Fue duro, eran los comienzos del siglo XX, y así iniciaron su nueva aventura: primero con un un carrito vendiendo chicha.
Desde Argentina, un paisano, Marco Barkigian vinculado al ramo de las telas los apoyo en esa etapa crucial. Lo demás había que conquistarlo trabajando.
Marcos, el hijo orgulloso de Esteban, ha rescatado el libro biográfico que su madre Sada publicó hace tiempo; y lo puso en manos de Elizabeth Irausquin, médico cirujano y dramaturga por vocación; su esposo es armenio.
La obra repasa esa historia de resiliencia, trabajo y muchos sacrificios de los Zarikian y el pueblo armenio que nos hace mirar la nuestra. Me pareció muy simpática la escena con el dictador Juan Vicente Gómez, pude confirmar el cuento que circula por allí: el joven Esteban viaja para Maracay a pedir una audiencia con el que mandaba, porque su padre no podía pagar una alta suma de impuestos al fisco.
El joven se plantó en las puertas de las oficinas del poder público nacional. El mandamás se entera —no se le escapaba nada— y pregunta.
-Mire Pedro, ¿quién es ese joven que husmea hace días?
Pedro Tinoco, Ministro del Interior y consejero, responde: «Es un joven que no quiere hablar con los Santos. Sólo con Dios».
A Gómez le gustó la ocurrencia y dijo: chitooo, déjenlo pasar. A partir de allí nació una gran amistad entre ellos. La anécdota tiene su gracia, lo que no me termina de convencer es la manera de representarla. Cuesta creer que por muy apreciado y simpático, el dictador le permitiera semejante familiaridad en tono confianzudo y de chancero. La misma observación tengo sobre la escena con Marcos Pérez Jiménez, donde el dictador le plantea un negocio con sobreprecio al empresario amigo (Esteban) y este casi lo manda para el carajo. Eso tampoco existe. Son escenas sobreactuadas que pueden quitarle fuerza a la narrativa. Tienen la palabra los especialistas, soy apenas un espectador curioso.
Dicho esto, la historia se sostiene. Deja claro que hubo enfoque, visión, disciplina, inteligencia y los contactos que cada época y los vaivenes pusieron al alcance. Allí están las claves del éxito.
Los 100 años de Telares Maracay fueron la excusa perfecta, un clic o impulso para congregar y convocar a familiares, socios, amigos y curiosos. Casa llena. ¿Quién le dice que no al dueño de los Eurobuilding?
Un apunte necesario
A don Esteban lo enfrentamos radicalmente cuando asesoré el Sindicato Único Textil de Aragua (SUT), finales de 1970 y los inicios de 1980. Una experiencia trepidante que dejé negro sobre blanco en una publicación con pretensiones de libro: *”Cuando era textilero, feliz y come Candela”*. Él, Esteban, también jugó duro y rudo. Normal: defendía sus intereses. Al final y a duras penas cedía. ¿Impulsado por sus orígenes?
Recuerdo que en Telares de Maracay usaban para pigmentar la tela blue jeans un compuesto derivado del Naftol, muy contaminante. Los trabajadores del departamento de tintorería escupían saliva color añil.
Pero tanto dimos hasta que fue erradicada la sustancia. Perdí la cuenta de los paros y huelgas. En plena contratación colectiva se nos pasó la mano y a él también. Fuimos con una manifestación de otras empresas a parar a Texfin, su remanso de paz laboral.
-El señor Zarikian los espera —nos dijeron en vigilancia.
-Los he hecho pasar para informarles que hoy paro yo. Tanto se jurunga la mierda hasta que te salpica —nos dijo con cara de malo, mientras le daba vueltas a un rosario que manipulaba con la mano útil, pues la otra le afectó una mala praxis médica.
Queda claro entonces, que a don Esteban no lo conocí a través de una representación teatral. No fué un santo ni nosotros unos monaguillos. Cada cual en su trinchera.
Por eso la obra me produjo una sensación particular; el teatro sirve para ajustar cuentas con la memoria. En resumen, la obra sobre el niño que se salvó del exterminio y al que Venezuela redimió y apoyó se deja colar y hay que decirlo. Merecía contarlo.
Una buena producción y dirección que nos paseó por el drama, danzas, música, vídeos, poesía y hasta IA. Este estreno no sería la excepción y como debe ser hubo un posterior cara a cara rociado con espumantes de por medio. La oportunidad para saludar y felicitar al equipo artístico y a los anfitriones.
¡Aplausos!
Marcos, para variar, insistió en emplazar:
-Éste, -es decir yo-, hacía arrechar a papá.
Decidí que no era momento para abrir otro expediente…
Yo tenía varios guarapazos entre pecho y espalda:
-Pasa la página Marcos, yo ya la pasé —le dije—, y como estamos en una de arte te recuerdo a Neruda: Nosotros los de entonces ya no somos los mismos. Además, haciendo honor a la calcomanía que las muchachas de protocolo nos pegaron en el pecho: hoy todos somos armenios.
Nos vemos por ahí.

